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¡Fidel sí que pudo!

El ejemplo de la Cuba de Fidel, incapaz aun hoy día de ser comprendido en los países del capitalismo avanzado, ha sido desde 1959 la esperanza de los pueblos de América Latina, que se han mirado constantemente en el espejo de la justicia social construida por el revolucionario

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Fidel Castro

Fidel Castro Ruz abandonó la vida terrenal el pasado día 25 de noviembre para ingresar con letras mayúsculas en la Historia de la humanidad. Aun sus más fieros detractores son conscientes del importante papel político, social y cultural que durante el siglo XX tuvo este gigante de la política, probablemente el latinoamericano contemporáneo con más influencia y proyección histórica.

Basta con comprobar el peso político de Cuba en el escenario internacional, un pequeño país con apenas 10 millones de habitantes, sin recursos naturales destacables, pero con unos invaluables recursos humanos y políticos. Estos recursos  fueron resultado de las políticas populares desplegadas por la nueva República cubana fundada por Fidel tras expulsar del  poder en 1959 al dictador títere de los Estados Unidos, Fulgencio Batista. Desde 1898 hasta 1959, 'Enmienda Platt' mediante, Cuba fue un territorio intervenido política y militarmente por los EEUU, conocido por ser la base de operaciones de la mafia italo-estadounidense, que convirtió al país en un gran casino-prostíbulo sin rastro de soberanía nacional.

A los 27 años de edad, Fidel organizó y protagonizó el asalto al Cuartel Moncada, con la intención de mostrar al pueblo cubano la vulnerabilidad de la dictadura. Si bien fracasó en el intento, este ser humano excepcional supo utilizar esa derrota para sentar las bases del futuro proceso revolucionario cubano.  Su intervención magistral en la vista del juicio que lo condenó por estos hechos -“La historia me absolverá”, alegato de referencia para cualquier proceso judicial de confrontación política- lo encumbró como la única opción para acabar con la dictadura y traer la democracia a Cuba.Con apenas 30 años lideró la expedición del Granma a la isla, emprendiendo la lucha guerrillera que le llevó a entrar triunfante en La Habana el 1 de enero de 1959. Ese año, a la edad de 32, se convirtió en el más joven mandatario latinoamericano y probablemente mundial.

A partir de ahí, la historia de Cuba y su influencia internacional cambiaron vertiginosamente.  Y también comenzaron los ataques inmisericordes al pueblo cubano que aún duran hasta nuestros días. Las grandes potencias no suelen perdonar al pueblo que osa salir del redil de la sumisión.  

El ilegal e irracional bloqueo económico de los Estados Unidos, condenado de forma casi unánime año tras año en la Asamblea General de las Naciones Unidas, no ha impedido que Cuba sea hoy un ejemplo mundial en materia de educación, salud, servicios sociales, atención a dependientes, solidaridad internacional y cooperación al desarrollo y, en general, en la cobertura de las necesidades sociales de los cubanos y de muchos países donde operan sus internacionalistas.

Sus índices en estas materias no son simplemente sobresalientes comparados con los países de su entorno cultural o geográfico, sino que se encuentran entre los más altos del mundo, igualmente si se comparan con los países más ricos y desarrollados. Así se ha encargado de recordarlo la UNESCO con motivo de la partida de Fidel. Cuba es la evidencia de que si un pueblo quiere, aun sin contar con recursos naturales o energéticos, simplemente con los recursos humanos que proporciona una educación universalizada y de calidad, es posible avanzar socialmente y conseguir un nivel de vida decente para todo un pueblo.

El ejemplo de la Cuba de Fidel, incapaz aun hoy día de ser comprendido en los países del capitalismo avanzado, ha sido desde 1959 la esperanza de los pueblos de América Latina, que se han mirado constantemente en el espejo de la justicia social construida por el revolucionario. Los cambios emprendidos en este continente tras el fracaso de las políticas neoliberales que asfixiaron a la práctica totalidad de esos países en los años 70, 80 y 90 del siglo pasado, no habrían existido sin el ejemplo y la persistencia de la Cuba socialista fundada por Fidel.

Su influencia ha ido mucho más allá del continente americano. Varios países de África -Etiopía, Mozambique, Angola, Sudáfrica o Namibia entre otros- están en deuda con la Cuba de Fidel por el apoyo recibido para acabar con el colonialismo o la segregación racial auspiciada por ese mismo Occidente que sistemáticamente ha condenado el proceso cubano. La batalla de Cuito Cuanavale en Angola, dirigida por Fidel desde Cuba entre el 13 de enero y el 23 de marzo de 1988, donde fueron derrotadas las tropas sudafricanas, cambió radicalmente la historia de África, precipitando la caída del régimen del Apartheid. Nadie mejor que Nelson Mandela sabía cuánto debía el continente africano al pequeño país caribeño.

También Fidel fue constructor de Paz, especialmente en Colombia. Ya en 1998 publico 'La paz en Colombia', trabajo premonitorio de lo que sería el posterior proceso de paz en ese país y la necesidad de alcanzar un acuerdo que pusiera fin al más largo conflicto interno del hemisferio. Este proceso de paz fue felizmente concluido el día anterior a su muerte, el 24 de noviembre, y firmado en Bogotá con el sello indeleble de la diplomacia cubana, sin cuyo abnegado trabajo la paz no habría sido posible. Así lo ha reconocido el Gobierno de Colombia en repetidas ocasiones.

Dicen los detractores de Fidel que en Cuba no hay democracia. Desde luego no existe la “democracia occidental”, que permite elegir políticos de cualquier partido para ocupar cargos públicos pero que nunca somete el poder real -el económico, el cuarto poder, el financiero, etc- al escrutinio o control popular. Cuba no es una democracia al uso si por democracia se entiende  anteponer el pago de la deuda privada de los bancos -reforma en España del artículo 135 de la Constitución- a la atención a las personas excluidas del sistema  por la denominada "crisis económica".

En sus primeros años de gobernante, Fidel intentó poner en marcha una democracia partidista tradicional, pero acabó rendido ante la evidencia manifestada por José Martí a finales del siglo XIX, quien advirtió que la vocación intervencionista de los EEUU respecto a Cuba hacia inviable cualquier sistema político que no pudiera preservar la unidad del pueblo cubano, si es que se quería preservar su independencia y soberanía nacional. Y si hay dudas sobre esta evidencia, véase el caso de Puerto Rico, “Estado libre asociado” de los Estados Unidos, hundido en la más profunda crisis económica y financiera y privado de soberanía nacional. Los cubanos votan a sus instituciones locales y gubernamentales en los sucesivos procesos electorales, en los que para concurrir en las listas electorales no hace falta ser militante del Partido Comunista de Cuba.

He vivido en Cuba los tres últimos años, y he podido comprobar que nadie duerme en la calle, ni hace cola en comedores sociales, ni muere por enfermedades curables, ni se queda sin vacaciones o excursiones escolares por falta de recursos. El pueblo cubano goza de libertad de expresión hasta para hablar mal de su Gobierno si así le place. Los cubanos, pueblo con espíritu crítico como corresponde a cualquier proceso revolucionario, critican hasta la saciedad todo lo que les parece que funciona mal: la poca variedad de abastecimientos, el funcionamiento de la administración, los problemas productivos, los precios de los productos no básicos, y otras muchas cosas. Estas críticas constructivas y sinceras, que buscan perfeccionar el sistema político del que se han dotado, han sido interpretadas a menudo por los “cubanólogos” como rechazo a la inmensa obra de Fidel. Un craso error que ha quedado al descubierto al ver más de un millón de personas gritando: “¡Yo soy Fidel!” en la exequias del Comandante ya eterno.

El más grande de los logros del mandatario Castro fue garantizar al pueblo cubano su independencia, soberanía y dignidad. La prueba del nueve de la grandeza de su obra será comprobar que Cuba, también sin Fidel, seguirá siendo el primer territorio libre de América Latina y un país inmensamente digno, con mucho más peso en la política internacional que, por ejemplo, España.

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