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Lecciones holandesas para socialdemócratas desnortados

La crisis de la socialdemocracia no es de ideas, sino de estrategia. Pocas veces había sido la socialdemocracia un semillero tan fértil de propuestas

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Holanda respira por la derrota de Wilders, que pagó por su apoyo a Trump

El líder del partido laborista holandés (PvdA)Lodewijk Asscher, en un acto de su partido, el 18 de marzo en Utrecht, Holanda. EFE

Había ocurrido en Grecia e Irlanda, y llegó el turno de Holanda. El partido socialdemócrata holandés, el PvdA, ha obtenido unos resultados electorales desastrosos, pasando de 38 a 9 escaños (del 24,8 al 5,7% de los votos). Estas cifras lo llevan al séptimo lugar en el escenario parlamentario holandés.

A falta de análisis más pormenorizados de las causas de esta debacle, el PvdA parece haber pagado cara su colaboración con el partido de conservador-liberal de Rutte en el gobierno. Aparentemente el electorado ha castigado su complicidad con medidas de austeridad en ámbitos sensibles de política social (recortes en sanidad y asistencia a personas dependientes), la falta de respuestas frente a necesidades acuciantes de la población (como la crisis de accesibilidad a la vivienda) o las elevadas tasas de precariedad laboral (a pesar del bajo desempleo).

En las primeras desagregaciones de voto puede observarse cómo la base de apoyo se debilita extraordinariamente, convirtiendo al partido socialdemócrata en una opción ideológica que solo recibe apoyos significativos en segmentos de la población de edad avanzada. Se advierte también que los flujos de salida de voto se producen principalmente en beneficio de partidos situados a la izquierda. Según la  estimación de IPSOS,  los verdes de izquierda (GL) se han hecho con 6,5 escaños entre votantes que anteriormente había votado al PvdA, mientras 4 se van al SP (el llamado Partido Socialista en Holanda, un partido minoritario que ha agrupado tradicionalmente el voto más izquierdista).

Pero el PvdA ha sufrido también pérdidas de voto hacia la abstención y la derecha. Casi cinco escaños perdidos son atribuibles a que antiguos votantes socialdemócratas no han ido a votar. Los mismos hay que imputarlos a la huida de votantes al D66, un partido de corte socioliberal. Dos escaños son el resultado del flujo hacia el VVD de Rutte, y dos hacia la extrema derecha de Wilders. Dicho de otro modo, la asociación de los socialdemócratas con los liberal-conservadores en el gobierno ni siquiera tapona una fuga significativa de votantes moderados hacia opciones de centro-derecha y derecha. En la tesitura de votar a un partido socialdemócrata desnaturalizado que hace extraños equilibrismos para retener electorado a ambos lados del espectro ideológico u optar por una alternativa socioliberal o conservadora con un mensaje consistente, la lealtad de los votantes moderados está siendo muy baja.

El dramático descenso del PVdA es el último episodio de una cascada de resultados negativos de las opciones de centroizquierda en los países de la zona Euro. El primer gran derrumbe electoral es la por todos conocida como Pasokización, que llevó al Partido socialista griego a la marginalidad parlamentaria tras aplicar con todo rigor los ajustes que venían dictados desde Bruselas. La segunda gran debacle fue la del partido laborista irlandés, castigado tras gobernar en coalición con los conservadores de Fine Gael, corresponsabilizándose de los recortes impuestos tras la intervención de la Troika.

Son tres casos excepcionales, donde el apoyo a los partidos socialdemócratas se ha desplomado a niveles insólitos. Pero en toda Europa (con alguna excepción llamativa, como la portuguesa, donde el Partido Socialista ha pactado con fuerzas situadas a su izquierda), la crisis de la socialdemocracia –esa que relativizaba Zapatero el día antes de las elecciones holandesas– se ha profundizado. Y los responsables son, a estas alturas, ya claramente identificables.

Es una desfachatez intelectual acusar a los candidatos radicales que hoy lideran algunos de partidos socialdemócratas de conducirles al fracaso. Es posible que Corbyn y Hamon lleven a los laboristas británicos y los socialistas franceses a sonadas derrotas electorales en próximas convocatorias electorales, pero con todos los errores que puedan haber cometido, ambos heredaron partidos en el punto más bajo de su trayectoria electoral reciente. En estos dos casos, el fracaso sería indesligable de la actuación de sus partidos en el gobierno (Blair y Brown en el Reino Unido, Hollande en Francia), y su coqueteo con las políticas públicas de Tercera Vía, una amalgama de intervenciones que, con independencia del valor de algunas de sus propuestas,  ha tensionado la relación de los dirigentes con sus militantes, ha fracturado sus bases de apoyo electorales, y amenaza la cohesión interna de los partidos.

En la crisis social que hemos atravesado en la última década y cuyos coletazos todavía sufrimos, la socialdemocracia ha sido reemplazada como agente de representación al que amplias capas de la población otorgaban su confianza para resolver sus problemas (a veces con orgullo, otros por lealtad). Cansados de protestar (de votar a regañadientes, o como se ha dicho muchas veces en España, con "la nariz tapada"), los votantes socialdemócratas  han optado por la "salida". Esta salida ha fragmentado el sistema partidista, dificultando la gobernabilidad.

Urge pues que los partidos socialdemócratas recuperen fuelle renunciando al recetario que les ha llevado al fracaso y ofrezcan  a los electores las respuestas que no han encontrado en los momentos en que éstos han necesitado más del apoyo del Estado, especialmente a colectivos más castigados por la austeridad y que han suspendido su tradicional identificación con la socialdemocracia, como son los jóvenes.

No es de recibo que a estas alturas se pueda cuestionar que la coalición o las relaciones demasiado amistosas con partidos hegemónicos de derechas, y la complicidad con el despliegue de su programa ideológico, se paga cara. En Grecia, Irlanda y Holanda, las alianzas con la derecha han acarreado resultados desastrosos. En Alemania, donde gobierna una Gran Coalición entre conservadores y socialdemócratas desde 2013 (y antes lo hizo entre 2005 y 2009), la travesía por el desierto ha sido extremadamente larga, y solo parece que puede ser revertida ahora con un candidato –Schulz– que, desde la credibilidad ganada a pulso en Europa, promete revertir radicalmente la agenda socioliberal de Schroeder.

La crisis de la socialdemocracia no es de ideas, sino de estrategia. Pocas veces había sido la socialdemocracia un semillero tan fértil de propuestas. Pero, como señala el documento Por una Nueva Socialdemocracia –el Documento Marco del proyecto de la candidatura de Pedro Sánchez– este afloramiento de ideas no ha sido, muchas veces, orientado por un sentido de dirección y una noción clara de prioridades que permita situar, sin ambigüedades, a la socialdemocracia en contraposición a otros proyectos políticos, y en particular frente a las soluciones neoliberales y conservadoras.

Los hechos –expresados en secuencia cruel de resultados electorales– están dando la razón al diagnóstico que se hace en el documento: "Ante la ofensiva ideológica neoliberal y las regresiones sociales que la acompañaron, la socialdemocracia y las fuerzas progresistas no fueron capaces de atajar sus consecuencias sociales y laborales, convirtiéndose poco a poco en referentes políticos desdibujados y carentes del impulso político y electoral necesario".

Es imperioso y urgente que la socialdemocracia se reposicione estratégicamente. Ante la dificultad que están mostrando los aparatos de los partidos socialdemócratas para cobrar consciencia de esta necesidad, la militancia del PSOE tiene en las primarias de mayo la oportunidad de señalar claramente el camino, enmendando a sus líderes más provectos y a las candidaturas que apadrinan. Es la hora de la militancia, la hora de sacar a esa clase dirigente de la campana en que viven instalados, desde la que están arrastrando al PSOE a un callejón sin salida.

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