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Capitalismo verde, ese oxímoron

Legumbres a granel

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Ya es raro que, cuando chica, a mí me preocuparan los mismos asuntos de los que ahora juran preocuparse nuestros dirigentes. Corrían los ochenta cuando me quitaban el sueño la sequía, los ríos de alpechín y el despilfarro. No es que yo fuera muy lista, sencillamente era de pueblo. Y en los pueblos y sus campos, la vida es más feliz si llueve y la muerte es la vecina de enfrente, no un quirófano. Si usted también ha crecido comprobando los resultados fastuosos de la lluvia sobre la tierra; el ciclo de los montes, de los bichos y de los frutos; los efectos del sol sobre las uvas y del almíbar y el baño maría sobre los melocotones de temporada, y la existencia de los zapateros remendones que oficiaban el prodigio de dejarte los zapatos como nuevos, también les parecerán bromas del mal gusto ciertas recetas actuales para combatir la crisis climática. Llevamos décadas escuchando declaraciones de intenciones infecundas de neutralidad climática, cero emisiones y desarrollos sostenibles. Ahora, que estamos viviendo en carne propia los efectos del cambio climático, arrecia la bonita propaganda del capitalismo verde, ese oxímoron.

De qué sirve que la ropa que compramos en las tiendas de los gigantes textiles luzca la etiqueta committed (comprometida, en español), que viene a indicar que la prenda ha sido confeccionada “con procesos de producción sostenible” -ignoramos cuáles son- sino para reafirmarnos en el hábito de comprar y desechar ropa a ritmos trepidantes. De qué sirve que las cajas donde nos traen lo que pedimos sean de cartón reciclado si no paramos de pedir más cosas, que llegan a casa en coches, motos, camiones y furgonetas. Dónde han ido a parar los establecimientos de reparación de juguetes, dónde los varilleros, dónde los lañadores.

La solución que nos proponen para los vehículos contaminantes es la de deshacernos de ellos y comprar otros flamantes más eco. Nadie nos enseña a preguntarnos si acaso son necesarios tres coches en un solo domicilio. “Sí que lo son”, argumentará quien trabaje lejos de su casa. “Sí que lo son”, asentiré, después de comprobar el desmantelamiento progresivo de vías y líneas de tren en nuestro país desde hace décadas. Las vías verdes esconden bajo su nombre tan hermoso la realidad de que por ellas no pasa el ferrocarril que antes llegaba hasta muchísimos de nuestros pueblos. A alguien le ha interesado, para su negocio y negociado de automóviles, combustibles y concesiones de autopistas, que España entera tenga coche y no se pueda llegar a la aldea más que largando fiesta por los tubos de escape. En muchos aeropuertos europeos, a los duty free saturados de artificiosidad lumínica y olfativa se suman desde hace tiempo establecimientos de maderas claras y toque natural, en los que te sirven el café –y a qué precio- en vasos de cartón, antes de subir al cielo a base de mangazos de CO2.

Capitalismo verde es una expresión compuesta por dos palabras que al entrar en contacto saltan en pedazos. O debieran

No cuela toda esta falsedad. Las lógicas de producción y consumo ilimitado resultan insostenibles para el planeta (y para los individuos, si pretendemos seguir siendo humanos). Hablar de sostenibilidad dentro de tales lógicas es poner paños calientes, no resolver el problema, llevarnos a engaño, pero, ¿hasta cuándo? Capitalismo verde es una expresión compuesta por dos palabras que al entrar en contacto saltan en pedazos. O debieran. 

Va a ser complicado que este artículo, ni ningún otro en la misma línea, conmueva al poder más que en apariencia. O que no sea rebatido con un “entonces, ¿qué? ¿propones volver a la noche de los tiempos?”. No. Antes bien, me pregunto si seguir por donde vamos acaso no nos aboca desde ya precisamente a dicha noche. Me pregunto qué podemos hacer de veras las gentes del común ante quienes en el fondo no quieren pensar ni atajar las verdaderas causas del cambio climático. Solo se me ocurre –y no es poco- tomar conciencia, presionar al poder político e influir en el poder económico en todo lo posible a través de nuestra manera de consumir y de no consumir.

Para echar entendimiento, tenemos acceso a pensadores de referencia. Cito, por lo que me aporta, a Jorge Riechmann. O a Carme Valls, que desde la medicina y la mirada feminista aborda estudios sobre el medioambiente y la salud. O cualquier texto que, sencillamente, nos haga recordar nuestros vínculos más esenciales con la Tierra y la tierra (en este sur, qué niña o niño no ha hundido las manos en el surco o no se ha bañado en los regatos: ahí, en el recuerdo de ese contacto, está la respuesta a todo). También tenemos a la vera, en nuestros pueblos y ciudades, redes ciudadanas por el clima, colectivos ecologistas, vecinas y vecinos ocupados en pensar juntos cómo vivir de mejor manera.

Algunas medidas para atajar de raíz el cambio climático exigen ideas innovadoras y creativas. Otras, en cambio consisten en recuperar la sabiduría perdida

Presionar al poder político pasa por exigir políticas climáticas, urbanísticas y de salud pública que no consistan en pantomimas. Y trenes que nos vertebren sin pudrirnos de emisiones ni accidentarnos con el coche, y ciudades con más naturaleza y con arquitecturas sensatas que no nos impongan vivir conectados a un aparato de climatización. Presionar al poder político pasa por desmontar la apariencia de verdes de quienes en realidad apuestan por un mundo mucho más gris. Algunas medidas para atajar de raíz el cambio climático exigen ideas innovadoras y creativas. Otras, en cambio (conservar los frescos patios, aprovechar la leña que se saca de cortar varetas, o comprar a granel, pongo por caso) consisten en recuperar la sabiduría perdida.

Nuestra manera de consumir y de no consumir, y de decidir sobre nuestro tiempo y su ritmo, son las formas más nítidas y plenamente revolucionarias de vivir mejor y de que el sistema político y económico se dé por aludido. Es, a su vez, lo que más nos interpela y, por tanto, lo más complicado y feliz de abordar. Invito a ello. Bien merece la alegría. 

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