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El niño Julen y los silencios de almohadas

Acostumbrados a la fiera del egoísmo, que nos convierte en avaros o en xenófobos, en dogmáticos o en estúpidos, congratula vernos por fin de acuerdo en algo: que hace falta sacar a Julen, sea como sea

Los técnicos trabajan para corregir nuevos salientes detectados en el túnel paralelo al de Julen

Los técnicos trabajan para corregir nuevos salientes detectados en el túnel paralelo al de Julen

El tiempo, de pronto, se ha nublado y se llama Julen: un drama de dos años de edad que nadie quiere que se convierta en tragedia. Su pozo malagueño alcanza un alto grado de escalofrío, pero también se convierte en una tormenta de parábolas. Todos tenemos hijos, confiesan los reporteros llegados de medio mundo para estabular sus micrófonos frente al paisaje de la desolación. De una pesadilla a otra, por hogares que sueñan seguramente en distintos idiomas, irá corriendo la desvalida imagen de una familia que ya perdió de muerte súbita a un hijo y que se aferran al débil hilo de esperanza en la bocana de una mazmorra mineral donde seguro que sigue alentando la memoria de su pequeño, fatídicamente caído al fondo como el estrépito de la mala suerte.

Noventa años atrás, junto al lago norteamericano de Edem Mills, Federico García Lorca se topó con el espanto de una niña, Mary, caída a un pozo. En las páginas de Poeta en Nueva York, nuestro desaparecido más ilustre utilizó el surrealismo para ahogar la angustia:  "Mientras la gente busca silencios de almohada/ tú lates para siempre definida en tu anillo,/...que no desemboca". Durante días, las máquinas han intentado desembocar y rescatar a Julen de las entrañas de la tierra.

Cuando escribo estas líneas, aún se desconoce el desenlace ni todas las circunstancias de esa pesquisa colectiva en busca del niño malagueño que se fue a jugar con el musgo y con la arena, que intercambió golosinas con las raíces del mundo y cuyo tiempo ojalá siga marcando su paso en las manecillas del reloj. Ya hubo otros casos de supervivencia imposible y esa quizá sea la mayor enseñanza que pueda depararnos esta desventurada aventura en los montes de Málaga. Que por mucho que griten los malos barruntos, que por descabellado que pueda concebirse un final con beso, no vale nunca tirar la toalla y hay que trasluchar, como en los veleros, para que se haga realidad el fueron felices y comieron perdices de los cuentos añejos.

Cualquiera podría sentir la tentación de hacer un Juan José Cortés y convertir a Julen en un brindis al sol de la convención del Partido Popular, en una intervención desafortunada que probablemente haya disgustado a buena parte de su propia militancia. Cabríamos jugar fácilmente a convertir a Julen en un símbolo de la resistencia frente al totalitarismo de la naturaleza y escribir sesudos sermones sobre la eterna posibilidad de que haya luz al final del túnel, incluso para la izquierda. Pero es demasiado poderoso ese chiquillo como para caer en la frivolidad de convertirlo en un pretexto político, tan banal como falto de misericordia. Julen se alza como un gigante por encima de toda contingencia porque quizá todos hemos temido alguna vez el vértigo de vernos atrapados en un lugar ya sea físico o mental, del que difícilmente pudiéramos fugarnos. Las rocas que impiden llegar hasta él también nos aprisionan al resto de sus congéneres.

Pareciera como si el ser humano sólo fuera humano cuando alcanzara el límite, cuando nos someten otras fuerzas más poderosas que nosotros, tristes reyes de un mambo que nada tiene que hacer con el absolutismo de los huracanes, las cordilleras o los movimientos tectónicos. Acostumbrados a la fiera del egoísmo, que nos convierte en avaros o en xenófobos, en dogmáticos o en estúpidos, congratula vernos por fin de acuerdo en algo: que hace falta sacar a Julen, sea como sea, aunque tampoco falten en el infinito coro griego de nuestra cultura, esa insolencia del espectáculo, el juego del morbo o la razonable y legítima rabia de la impotencia colectiva.

Ahí estamos todos, sobre todo aquellos que llevan desde ese fatídico domingo, intentando excavar la tierra a dentelladas, como escribió Miguel Hernández tras la muerte de su amigo Ramón Sijé. Frente a los que usan en vano el nombre de lo público y del Estado, habrá que recordar que son muchos los funcionarios pagados felizmente con los impuestos de todos quienes están trabajando por encima de sus posibilidades para que Julen corra de nuevo a abrazar a los suyos. Y, para quienes pretendan que la Ley de Memoria Histórica está reñida con la concordia, habrá que recordar que mucha gente no sólo está invirtiendo tiempo sino su dinero y su maquinaria para que Julen no sea una mina cegada que no desemboque nunca. En el trasiego de esa faena, nadie pregunta al otro a quien votó, si cree en Dios o la libertad del mercado. La urgencia es esa delgada línea roja que media entre la vida y la muerte. Ante esa encrucijada, no caben catecismos ni idearios, sino la emoción telúrica de sentirnos fieramente humanos. 

Los únicos silencios de almohada que ahora guardamos todos son los de la respiración contenida y el latido de los corazones. Julen, donde quiera que estés, ya eres un himno, que tampoco tiene letra pero que, en este caso, está compuesto de emociones compartidas. Una última lección que el resto de nosotros tendríamos que tener en cuenta cuando salgas vivo de ese atolladero.

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