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Falsificación de arte vs. falsificación en el arte

Florencia Salas

¿Usted quiere pintar una obra que parezca antigua? Hay una serie de pasos relativamente sencillos que debe seguir: si va a hacer un dibujo, por ejemplo, empiece por lo más fácil: vaya a una librería de antigüedades, compre un libro que no tenga mayor valor pero sea de los años que le interesan, y arránquele las hojas blancas. Listo, ya tiene un soporte original, de la época, que cualquier experto reconocerá como auténtico. A continuación elija su artista. Cuide mucho el material: ciertos pigmentos se usaban en determinado momento y no existen más, y otros no existían hasta hace relativamente poco. El grafito, por ejemplo, no apareció hasta finales de 1700. No descuide el detalle; si usa pincel, no vaya a dejar pelos sintéticos, a menos que quiera que lo descubran… Con buenos conocimientos de historia, bastante de química y mucho, pero mucho talento, la falsificación se convierte en una posibilidad real para los artistas con buena técnica.

En el caso del arte, la falsificación está atravesada por muchas más cuestiones éticas que en otros casos. El que falsifica dinero, por ejemplo, no tiene más fin que el de la estafa. Sin embargo, en el caso de las obras de arte, los límites se diluyen. No hablo de las obras que reproducen a otras, sino de los pintores que trabajan “a la manera de”. En estos días, una gran muestra del falsificador Elmyr de Hory ha reavivado el tema. Falsificadores capaces de pintar series enteras con la impronta de un artista reconocido, tan hábiles como para lograr insertar en el mercado obras apócrifas, llevan a plantearse hasta qué punto el mercado desvirtúa la definición de arte. Los falsificadores inclusive despiertan una cierta simpatía en el público en general, que ve sin entender cómo se pagan cifras absurdas por una obra que en algunos casos ni siquiera les termina de gustar…

Creo que hay que separar claramente el arte del mercado. La falsificación atenta contra el mercado, pero no necesariamente contra el arte en sí. Quiero decir: si una obra ha sido admirada en las paredes de un museo reconocido, ha sido estudiada, analizada y reproducida en catálogos y postales ¿qué es lo que pierde el día en que, eventualmente, se descubre que era falsa? De pronto pasa a ser guardada en un sótano, relegada a muestras curiosas o específicas, y rápidamente despojada de su aura de “obra de arte”. Y sin embrago, la obra es la misma. Es la misma la cantidad de pinceladas, son los mismos los pigmentos. Sin duda la emoción que pueda causar en el espectador también es la misma. ¿Qué ha cambiado entonces? Su precio. Su valor como mercancía. Su pertenencia al mercado del arte.

Es inevitable plantearse entonces cuántas veces, dentro del ámbito del arte, uno se encuentra exactamente con lo opuesto: obras que no pueden argumentarse por sí mismas, y que solo existen en tanto en cuanto haya un mercado que las sostenga. A casi todos los visitantes de ferias y bienales les ha pasado alguna vez quedarse con la amarga sensación de haber sido estafados.Obras que repiten exasperantes una misma fórmula: material extraño o sorprendente, poco concepto y títulos rimbombantes.La búsqueda incesante de originalidad y transgresión termina por caer un laberinto que nada tiene que ver con el arte, sino con un mercado febril que mueve muchísimo dinero. Se confunde contemporáneo con arte enrevesado. Rotos los límites de lo que es una obra de arte con la irrupción de las nuevas disciplinas, se creó un caldo de cultivo propicio para que, en medio de verdaderos artistas con mucho que decir, surgieran por doquier especuladores con pocas ideas y muchas pretensiones, que intentan hacer creer que cualquier cosa puede ser arte.

Secundados en muchos casos por cierta crítica y determinados círculos, convencen al público de que el arte contemporáneo es críptico, cuando lo único críptico es el arte malo, sea clásico, barroco o actual.

Tal vez no se trate técnicamente de una falsificación, pero es pura y simple falsedad en el arte.

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Publicado el
28 de marzo de 2013 - 11:01 h

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