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El contraataque de Rajoy

El PP no tiene, ni mucho menos, ganada la partida. Lo que no está claro es si sus rivales van a estar a la altura del desafío que los sondeos configuran

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Rajoy y Hollande diseñan hoy un plan de interconexiones para que lo asuma la UE

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en el Congreso de los Diputados. / Efe

Ahora han pasado a la ofensiva. Desde que, hace una semana, Rajoy viajara a Barcelona para no decir nada y hacer menos, desde el gobierno y desde el Partido Popular no dejan de sucederse las ocurrencias destinadas a ocupar las primeras páginas. Cada día, una. De signo distinto, pero todas ellas orientadas a demostrar que Rajoy no es un líder indolente que asiste  impertérrito a su caída en los sondeos y al desprestigio creciente de su partido. Es, por tanto, una ofensiva destinada sobre todo a calmar a sus gentes, a los que desde dentro critican su inacción, su pasotismo. Y es muy burda, de poco fuste y posiblemente aún de menor recorrido. Las preguntas que, sin embargo, algunos se han hecho en los últimos días es si la oposición, o las oposiciones, van a ser capaces de mantener su rumbo y sus opciones si el contrataque del PP se mantiene y se refuerza en el futuro.

Hasta el momento, lo que tenemos son las propuestas que Rajoy ha hecho en el Parlamento para combatir la corrupción, en un acto que quedó muy deslucido por el cese de Ana Mato: no deja de ser extraordinaria, por cierto, la capacidad de la maquinaria mediática del Gobierno para ocultar ese hecho, del que en los medios masivos dejó de hablarse para siempre a las pocas horas de haberse producido. Tras las medidas anticorrupción, que se siguen vendiendo como iniciativas heroicas, llegó la propuesta de acortar la duración de la instrucción de las causas a 6 meses, un brindis al sol que a las pocas horas distintos exponentes de la justicia ya consideraban inviable.

Luego vino la reunión con los sindicatos para aprobar un subsidio a los parados de larga duración, pero sólo durante un periodo de 6 meses, es decir, durante la futura campaña electoral y, además, con requisitos tan exigentes que dejarán fuera de la misma a dos tercios de sus teóricos beneficiarios. Al tiempo, el gobierno ha anunciado que trasferirá 940 millones al Fogasa para pagar una parte de las indemnizaciones que miles  de asalariados a los que han cerrado sus empresas esperan desde hace mucho.

Por otra parte hay cada vez más indicios, si no son confirmaciones inapelables, de que el juez Ruz será apartado de los casos Gürtel y Bárcenas. Y nadie que sepa algo de estas cosas duda lo más mínimo que eso ocurrirá porque así lo ha ordenado el gobierno que controla férreamente al Consejo del Poder Judicial y a su presidente. ¿En qué mejorará la suerte del PP y de Rajoy con otro instructor a cargo de esos sumarios? Seguramente en que se el relevo alargará los plazos de la instrucción, incluso hasta el punto de que ésta podría terminar después de las generales.

Pero el acto de fuerza será también una demostración hacia sus críticos de que ningún juez va a poder con Rajoy. Y ese efecto es para él más importante que las críticas que la medida pueda provocar. Porque lo más preocupa al líder del PP, y a sus asesores, es la desazón que ha cundido entre sus filas. No es que tema la posibilidad de una escisión o una rebelión interna, que nada indica que puedan producirse. Su gran problema es que la mitad de sus votantes potenciales dicen que desconfían de él. Y Rajoy cree, esa ha sido siempre la lectura de nuestra derecha, que las demostraciones de firmeza son muy útiles para que los suyos vuelvan al redil. Por cierto, que la gran mayoría de sus votantes desencantados no se apunta a ninguna opción alternativa, simplemente dicen que hoy por hoy no volverían a votarle.

La ofensiva política del PP y del Gobierno, que seguramente no ha hecho sino empezar, tiene por objetivo prioritario revertir esas actitudes, es decir, recuperar votantes. Como complemento de esa línea de trabajo está el esfuerzo por deteriorar a sus rivales, a Podemos en primer lugar, pero también al PSOE, a cuyo líder Rajoy ha decidido despreciar, sin que éste parezca haberse dado cuenta de ello, pues sigue prodigándose en acciones publicitarias de dudoso recorrido y en iniciativas políticas de tan poco calado como su propuesta de reforma constitucional que Rajoy ha despachado como "palabrería" sin despeinarse.

Visto fríamente, y más allá del juicio moral que tal política merezca, una reacción como a la que estamos asistiendo era previsible. El problema de Rajoy es que no está ni mucho menos dicho que vaya a ser eficaz. Primero porque la corrupción, la causa principal de su caída en los sondeos, no va a dejar de golpear al PP, por muchas maniobras judiciales del tipo de la del apartamiento del juez Ruz que éste lleva a cabo. No ha hecho falta esperar mucho para comprobarlo. Y el informe de los peritos del Banco de España sobre las trampas que hizo Rodrigo Rato en Bankia se van a añadir al pasivo de Rajoy en esta materia. Y más si se confirma que José Ignacio Goirigolzarri hizo cosas parecidas. Porque si Rajoy nombró a Rato para presidir una empresa privada, su sucesor dependía directamente el gobierno, porque Bankia ya estaba nacionalizada. Y por ahí se asegura que hay unos cuantos escándalos más en puertas. Los fontaneros del PP tienen demasiadas tareas como para desactivarlas todas.

Segundo, porque la evolución de la economía no va a jugar a favor de la derecha. Los expertos creen que el tímido crecimiento que España ha registrado en los últimos tres trimestres tiende a agotarse a medida que empeoran las perspectivas de la UE y de sus socios principales, particularmente de Alemania. Las posibilidades de un cambio de la política monetaria del euro, en un sentido expansivo, se vuelven a retrasar por la oposición de Berlín. Y no está dicho que eso no vaya a tener un impacto sobre los mercados de deuda, que podría acabar con el idilio que España mantiene con su prima de riesgo, que puede irse tan fácilmente como ha llegado.

El PP no tiene, ni mucho menos, ganada la partida. Lo que no está claro es si sus rivales van a estar a la altura del desafío que los sondeos configuran. Por mucho que Pedro Sánchez multiplique sus apariciones, no hay indicios de que el PSOE esté recuperando la credibilidad que necesita. Y hay algunas cosas que indican que Podemos atraviesa un momento de ciertas dificultades. Su programa económico, que pocos de los suyos consideraban urgente, sólo ha servido de acicate para las críticas de sus rivales, sin que haya galvanizado, que se sepa, a su público. Y, al menos hasta la fecha, la dirección de Podemos no ha reaccionado con la contundencia política necesaria a la campaña de acoso que le han montado sus rivales, ciertamente basada en hechos que parecen ciertos, pero que son nimios comparados con otros.

El panorama es por tanto incierto, como tenía que ser. La batalla política se libra en el terreno de la opinión. Y el PP tiene recursos para darla. Lo que cabe esperar es que sus rivales afinen los suyos.

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