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Cuando la política no coincide con la ciencia

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La sociedad humana del siglo XXI está basada en la tecnología y en un complejo entramado de actividades con base científica que permite la subsistencia de los millones de personas que pueblan, poblamos, la Tierra. Desde la aplicación de la teoría de la relatividad para que funcionen nuestros teléfonos móviles y los GPS hasta el desarrollo de ideas seminales sobre el sistema inmunitario para prevenir y curar el cáncer, pasando por la gestión inocua de las gigatoneladas de residuos que generamos diariamente, los humanos del planeta confiamos en la ciencia.

Sorprendentemente, tras más de un siglo de desarrollo de una sociedad tecnocrática, algunas conclusiones importantes que emanan de la comunidad científica no se corresponden con decisiones políticas. Sin entrar en el controvertido tema de las ciencias económicas y sus modelos predictivos de crisis y recesiones, tenemos sobre la mesa dos cuestiones importantes sobre las que el consenso científico contrasta con la percepción de la sociedad o al menos con la actuación de los políticos que esa sociedad elige: los casos de la evolución biológica y del cambio global.

La teoría de la evolución por selección natural, refinada con los descubrimientos de la genética y de la ecología evolutiva tras la brillante propuesta inicial de Darwin y Wallace, se ve contestada sin fundamento no ya por sectores ideológicos y creencias concretas, si no por instituciones públicas y responsables de gobiernos como los que apoyaron un museo en el que el ser humano se muestra cohabitando con dinosaurios (algo que, por lo que sabemos, no pudo ocurrir). 

Este museo visitado anualmente por cientos de miles de personas, llamado museo de la creación y centro familiar de descubrimiento, se abrió en 2007 y ha supuesto una colosal inversión de dinero y esfuerzo. Se encuentra en Petersburg, Kentucky (EEUU) y representa lo que un museo no debería ser al transmitir justo la idea contraria a lo que muestra la evidencia científica. Las mismas instituciones y dirigentes que apoyan un museo así han decidido eliminar la evolución biológica en los libros de texto. Si la gravitación universal se emplea para posicionar satélites y se estudia en colegios y universidades, ¿por qué la teoría de la evolución biológica no puede enseñarse o si se admite su enseñanza, es a costa de alterar lo que la comunidad científica mantiene como más plausible?

La evolución biológica no solo permite explicar cómo ha surgido el ser humano como especie sino que aporta herramientas para cuestiones globalmente importantes como la lucha contra enfermedades. Un buen ejemplo de esta aplicación de la teoría evolutiva es el de aquellas infecciones mediadas por un vector, como la malaria. Estas enfermedades infecciosas suponen un experimento a gran escala de coevolución con impacto directo sobre miles, si no millones, de vidas humanas.

Sin embargo, esta teoría que tan útil resulta y que tanto consenso levanta entre los científicos no es lo que apoyan algunos políticos influyentes, como si una teoría pudiera ser cierta y falsa a la vez, cierta para poder resolver problemas, falsa para poder conciliar ideologías y creencias religiosas.

Quizá más preocupante es el caso del cambio global o mas concretamente el caso de la evidencia sobre la señal humana en el actual cambio global, dentro del cual destaca el cambio climático. Resulta preocupante porque el sembrar dudas sobre esta señal humana en el cambio global no solo contradice el consenso prácticamente completo que existe sobre ella en la comunidad científica, sino que lleva a no tomar medidas ni de mitigación ni de adaptación ante este cambio. Y, tal como mostró hace unos años el Informe Stern, no hacer nada al respecto del cambio climático tiene un gran coste económico.

No hacer nada para corregir los efectos del cambio global, abordar en lo posible sus causas y mitigar sus impactos implica que cientos de millones de personas vean degradada su calidad de vida, que algunos millones vean comprometida su supervivencia, y que las próximas generaciones hereden un planeta menos habitable. El que la política no esté en armonía con la ciencia sale muy caro. Y sale caro no solo en euros, sino también, y muy especialmente, en el caso del cambio global, en términos menos tangibles pero bastante más importantes: sostenibilidad y bienestar.

¿Por qué la política del siglo XXI se separa del conocimiento científico en cuestiones importantes y con repercusiones profundas en la sociedad? ¿Lo hace por la ignorancia de los políticos sobre estos temas? ¿Lo hace por negación a priori como en la Edad Media? ¿Lo hace porque otros intereses empujan a esta separación? En la era de Internet y la hiperinformación, la ignorancia como explicación para este divorcio entre la política y la ciencia parece descartable. Las otras dos explicaciones dan escalofríos. Y de momento no se me ocurren más.

¿Cómo están las cosas a este respecto en España? Aquello de que 'Spain is different' es un tópico desfasado, aunque es cierto que hay cosas que nos diferencian como país. No es solo que nos hemos quedado ahora sin Ministerio de Ciencia, precisamente cuando más falta hacía para salir de la crisis financiera. Es también, y quizá aún más dramático, que nos hemos quedado sin orientación científica en aspectos clave de la política. El caso español no es único en esto, aunque sí son diferentes sus circunstancias concretas, tales como el signo del partido en el Gobierno, el tipo y cantidad de la deuda, la oscuridad fiscal y financiera. Pero la tendencia de muchos países a ignorar (¿o negar?) lo que la ciencia pone sobre la mesa es tan general como preocupante. Hay modas que ojalá España decidiera no seguir.

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