Andalucía Opinión y blogs

Sobre este blog

La portada de mañana
Acceder
El juicio de la Kitchen reabre la polémica sobre los fondos reservados
Shakira factura y el viaje lo pagas tú
OPINIÓN | 'La fábula del contrabandista y el purgador', por A. Losada

El desengaño

5 de abril de 2026 21:32 h

0

Hace de esto muchos años, vi una película en la que un rebaño enorme de ovejas se despeñaba entero por un acantilado sin explicación posible. Hace menos, en la realidad, más de 200 ovejas reaccionaron de la misma manera en los Pirineos, despeñándose. Nadie tenía una explicación aunque la más verosímil es que estaban huyendo de un oso al que nadie había visto.

Más bonita es esta otra historia. La pelota, el baseball, se desarrolló tanto en Cuba y otros territorios hispanos porque los insurrectos y revoltosos filibusteros boicoteaban las corridas de toros que organizaban los capitanes generales de la metrópolis. A ellas asistían la gente bien en un acto de afirmación patriótica de los valores españoles en ultramar mientras que la gente menos bien, para no actuar de figurantes, se organizaba para jugar pelota de manera ostentosa practicando un deporte yanki como símbolo de la emancipación. Hoy en día son los mejores del mundo.

Son dos maneras distintas de afrontar el desengaño, el disgusto, la contrariedad. El fatalismo, por un lado, la autoexclusión, por otra. Un desengaño que lleva al desánimo y este a la reclusión, el aislamiento. En la versión política, el desengaño lleva a la abstención en ausencia de soluciones más imaginativas.

La de Andalucía, la más festera, ha sido utilizada literalmente como un plató televisivo con un seguimiento y programación exhaustiva en beneficio de la persona de Moreno Bonilla como no se veía, con otros medios, desde la irrupción inteligente en las cofradías sevillanas por parte de Queipo de Llano

Hubo un tiempo en el que la abstención era una actitud revolucionaria, no participar, hoy, es un suicido político, en el momento de la mayor revolución conocida de las derechas a escala mundial. Una revolución que no es silenciosa ni siquiera pacífica y que abarca con mucha inteligencia el territorio de lo simbólico, bien anclado en los medios de comunicación, una parte muy activa de la mencionada revolución.

El ejemplo de la finada Semana Santa es muy elocuente. La de Andalucía, la más festera, ha sido utilizada literalmente como un plató televisivo con un seguimiento y programación exhaustiva en beneficio de la persona de Moreno Bonilla como no se veía, con otros medios, desde la irrupción inteligente en las cofradías sevillanas por parte de Queipo de Llano. El virrey castellano ya había probado con éxito su estrategia del camión.

El colofón, el domingo de Resurrección, la gran corrida. Un medio sevillano habla de la reaparición del rey honorífico Juan Carlos —que sigue disfrutando de honores reglamentarios— en términos taurinos como si se hubiera retirado, cortado la coleta, a Emiratos. Reaparece junto con un torero que nunca tampoco había desaparecido. Un rey, un torero y un falso doloroso. El aquelarre es tal que se presenta la corrida como un acto contra Pedro Sánchez. Y Felipe rey, sin que lo digan los antisistemas reaccionarios, el menos interesado en que reaparezca.

En estos marcos, la desactivación del voto progresista no puede ser un triunfo del desengaño ni de la derrota ante la batalla cultural de la reacción. Y duele, lo sé, que sea sobrevolando la miseria y los miserables de la política, los que la debilitan desde sus sillones reales o prometidos, o desde sus pozos tuiteros. La milituiteancia o las expresiones mediáticas más burdas de tanta mediocridad no pueden acabar con la política real, con la batalla de la clase trabajadora demócrata contra un oso que sí existe.

Entre tirarse por el acantilado y jugar a la pelota hay resquicios y solo el voto responsable los llena. Abstenerse no es una opción, por mucho desengaño y actitudes miserables que se produzcan. Hay siempre una urna para un demócrata, para un progresista.