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La canción del verano: “emigración, la salvación”

"No nos vamos, nos echan"

María Iglesias

Pese a los incansables esfuerzos de Georgie Dann por reeditar su tradicional éxito veraniego y de Mariano y sus mariachis por hacernos entonar el “Gibraltar español” para que olvidemos el cada vez más bochornoso escándalo de probable (más que presunta) financiación ilegal del Partido Popular, este verano la canción que se ha alzado como vencedora es la que podríamos titular: “Emigración, la salvación”.

En playas, pueblos, ciudades, bares, súpers y calles las conversaciones apuntan el desencanto cuando no la desesperación y, en el horizonte, una sola salida: emigrar, sin destino claro, así, en general, lo mismo a una América Latina de países emergentes que vuelve a alzarse como Tierra prometida, que a esa Europa central y norteña, con locomotora germana, donde los españoles estamos seguros de que podemos adaptarnos sin dificultad al clima, la idiosincrasia y la lengua, “como ya hicimos no hace tanto”.

Asumo que todos conocemos a español exiliado en Alemania en los 60 y sabemos lo llevadera que le fue la experiencia. Por eso, por lo felices e integrados que se sintieron, cuando aquí mejoró la coyuntura económica y política, prefirieron no volver, claro.

¡Cuánto daño han hecho programas como “Españoles por el mundo” (igual que, en otro sentido, “MasterChef” desatando esa fiebre gastronómica y ese afán de “emplatar”). Hemos visto tantos compatriotas realizando fantasías sentimentales, sueños profesionales, ambiciones económicas, ¡y en parajes tan alucinantes! que ¿quién no desearía emularles?

Poco importa que otros reportajes -incluido Salvados evolense- nos hayan mostrado la cara oculta de la luna, con paisanos perdidos cual barco del arroz en países glaciales, sin idea del idioma ni, por tanto, posibilidad de trabajar, ni barco del arroz-tras pulirse los exiguos ahorros- dinero para volver. Poco importa porque nos decimos que esa es la excepción y no la regla, que aquí no hay futuro y que la única solución es emigrar. No sólo para la mano de obra agrícola o de la construcción, no sólo para la clase obrera sino -incluso “sobre todo”- para los profesionales liberales. Arquitectos, médicos, abogados, ingenieros, periodistas, excelentemente preparados, con sus carreras, grados, posgrados, másteres, estancias extranjeras, de recién licenciados a casi jubilados, son muy demandados, aguardados con los brazos abiertos allende nuestras fronteras.

“Es una pena -nos decimos- que otros se aprovechen del talento patrio en el que hemos invertido tanto”. “Pero -añadimos de inmediato- si no hay más remedio que esa valía enriquezca a otro país, no hay más remedio”. Cerramos los ojos -si es necesario- al hecho de que “el gran trabajo” reservado a un ingeniero español en Alemania sea el de pintar rayas discontinuas o continuas en las carreteras de un lander, o que un arquitecto puede acabar dando gracias por un puesto de hamburguesero en Reino Unido tras varios meses, angustiado, sin salario.

Creemos hoy en la utopía migratoria, como antaño abrazamos la fe de las hipotecas en yeneshipotecas en yenes y en nuestras resueltas conversaciones de expertos bancarios internacionales despreciábamos al pacato que recelaba de suscribir un contrato en moneda de un país lejano del que todo lo ignoraba. Lo hacemos porque es la esperanza que se nos ofrece y nos aferramos a ella como a clavo candente.

Y porque somos distintos a esos negritos y moritos quenegritos y moritos cuando nuestras vacas eran tan gordas como henchidos globos de feria, acudían -moscas a la miel- en pos de trabajos, casas, vidas que nosotros sabíamos que no serían la maravilla que anhelaban. A ellos les engañaban sus gobiernos deseosos de recibir remesas de divisas, sus medios de comunicación que les mostraban una imagen edulcorada del mundo exterior y sus familiares y amigos que, con la mejor intención -la de no apenarlos- pero también con una humana resistencia a asumir el fracaso, les ocultaban las dificultades que aquí pasaban. Nada que ver con nuestra actual situación. A nosotros nadie nos engaña. Sabemos que fuera viviremos mejor. Que quizá triunfemos en los nuestro. O nos abramos camino. O al menos haya alguna opción de algo.

“Aquí no hay solución. España no tiene arreglo”. Nos repiten y nos repetimos como un mantra. Sólo existe un camino. El adiós (España, querida) y, con suerte, una brillante generación sacrificada en el altar del exilio, como cuando la guerra y dictadura, y un nuevo frenazo de 40 años para nuestro país respecto a los vecinos. Y luego preguntarnos cómo pasó, cómo lo permitimos, igual que hacemos hoy al repasar los oscuros años del franquismo.

O eso, o cuestionar la consigna general y oponernos a que se carguen la educación, la sanidad, la investigación (¡el CSIC!), el tejido empresarial e industrial, el mercado laboral; rebelarnos a la condena a ser expatriados y empeñarnos con obstinación, no sólo en la supervivencia individual -huelga decir que legítima-, sino en el reflote colectivo.

“No nos vamos, nos echan”. ¿Nos damos cuenta?

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