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¿Hay alguna esperanza para las feministas tras la investidura de Trump?

Probablemente no, pero “esperanza” y optimismo no son los ingredientes principales para cambiar el futuro. Lo importante es seguir trabajando por ello.

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Trump considera a alguien con experiencia política para vicepresidente

Trump considera a alguien con experiencia política para vicepresidente EFE

Después de celebrar las fiestas con la familia y recibir el año nuevo con amigos, los estadounidenses verán a un mentiroso compulsivo acusado de acoso sexual asumir el puesto más importante del país. ¡Ande, ande, ande, que nos va a dar algo!

Entre aquellos que no votamos por Trump, los ánimos desde las elecciones han sido más bien fúnebres. Estamos confundidos y deprimidos, asqueados y con el corazón roto. (En algunos casos, estamos literalmente enfermos: muchas de mis amigas feministas sufren alguna enfermedad relacionada con el estrés). Michelle Obama describió este momento perfectamente cuando esta semana  le dijo a la presentadora Oprah: “Ahora sabemos qué se siente no tener esperanzas".

Y es un sentimiento que contrasta radicalmente con los días previos a las elecciones, una época marcada por el optimismo y la confianza en sí misma que sentía la izquierda. La energía que emergía del movimiento feminista era imparable: estábamos “con ella”. Nuestras hijas iban a poder verse reflejadas en la primera mujer presidenta y el amor iba a derrotar al odio.

Incluso cuando Access Hollywood hizo público aquel espantoso audio de Donald Trump alardeando de poder coger a las mujeres “por el coño”, la respuesta feminista fue desafiante y llena de confianza: ¡los coños lo iban a coger a él!

Esa esperanza, por supuesto, estaba tristemente equivocada: al final ganaron la misoginia y el racismo. Como escribió en Twitter en escritor Jamil Smith la noche de las elecciones: “Sabía que mi país me odiaba. ¿Pero tanto?”. 

Todo el progreso que se logró con el gobierno de Barack Obama ya está en peligro. Los racistas y sexistas de todo el país se sienten envalentonados; y todos aquellos que no encajan en la estrecha definición del Partido Republicano de lo “realmente americano” temen por su seguridad de una forma mucho más intensa que antes de las elecciones.

En Estados Unidos siempre se ha normalizado el odio racial y de género, pero ahora se muestra sin reparos ni remordimientos. Esta semana, un hombre fue aparentemente  obligado a abandonar un avión de Delta por hablar en árabe, y un cliente le dijo a una mujer en una tienda JC Penny: “regresa al puto sitio del que hayas venido”. En ambos casos, los testigos prácticamente no dijeron nada en su defensa. El vídeo del hombre obligado a bajarse del avión muestra a varios pasajeros blancos celebrando que lo echen y burlándose de él. 

¿Cómo podemos tener esperanza si encontramos una historia de discriminación y malicia en cada esquina? Quizás sea cierto que no hace falta ser optimistas para cambiar el futuro. Para la acción no se necesita esperanza.

Nadie ha escrito mejor sobre la esperanza y la política que la profesora de sociología Tressie McMillan Cottom. Tras las elecciones, Cottom señaló que esta desesperanza que es nueva para algunos, es una arraigada realidad para otros, especialmente para las mujeres negras: “Nosotras hace mucho que nos enfrentamos a la realidad de la dificultad para acceder al aborto la vigilancia policial, la prepotencia en el discurso público y  los argumentos que pretenden quitarnos la ciudadanía".

“Mi desesperanza se traduce en fe en cosas que me quedan por ver y trabajo que me queda por hacer”, escribe. “La desesperanza es necesaria para el arduo trabajo de resistir contra la tiranía y el fascismo".

El verano previo a las elecciones escribí un libro en el que argumenté que el peligro de un feminismo obsesionado con lo positivo y el optimismo es que requiere sonreír cuando uno está penando. El feminismo no es un tablero de Pinterest, es un movimiento, y no siempre debemos ser inspiradoras.

Aún así, antes del 8 de noviembre me dejé llevar por el optimismo. Me olvidé de mí misma, en parte porque la esperanza es un privilegio y en parte porque necesitaba creer que a las mujeres podía sucedernos algo bueno.

No volveré a cometer ese error. Pero eso no significa que no lucharé por un futuro mejor que el que tememos en este momento. 

Traducción de Lucía Balducci

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