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Luis Alegre: “Podemos habría sido imposible sin el liderazgo carismático de Pablo Iglesias”

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Cuando se habla de populismo generalmente se empieza ya desde un punto demasiado avanzado: se critican los liderazgos carismáticos o el recurso a mecanismos de identificación emotiva para la construcción de unidades populares (generalmente nacionales). Lo que muy rara vez se hace es empezar de verdad desde el principio. Por el contrario, este libro opera como una especie de Sócrates frente a los lugares comunes más manidos.

Basta abrir El País para encontrar una legión de intelectuales rasgándose las vestiduras, por ejemplo, sobre el “personalismo” de una iniciativa política como Podemos. Y es sin duda verdad que una iniciativa de este tipo habría resultado imposible (total y absolutamente imposible) sin el liderazgo carismático de una figura como Pablo Iglesias. Ahora bien, podría ocurrir que, en situaciones de crisis de régimen, impugnar esa vía de agregación sea tanto como impugnar toda posibilidad de cambio o, peor aún, impugnar a la humanidad misma en sus mecanismos más elementales. Cabe esperar que la humanidad llegue a ser algo mejor de lo que es o, por lo menos, que el mundo que habitamos los humanos sea un mundo más apacible y menos hostil.

Pero esa tarea no puede ignorar que, por más vueltas que le demos, no vamos a lograr ser nada mejor que humanos (ni en las versiones nietzscheanas ni en las versiones marxistas de superación): animalillos parlantes y, en esa medida, atravesados por exigencias de justicia, pero con unos límites que no nos permiten hacer cosas demasiado ambiciosas: eso de ser animalillos que no son parlantes más que a través de una lengua materna introduce una serie de límites que, si no se tienen en cuenta, amenazan con el inmovilismo o con la puesta en marcha de proyectos delirantes.

Frente a esto, cabe sin embargo defender una idea inequívoca de progreso. Esta idea, crucial en la Ilustración, es cada vez más importante en el sistema que Carlos Fernández Liria está construyendo. De hecho, cabe decir que es en cierto modo la pieza clave con la que el sistema terminará de cerrarse, al menos hasta donde es posible cerrar un sistema (sin pegar un timo) para nosotros los hombres. La idea de progreso concentra a la vez toda la grandeza y todos los límites de la finitud humana. No podemos dar una regla nítida que nos sirva al mismo tiempo como patrón de medida para operar y juzgar el progreso (o el retroceso) de todas las situaciones concretas. Este es en realidad un problema de juicio, problema que estalla en la Crítica del juicio y que, desde entonces, ha ido ocupando cada vez con un protagonismo mayor el corazón de la historia de la filosofía. Ahora bien, hay cosas ante las que la evidencia del progreso (o retroceso) son indiscutibles.

Venimos, por ejemplo, de sistemas constitucionales en los que había inequívocamente algunas cosas buenas: con la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial surgieron en Europa ciertos pactos sociales en los que la ciudadanía depositó su confianza. De un modo u otro, todas las constituciones y los ordenamientos jurídicos establecieron garantías respecto a las condiciones materiales para el ejercicio de la libertad: esos sujetos de derecho que somos los humanos tenemos un cuerpo como soporte material de todos los derechos y, por lo tanto, hay cuestiones como la salud, la educación, la vivienda o la alimentación básica que tienen que estar garantizados por los poderes públicos para que haya propiamente ciudadanos.

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