Arqueología judicial
Unos arqueólogos han descubierto en una momia romana en Egipto un papiro con un fragmento de La Ilíada, atribuida a Homero. Un gran hallazgo. Me quiero imaginar que tal vez en un tiempo muy allá, un grupo de arqueólogos descubrirá en una momia, pongamos que en Madrid, partes o la totalidad de los papeles del juicio de la Kitchen.
Será digno de estudio, quizá de estupor por el tiempo pasado. La civilización que lo descubra no sé si comprenderá qué es eso de las líneas rojas en un proceso penal. Un hallazgo que inmediatamente convocará el auxilio de los forenses judiciales. Nadie lo consiguió aclarar contemporáneamente, constan consultas a magistrados en ejercicio –no se pisan la toga– y a cesantes con opiniones de todo tipo. Lo cierto es que desde que la Fiscalía, refiriéndose a la instrucción del caso Kitchen, que será encontrada en un pendrive, el antiguo papiro, quizá dentro de mil años, señalaba cómo un juez había decidido recortar la investigación, someterla a un adelgazamiento forzoso, para que las aguas de la cocina no llegaran ni a la Moncloa ni a Génova, quizá nombrada para entonces como Palermo, topónimo más adecuado a una inercia que no creo que acabe en este caso.
En el papiro aparecerá el papel, valga la redundancia, de la magistrada presidenta del tribunal, vigilante de que no se ampliara el corralito rojo que había precintado su juez instructor y que el juicio parezca amputado y abiertamente cachondeable. Y los arqueólogos judiciales se preguntarán, ¿en qué consistía la línea roja? ¿Qué naturaleza procesal tenía? ¿Quién determinaba los límites? ¿A quién protegía, quién estaba detrás? Quizá piensen que algo de Estado profundo latía en todo el trasunto del expediente aparecido, pero vaya usted a saber cómo estará España dentro de mil años.
Lo que más sorprenderá a los arqueólogos judiciales será que una operación que amerita el nombre de Kitchen, cocina, no tenga cocinero. Una cocina robotizada
La misma curiosidad arqueológica, consultarán a arqueólogos politólogos, tendrán sobre el papel de un enigmático personaje, M. Rajoy, que no se acordaba de nada ni de nadie, ni tenía remotas ideas de casi nada. Con apoyo de la bibliografía disponible descubrirán que era el presidente del Gobierno de entonces y del partido que mandaba, el PP. Desconcertante, no se acordaba de que era presidente y jefe, por tanto, de su ministro de Interior y de la ministra de Defensa, también secretaria general del mismo partido citado. La conclusión es que declaraban como testigos para decir verdad, pero que debían tener una red, quizá roja, que, si mentían, impediría aunque resbalasen que se dieran de cabeza en el suelo de la sala. Así consta en el papiro hallado.
Uno que fue director general de la Policía también aparece en el papiro. No se había dado cuenta de que más de 70 policías y ocho comisarios a sus órdenes habían estado protegiendo a su partido en una operación subversiva y antidemocrática para estropear todo tipo de pruebas. En el papiro también figura un estrafalario tipo vestido de cura, pero sin más detalles.
Lo que más sorprenderá a los arqueólogos judiciales será que una operación que amerita el nombre de Kitchen, cocina, no tenga cocinero. Una cocina robotizada. Es más, el sospechoso no está claro si era un noble galaico nombrado como M. Rajoy u otros que responden a nombres como el Barbas o el Asturiano.
El papiro termina en el año de gracia de 2026, mes de abril, y queda para nuevos hallazgos de la arqueología judicial cómo quedó el asunto. Algún guasón parece que incluyó en el féretro de la momia madrileña una foto de Pedro Pacheco. Esto inquietará porque los arqueólogos judiciales no sabrán descubrir cómo encaja la foto en el caso, pero creo que acabarán sabiéndolo.