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Y qué más da si siempre saludaba

Sin una explicación sobre cómo funciona la violencia de género y con una sociedad que normaliza los comportamientos machistas y nos señala a las mujeres como responsables, el periodismo que queda es descafeinado 

Los tópicos que reproduce el periodismo están impidiendo que muchas mujeres reconozcan situaciones de violencia y hace que la sociedad no empatice con las víctimas de violencia de género y sexual

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Decenas de mujeres han escrito al blog Micromachismos para contar sus experiencias. Hay una realidad común que se repite en muchas de esas historias: la incomprensión del entorno. Al vivir situaciones de intimidación, de acoso o abuso, muchas mujeres ni encuentran apoyo alrededor ni lo encuentran luego cuando relatan lo sucedido a su entorno.   No es para tanto. Era un desequilibrado. Pues parecía majo. Olvídate y punto. No entiendo que no le hayas contestado. Pues haberle denunciado. Quizás estás exagerando. No tenía pinta de maltratador

Es un relato que nos acompaña a las mujeres desde que tenemos uso de razón y que, en última instancia, nos hace responsables de todas las situaciones más o menos violentas que sufrimos en nuestra vida y exculpa al otro de sus acciones.   Llevabas minifalda. Habías tonteado antes. Le subiste a casa, ¿qué querías que pensara? Le dejaste que te mirara el móvil una vez. Te dio la primera hostia y como se lo permitiste volvió a hacerlo. Qué necesidad tiene ese tío de ir violando. A quién se le ocurre pasar por ese parque a esa hora. Esa tía es tonta por aguantar.

Al grano. El periodismo aspira a explicar la realidad o, al menos, una parte de la realidad. Cuando sucedieron los atentados de Barcelona y Cambrils, la prensa buscó explicaciones a la radicalización de un grupo de jóvenes y al aparente desconocimiento de su entorno. Lo hizo yendo allí donde los jóvenes vivían, a su entorno, a sus amigos y a su familia. Lo hizo también con expertos que explicaron, por ejemplo, los métodos de reclutamiento o los consejos que reciben algunos de estos jóvenes para pasar desapercibidos. El resultado era un relato que trataba de responder a la estupefacción de la sociedad (¿por qué?, ¿cómo es posible?, ¿cómo fue el proceso?) sin dejar de mantener una posición crítica con la violencia ejercida.

En el caso de Juana Rivas el periodismo ha buscado sus explicaciones. ¿A qué? A si una relación que una vez fue "feliz" (¿puede realmente saber alguien que no sean los dos miembros de una pareja si una relación lo es?) se convirtió en un relación de maltrato, a si es posible que eso suceda, a si es posible que un hombre tranquilo y amable sea un maltratador. Cualquier periodista que hable con una experta o experto en violencia machista podrá encontrar respuesta a esas y a muchas otras preguntas. 

Sin embargo, en este relato tenemos voces de vecinos y amigos, pero han desaparecido las voces expertas que puedan explicar cómo puede operar la violencia de género. El resultado: un ejercicio de "neutralidad" que en lugar de responder a esas preguntas (¿es esto posible?, ¿cómo es el proceso?, ¿por qué?) siembra dudas y deja un discurso descafeinado que no sirve para romper con las ideas preconcebidas y que no se sostiene con otros tipos de violencia.

O volviendo al principio: sin esas voces expertas, sin una explicación sobre cómo funciona esa violencia, y con una sociedad que normaliza cientos de comportamientos machistas y nos señala como responsables, el discurso que queda no solo no sirve para comprender qué ha podido suceder, sino que cae en los tópicos que tanto daño hacen.   Saludaba cada día. Es un hombre tranquilo. Yo nunca escuché nada. Me hubiera enterado. Ella parecía contenta. Estaban muy enamorados. No le veo capaz de hacerle daño ni a una mosca.

Esos tópicos están impidiendo que muchas mujeres reconozcan las situaciones de violencia que han vivido o que viven y hace que la sociedad no empatice con las víctimas de violencia de género y sexual. Refuerzan la idea de que la violencia de género es una especie de excepción causada por hombres perturbados, de que las víctimas son mujeres llenas de moratones, que nunca han podido ser o hacer otra cosa más que ser víctimas, la idea de que los maltratadores llevan un cartel en la frente y nunca, nunca, son el vecino que saluda, el amigo con el que te fuiste de vacaciones, el colega tranquilo que siempre estaba rodeado de chicas.

A los periodistas no nos suele gustar que nos digan cómo hacer las cosas. En los últimos años han proliferado las recomendaciones y guías sobre cómo informar de violencia de género y es precisamente porque sobreabundaban las malas prácticas, pero también por el desconocimiento y las dudas que hay en las redacciones. Las recomendaciones son eso, recomendaciones, flexibles, discutidas, y susceptibles de ser matizadas. En el último Congreso de Periodismo de Huesca, por ejemplo, un amplio grupo de periodistas convocadas por Oxfam debatimos sobre qué prácticas han quedado obsoletas y cuáles podemos poner en marcha para que el periodismo sirva para que la sociedad comprenda el fenómeno de la violencia de género. 

Porque, además de 70 asesinatos de media al año, hay una realidad subterránea, diaria, muy difícil de contar y que afecta a miles y miles de mujeres. No hay fórmulas magistrales ni perfectas, pero sí hay un conocimiento acumulado que merece respeto y mucha más atención por parte de la profesión y que, casualmente, han generado, sobre todo, mujeres. 

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