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Se encuentra antes un pelo en las cañerías que un billón de euros de la crisis

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No sé si conocen un simpático cuento de Cortázar titulado Pérdida y recuperación del pelo, incluido en su famoso Historias de Cronopios y de Famas. En él se relata el entretenimiento absurdo e imposible de una excéntrica familia cuando se aburre: cogen un pelo de la cabeza, le hacen un nudo y lo tiran por el desagüe, haciendo correr el agua para que se vaya por la cañería. El objetivo del juego es encontrar el pelo, que gracias al nudo será identificado entre todos los pelos posibles que pueden encontrar por el camino, y para ello se aplican en desmontar el lavabo, el sifón, la cañería que conduce al bajante, la tubería que recorre todos los pisos del edificio, hasta llegar a las alcantarillas donde seguir rastreando pelo a pelo hasta encontrar aquel con un nudo, cuyo improbable hallazgo pondría fin al juego.

Viene esto a cuento porque se me ocurre una ocupación tanto o más absurda e imposible que aquella caza del pelo perdido: intentar hoy seguir el rastro del dinero. No, no hablo del billetito de diez euros al que escribes tu nombre para ver si un día vuelve a tus manos, y al que sin mucha dificultad podrías seguir el rastro por el barrio, pasando de bolsillo en bolsillo y de caja registradora en caja registradora hasta acabar en un banco o bajo un colchón.

Cuando digo dinero quiero decir Dinero, con mayúsculas, ese que no necesita monedas y billetes, que se maneja en enormes cantidades, inconcebibles para cualquiera de nosotros, y que circula a velocidad de neutrinos sin dejar rastro de su paso. A ese Dinero no vale ponerle una señal a bolígrafo ni hacerle un nudo, y desaparece por el desagüe más rápido que el pelo del cuento.

Hablo de las montañas de dinero que en los últimos cuatro años, al calor de la llamada crisis, han cambiado de mano a ritmo vertiginoso y de mil en mil millones. Colosales cantidades destinadas a rescatar bancos; cifras con muchos ceros que son multiplicadas, divididas y vueltas a multiplicar en movimientos especulativos; millonadas recortadas del gasto público; otras tantas que han desaparecido de nuestras nóminas y de nuestros ahorros; imaginarios camiones llenos de billetes que salen disparados cada vez que un Estado coloca en el mercado deuda pública a intereses cada vez más altos; toneladas de euros enterradas en cada agujero bancario sin fondo; por no hablar de las montañas de dinero levantadas por la corrupción a gran escala o la evasión fiscal.

Nos hemos acostumbrado a oír hablar de miles de millones, de billones, de cantidades que nunca vemos pero que tarde o temprano echamos en falta, porque al final esta fiesta la estamos pagando los de siempre, y aunque no sepamos en qué bolsillo acaba, sabemos bien de qué billetera nos lo sisan una y otra vez. Y sí, aunque nos expliquen que en la creación de dinero hay un componente fantástico, de multiplicación de los panes y los peces, al final del camino hay alguien que se lo lleva crudo, y ya le podemos decir que su fortuna es pura ficción, que ya verán cómo se ríe; del mismo modo que nuestro empobrecimiento no tiene nada de imaginario, es miseria contante y sonante.

Supongo que no soy el único que se siente estafado con la llamada crisis, no ya porque la factura la paguemos los de siempre y los sacrificios no se repartan por igual, sino por la sospecha cada día mayor (más bien certeza ya) de que algunos no sólo no están sufriendo la crisis, sino que se están beneficiando de ella.

Porque esa es la otra cara de la crisis, de la que menos hablamos entre tanto susto de primas y rescates: cómo el shock está facilitando una transferencia masiva de riqueza desde los trabajadores (nuestros sueldos menguados, nuestro trabajo abaratado, nuestro Estado de Bienestar desmantelado y privatizado, nuestra riqueza nacional entregada a los acreedores, nuestros derechos sociales de hoy y de mañana saldados, nuestro futuro endeudado) hacia el capitalismo financiero, la banca y las grandes fortunas. Esa transferencia masiva, ese gran expolio, es la dirección única que toman todos esos camiones cargados de billones.

Y ello es posible porque esas montañas de dinero desaparecen por el desagüe en un suspiro, y seguirle el rastro es más difícil que recuperar el pelo anudado de Cortázar; averiguar dónde va todo ese dinero se nos antoja más imposible que desmontar el sifón, abrir paredes para sacar todas las cañerías del edificio y meternos en la alcantarilla con la mierda hasta la cintura para encontrar el pelo.

De algunos miles de millones sí tenemos noticia: acabaron en el capital de bancos rescatados, en Europa y en Estados Unidos, y en algunos casos regresaron tiempo después al bolsillo de que salieron, aunque por el camino no sabemos qué fue de ellos, por qué manos pasaron, si no servirían para prolongar la alquimia del dinero que crece hasta el infinito.

En otros casos es más difícil seguir la huella del dinero desplazado, porque no regresa, porque cambia de manos con rapidez, y por la opacidad del capitalismo financiero, de cuyo funcionamiento apenas conocemos una mínima parte visible. Qué sucede por ejemplo en cada subasta donde el Tesoro paga un interés más alto que la vez anterior, quién se cobra esa ganancia; en qué se traduce cada aumento de la prima de riesgo, quién hace caja comprando y vendiendo bonos y seguros de impago; qué sucede con los billones que los bancos han tomado del BCE al 1% y que luego han servido para comprar deuda pública al 5% o al 8%; quién pone el cazo cada vez que el tobogán de la Bolsa volatiliza una millonada; por no hablar de esas genialidades al alcance de los nuevos brujos de este tiempo, los especuladores: hoy te cojo prestadas unas acciones, mañana las vendo y provoco la caída de su precio, pasado mañana las vuelvo a comprar y cuando te las devuelva nos repartimos la ganancia.

Vemos cómo ese dineral desaparece por el desagüe, baja por las cañerías y llega a las alcantarillas, pero a partir de ahí no seguirá el curso natural de las aguas, no llegará al río y acabará en el mar para luego evaporarse y volver a nosotros en forma de lluvia cuando abramos el grifo, porque por el camino hay quien echa la caña, la red, la presa, el cauce desviado para que al final, cuando abramos el grifo mañana, no salga ni gota y nos toque pasar sed una temporada.

Y ahí nos quedamos, mirando la gotita que cuelga del grifo, con cara de gilipollas por saber que algunos están cada vez más gordos cuanto más escuchimizados nosotros; que hay quien se está comiendo nuestro medio pollo estadístico, el de hoy, el de mañana y el de los próximos treinta años; y que de esta crisis saldremos unos, la mayoría, más pobres, mientras unos pocos serán mucho más ricos. En eso consiste la crisis, no le den más vueltas. Y ahora, sigamos mirando a la prima.

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