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Nuevos partidos, ¿nueva política?

"Es un error de análisis pensar que los problemas del país derivan de las malas prácticas de unas élites que pueden ser reemplazadas por otras mejores de un plumazo", afirma la autora

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Desde que la crisis económica, después social y política, transformara el sistema de partidos español, hemos visto crecer (aunque también menguar) formaciones que antes parecían abocadas a morar en los márgenes del parlamento, y hemos contemplado el nacimiento de otras que, espoleadas por el descontento ciudadano, esperan irrumpir con ímpetu en las instituciones.

De todas las fuerzas que componen la denominada "nueva política", la de Pablo Iglesias ha sabido canalizar y rentabilizar como nadie el hartazgo de una sociedad asfixiada por el desempleo y hastiada de corrupción. Su mensaje es claro y directo: "nosotros somos los de abajo, la gente normal, y venimos a desalojar a los de arriba, a la casta". En realidad, con matices de forma y fondo, es la misma idea de regeneración la que subyace en el discurso de toda la nueva política. Ciudadanos, Ganemos o UPyD también se han empleado duramente con el viejo bipartidismo y con unas élites políticas acomodadas en el clientelismo, urgiendo a los votantes en la necesidad del cambio.

Podría decirse que la nueva política se nos presenta como un detergente democrático que llega para limpiar la mácula de 40 años de malas prácticas. Pero la peculiar paradoja química de los jabones radica en su génesis grasosa. Gel perfumado hoy, aceite de pescado ayer; las reacciones de saponificación convierten los lípidos en jabón. Algo parecido sucede con la nueva política española. De momento, los aspirantes a agentes limpiadores solo han acreditado las mismas manchas de aceite que exhiben las camisas encorbatadas de las viejas élites, quedando la saponificación pendiente.

Podemos hizo bandera de la lucha contra la corrupción de los grandes partidos y ya tiene su pequeño escándalo de supuesta evasión fiscal que a algunos les ha llevado a lanzar acusaciones de financiación irregular. Abrazó el emblema de la horizontalidad democrática para construir después un partido férreamente jerarquizado. Adalid de las libertades, proclamó la muerte del bipartidismo solo para desearle larga vida al bonapartismo. Manchas que no son muy distintas de las que lucen los demás partidos de la regeneración. Si con frecuencia se ha tachado a los de Pablo Iglesias de populistas y oportunistas, no podemos afirmar que los de Albert Rivera no lo sean. Uno de sus asesores está imputado por corrupción, pero, como Podemos, Ciudadanos es un producto de márketing cuidado y bien acabado (y con algunas buenas ideas también). Todo lo contrario de lo que le sucede a UPyD, que, si bien ha mostrado hasta ahora una conducta intachable, no ha sido capaz de trazar una estrategia de comunicación que conecte sus buenas propuestas con los electores, y cuya reacción a la falta de respuesta de medios y votantes ha sido digna de aquel chiste de Gila: "-¡Deje de apuñalarle!; -Pues que deje de llamarme asesino". El partido de Rosa Díez también hizo estandarte de la transparencia y democracia internas, para enseñarnos luego el precio de la disidencia. Se llamen Sosa Wagner, Tomás Gómez o Tania Sánchez, no es nada que no hayamos visto antes.

No cabe duda de que España necesita una política nueva, pero de ello no se colige que sean los representantes de la llamada nueva política quienes vayan a ponerla en marcha. Y es que es un error de análisis pensar que los problemas del país derivan de las malas prácticas de unas élites que pueden ser reemplazadas por otras mejores de un plumazo. No se trata de un asunto moral, de que los viejos partidos estén plagados de canallas y los nuevos vayan a traernos prohombres. La raíz de los problemas hay que buscarla en el funcionamiento de nuestras instituciones. Si tenemos registrados casos de corrupción en todos los partidos que han alcanzado cuotas de poder, independientemente de su orientación política, podemos deducir que la comisión de irregularidades tiene poco que ver con la ideología y bastante con los incentivos económicos perversos que plantea el diseño institucional. El buen funcionamiento de la democracia no requiere de exámenes morales de almas imposibles de fiscalizar: necesita instituciones que desalienten a los corruptos. Mientras no se introduzcan las modificaciones al efecto, continuaremos viendo casos de corrupción en todos los partidos que tengan ocasión de corromperse, viejos y nuevos.

Por ello es importante trasladar el foco de los actores a las instituciones. Estas tienen la particularidad de tender a perpetuarse y sobrevivir a sus miembros, motivo por el que deberíamos hacer el ejercicio de pensar y diseñar instituciones resilientes a los malos políticos, en lugar de demandar a los gobernantes una pureza ética difícilmente cuantificable y mensurable.

Nuestro país ha atravesado durante los últimos años la mayor crisis de su historia reciente, pero las crisis son también momentos de oportunidad política para emprender reformas que resultan mucho más difíciles de entender (y de vender) en épocas de bonanza. La coyuntura económica está comenzando a mejorar, pero puede que la gran tragedia de España no sea de carácter económico. Lo que sería un drama es dejar escapar la ocasión de acometer las reformas que las instituciones necesitan. Si esto sucede, habremos superado el escollo económico y habremos tal vez roto con los viejos partidos, pero solo para sustituirlos por otros nuevos condenados a caer en los mismos vicios que sus predecesores. No: para limpiar la política española hace falta una reacción que permita a los partidos convertirse en agentes detergentes del sistema. Pueden llamarlo saponificación, pueden llamarlo reforma institucional.

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