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Análisis

La paradoja de EEUU: la mayor potencia militar del mundo no sabe ganar guerras ni proteger a sus ciudadanos

Trump durante la ceremonia de bienvenida de Estado a Carlos III, el martes 28 de abril de 2026.
1 de mayo de 2026 21:30 h

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En un artículo reciente se explica cómo el enorme despliegue de cuerpos de seguridad que operaban hace unos días dentro del Hotel Hilton evitó que Donald Trump y funcionarios de su Administración fuesen víctimas de un atentado. La operación fue exitosa. Sin embargo, no hubo medidas preventivas para impedir que el potencial asesino se alojara en el Hilton unos días antes con diferentes tipos de armas.

Calles y edificios que rodean al hotel fueron tomadas por las fuerzas de seguridad en las jornadas previas. Pero durante tres días el potencial agresor con su arsenal preparó el atentado sin ningún problema en el mismo edificio donde se celebraría la cena de corresponsales. Además, el control para acceder a la cena era muy débil: bastaba mostrar la invitación sin ninguna identificación, y no había arco detector de metales.

Sólo cuando Cole Allen empezó a desplazarse por los pasillos hacia su objetivo, decenas de efectivos de seguridad comenzaron la doble y espectacular operación de reducirlo y evacuar a los miembros de la Administración. De pronto, la ineficacia se transformó en espectáculo; la realidad en cine de acción.

La primera fuerza militar mundial

Si se pasa del nivel doméstico al de seguridad internacional, Estados Unidos tiene el mayor presupuesto en defensa del mundo (la Administración Trump pide al Congreso que apruebe un gasto de 1,5 billones de dólares, equivalente a 1,3 billones de euros). Su arsenal en armas convencionales, químico-bacteriológicas y nucleares supera a cualquier otro del mundo, incluyendo a China y Rusia.

Este país está a la vanguardia del uso de inteligencia artificial y robotización aplicado a la guerra. El Ejército estadounidense está adoptando, en coordinación con Silicon Valley, una estrategia centrada en la IA e invirtiendo en sistemas autónomos en todas las ramas.

Pese a estos avances, que ha mantenido desde la Guerra Fría, Estados Unidos ha sufrido significativas derrotas en las tres grandes guerras en las que se implicó desde la década de 1960: Vietnam, Irak y Afganistán. Es preciso diferenciar guerras de operaciones o intervenciones en países con escasa capacidad de resistencia. Las invasiones como la de Santo Domingo (1965), Grenada (1983) o Panamá (1989), el asesinato de Osama bin Laden (2011) o el secuestro del presidente Nicolás Maduro en Venezuela (2026) fueron exitosas. También fue un triunfo la primera guerra del Golfo (1990-1991), cuando una alianza con 40 gobiernos (incluyendo países árabes) liderada por Washington liberó a Kuwait de la invasión del régimen de Sadam Hussein.

El presidente Trump pronuncia un discurso en una conferencia sobre criptomonedas celebrada en Mar-a-Lago.

En la guerra contra Irán, la Administración Trump ha repetido varios de los errores cometidos por las Administraciones de Lyndon Johnson y Richard Nixon en Vietnam (1955-1975), de George W. Bush en Irak (2003-2021) y Afganistán (2001-2021), y de Barack Obama en este último país. En estos casos en Washington consideraron que, con su inmenso poderío —especialmente la fuerza aérea, el mayor número de efectivos desplegado en el campo de batalla y apoyando a gobernantes locales prooccidentales (Vietnam) u oportunistas aspirantes a gobernar (Irak y Afganistán)—, podrían triunfar.

Los Gobiernos de Estados Unidos aplicaron modelos de ingeniería social como parte de estrategias de contrainsurgencia, control represivo de las poblaciones locales y proyectos de desarrollo. Los resultados fueron siempre desastrosos. El caso vietnamita es paradigmático.

El caso de Vietnam

En la reciente biografía de Robert McNamara, secretario de Defensa de los presidentes John F. Kennedy y Lyndon Johnson, se detallan “las complejidades” que el Pentágono nunca tuvo en cuenta en Vietnam. Primero, el papel central del nacionalismo para unificar Vietnam del Norte y el Sur tras el fin del colonialismo francés y la entrada de Estados Unidos.

Segundo, el rechazo social hacia el Gobierno corrupto de Vietnam del Sur y una oposición que incluía a la comunidad budista, el ejército de Vietnam del Norte y la guerrilla (el Vietcong) insertada en la población. Tercero, un terreno selvático en el que los vehículos mecanizados del ejército estadounidense no podían operar. Cuarto, el mito de que podían derrotar a la guerrilla y resolver las complejidades políticas con bombardeos aéreos. En quinto lugar, creyeron que con un mayor despliegue de tropas podrían vencer estas dificultades (549.500 efectivos en 1969). Sexto, internacionalizar la guerra al bombardear los países vecinos de Laos y Camboya para evitar que el Vietcong recibiese suministros. Por último, Washington nunca entendió las relaciones complicadas entre los comunistas vietnamitas con la antigua URSS y China.

Al final, Estados Unidos destruyó en gran medida a Vietnam, pero perdió la guerra y en 1973 se marchó del país. Murieron 58.000 efectivos de su lado y eliminó a alrededor de 2 millones de personas. Vietnam del Norte y del Sur se unificaron bajo el comunismo.

El fracaso de Vietnam se repitió, tratando de evitar el despliegue de tantos efectivos, en Irak y Afganistán. En estos casos, Estados Unidos generó destrucción y no entendió los contextos locales ni regionales. En 2021 se fue de Irak dejando al país en un caos del que surgió el Estado Islámico y huyó literalmente de Afganistán entregando el poder a los talibanes contra los que había combatido durante dos décadas.

Ciudadanos iraníes participan en una manifestación para mostrar su apoyo y solidaridad con el nuevo líder supremo iraní, el ayatolá Mojtaba Khamenei, en Teherán, Irán, el 29 de abril de 2026. La manifestación se produce tras el anuncio del presidente estadounidense Trump, el 21 de abril, de que el alto el fuego entre Estados Unidos e Irán se ha prorrogado indefinidamente a petición de Pakistán, mientras se mantiene el bloqueo naval y continúan las negociaciones diplomáticas. (Estados Unidos, Teherán) EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

En la guerra contra Irán, Washington ha utilizado los ataques aéreos resistiéndose a mandar fuerzas sobre el terreno. El presidente Trump ha declarado que decidirá cuándo terminar la guerra, y en varias ocasiones ha dicho que Estados Unidos ya la había ganado. Pero los objetivos de la guerra han ido cambiando, en ocasiones de manera contradictoria y engañosa: eliminar armas nucleares que ya habían sido eliminadas (según el propio Trump), destruirlas antes de que se fabriquen mientras alegas que te apuntan, cambiar un régimen que ya se ha cambiado, “destruir una civilización (persa)”, negociar con una parte que dice que no negocia y bloquear un estrecho que bloquea Irán.

Acorralado por sus contradicciones, Trump ahora trata de navegar entre las presiones empresariales para detener la guerra, las exigencias de su base electoral en el movimiento Make America Great Again y las quejas de sus aliados. Todo le ha llevado a tratar de negociar y extender el alto el fuego. Cada vez más análisis coinciden en que Irán, pese a la gran destrucción sufrida, controla la situación.

Las guerras asimétricas

Entusiasmados con la operación de enero en Venezuela, Trump y su secretario de Defensa, Pete Hegseth, no han tenido en consideración la estructura descentralizada de poder militar iraní, ni el poderoso factor nacionalista, como tampoco la complejidad regional ni el papel cauteloso pero importante de China y Rusia. Soñaron con que, lanzados los ataques por aire, la población iraní, carente de organizaciones sólidas de oposición, defenestraría un sistema político afirmado durante 40 años.

Como en Irak y Afganistán, la Administración Trump no ha tenido objetivos ni planes claros para la guerra ni para qué hacer si el régimen iraní se derrumbaba. Tampoco parece entender la cultura política del país, ni las complejas relaciones con los vecinos del golfo Pérsico, y en particular la tensa y necesaria vinculación de Irán con Arabia Saudí. Y no han logrado contar con que la población local apoye la guerra: para millones de iraníes una cosa es que acabe el régimen teocrático y otra diferente es que destruyan el país.

En la guerra contra Irán, la Administración Trump ha repetido varios de los errores cometidos por presidentes anteriores en Vietnam, Irak y Afganistán, entre otros. Washington consideró que con su inmenso poderío —especialmente la fuerza aérea, el mayor número de efectivos desplegado en el campo de batalla y apoyando a gobernantes locales prooccidentales (Vietnam) u oportunistas aspirantes a gobernar (Irak y Afganistán)—, podrían triunfar.

Estados Unidos desplegó en la zona de guerra 18 buques, dos portaviones y submarinos, 50.000 soldados y cientos de aviones y drones. La superioridad militar sobre Irán es incuestionable, pero Irán ha respondido con una estrategia de guerra asimétrica, perfeccionada durante décadas con grupos políticos aliados en la región. Esto es, resistencia basada en armas móviles, flexibles y más baratas, y el uso de la sorpresa.

Como explican las expertas en seguridad Nancy A. Youssef y Missy Ryan en The Atlantic, “La estrategia que Irán está aplicando actualmente —una guerra asimétrica contra las fuerzas estadounidenses (…)— recuerda a los métodos utilizados por los insurgentes iraquíes para hacer frente a los ejércitos estadounidenses y aliados sobre el terreno hace más de dos décadas. En aquel entonces, las armas preferidas eran los artefactos explosivos improvisados que los insurgentes iraquíes enterraban a los lados de las carreteras”.

Irán utiliza drones baratos, minas en el estrecho de Ormuz y misiles de bajo coste, móviles y fáciles de ocultar para atacar barcos, bases militares e instalaciones petroleras de los países del golfo Pérsico. El resultado es que Estados Unidos no ha podido imponerse mientras que alrededor del mundo crece el desacuerdo con esta guerra que Trump lanzó, alentado por Netanyahu, y con el impacto económico global de la misma.

El espectáculo de la violencia

Hay un cierto paralelismo entre el intento de asesinato de Trump en el Hilton y la situación indefinida, pero favorable a Teherán, en que se encuentra la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. En los dos casos, el inmenso aparato policial y militar muestra serias deficiencias que llevan a preguntarse si el énfasis en el poder basado en un alto número de efectivos, en la idealización de la alta tecnología aplicada a las armas, en la espectacularidad por encima del análisis minucioso y en los discursos grandilocuentes de Trump conducen a reiterados fracasos en seguridad doméstica e internacional.

El éxito en el primer caso –cierto, no hubo víctimas-- queda muy relativizado si en vez de un “lobo solitario” se hubiera tratado de un comando de varias personas entrenadas militarmente, con armas de guerra que se compran libremente en Estados Unidos, que se hubiese alojado en el Hotel Hilton en días anteriores al evento.

Fotografía difundida en la cuenta oficial de Trump en Truth Social donde se muestra al supuesto tirador arrestado por agentes del Servicio Secreto.

Prepararse y disparar desde un hotel no es nuevo en la dramática lista de crímenes masivos en Estados Unidos, el país desarrollado con el mayor número de asesinatos y con un número estimado de 500 millones de armas en posesión de civiles (más otro millón que manejan los cuerpos de seguridad).

En octubre de 2017, por ejemplo, un hombre de 64 años se instaló con un amplio arsenal en el piso 32 del Mandala Bay Hotel (Las Vegas) y disparó sobre los asistentes a un festival de música. Asesinó a 60 personas, hirió a 413 y casi 500 sufrieron heridas al tratar de huir.

El atentado del Hilton recuerda a la película En la línea de fuego (1993) de Wolfgang Petersen. El personaje interpretado por John Malkovich logra entrar en un evento similar a la cena de corresponsales para asesinar al presidente de Estados Unidos con un arma casera, desarmable, fabricada con plásticos, resina y materiales indetectables. Esas armas son ahora parte de un mercado en ascenso, se compran por internet, se fabrican con una impresora 3D, su posesión no está regulada y se usan en cada vez más crímenes.

La alta violencia cotidiana y sistemática en la sociedad estadounidense parece ir vinculada, en vez de ser prevenida, por la increíble cantidad de cuerpos de seguridad, la supuesta autodefensa que representan las armas para muchos ciudadanos y el mayor número de población carcelaria del mundo (1,9 millones).

Estados Unidos tiene 18.000 cuerpos policiales locales, estatales y federales en las que trabajan más de 900.000 agentes a tiempo completo. Hay, así mismo, 1,27 millones de agentes de seguridad privada. Sin embargo, cuenta con el mayor nivel de homicidios por delante de 26 de los países más desarrollados del mundo. Cada día, cerca de 130 personas mueren por disparos en Estados Unidos y más de 200 resultan heridas.

En los últimos meses, el cuerpo de seguridad orientada para controlar la migración (el United States Immigration and Customs Enforcement o ICE) ha mostrado un grave nivel –provocando varios asesinatos-- de falta de profesionalidad al tiempo que realiza operativos con aparatosos despliegues militares para detener inmigrantes desarmados. El espectáculo, una vez más.

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