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ANDALUCES EMIGRAOS

Reforma migratoria en bucle

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Este martes pasado, al leer en este, nuestro periódico, los magníficos reportajes de Carla Rivero y Juan Velasco acerca de la regularización de migrantes en Sevilla y Córdoba, me he puesto a llorar como una magdalena. O mejor, como un donut, porque ese dulce tan castizo no se encuentra fácilmente por estas tierras californianas donde ahora vivo.

Como Edwin, Jonathan, Andreína y Roberto, yo también soy migrante. Solo que, en mi caso, emigré desde Andalucía, el lugar que ellos han elegido para echar raíces.

Ellos intentan construir una vida en una tierra que muchos andaluces hemos dejado atrás. Y en este aparente bucle migratorio hay una pregunta que merece la pena hacerse: ¿cómo es posible que Andalucía reciba a tantas personas que quieren quedarse mientras tantos de los nuestros se ven obligados a marcharse?

Andalucía atrae a miles de personas migrantes porque, para mucha gente que llega de contextos más duros, ofrece cosas muy importantes: una vida más segura, la posibilidad de empezar de nuevo, redes familiares o comunidades migrantes ya asentadas y, sobre todo, trabajo. A menudo trabajo precario, duro, mal pagado, pero trabajo al fin y al cabo. 

Esto forma parte de muchas historias de vida migrantes. En mi caso, cuando viví en Londres trabajé como camarera; en Chile acepté un puesto de marketing vendiendo antivirus para ordenador por teléfono; y mi primer trabajo en Estados Unidos fue escribir artículos para un periódico comunitario por 45 dólares la pieza, una miseria.

La población inmigrante no llega al azar: se instala donde hay oportunidades, donde ya existe comunidad y donde determinados sectores económicos dependen de mano de obra vulnerable, desde la agricultura a la hostelería, pasando por la construcción y los cuidados

La investigación académica sobre asentamiento inmigrante en Andalucía lleva tiempo señalando que la población inmigrante no llega al azar: se instala donde hay oportunidades, donde ya existe comunidad y donde determinados sectores económicos dependen de mano de obra vulnerable, desde la agricultura a la hostelería, pasando por la construcción y los cuidados.

Pero al mismo tiempo, Andalucía sigue perdiendo población propia, especialmente joven y formada, hacia regiones con mercados laborales más dinámicos. Un estudio sobre migración interregional en España confirma que siguen saliendo personas en regiones con tradición emigrante, entre ellas Andalucía. Los autores señalan que la fuga de cerebros tiene una dirección concreta: en Madrid es donde se amontona el capital humano cualificado. 

Muchos que, como yo, no quisimos irnos a Madrid, acabamos yéndonos todavía más lejos. Esta tendencia que se recrudeció con la crisis de 2008 tiene consecuencias. Como dice otro trabajo reciente sobre Extremadura y Andalucía, la emigración hacia áreas económicamente más dinámicas está vinculada con los bajos ingresos, desigualdades territoriales y el envejecimiento de la población.

Dicho de forma menos técnica: Andalucía está en un bucle migratorio que recibe a quien necesita sobrevivir y está dispuesto a aceptar trabajo precario, y pierde a quien quiere dejar atrás esa incertidumbre.

Cuando la derecha andaluza habla de “España para los españoles”, orden o identidad, rara vez está hablando de garantizar vidas dignas. Lo que protege, en la práctica, es un modelo económico que se beneficia de una población trabajadora vulnerable, ya sea nacida aquí o llegada de fuera

Andalucía es el primer paso de muchos en búsqueda de un futuro mejor, que ofrece buen clima, una cierta calidad de vida y, al mismo tiempo, un mensaje implícito que conocemos demasiado bien: apáñatelas como puedas. Y eso no es casualidad. Es el resultado de un modelo productivo que descansa sobre la precariedad, que necesita mano de obra barata y que tolera desigualdades sociales cada vez más profundas. Un modelo que, no nos engañemos, es por el que están apostando Vox y el Partido Popular.

Cuando la derecha andaluza habla de “España para los españoles”, orden o identidad, rara vez está hablando de garantizar vidas dignas. Lo que protege, en la práctica, es un modelo económico que se beneficia de una población trabajadora vulnerable, ya sea nacida aquí o llegada de fuera.

De hecho, un artículo reciente publicado en el Journal of Rural Studies, a partir del caso de Los Marines (Huelva), advierte de que la llegada de nuevos residentes puede aliviar el problema demográfico del envejecimiento sin resolver la crisis de fondo, que es social, económica y territorial.

Por tanto, la regularización de migrantes es una cuestión de justicia elemental. Pero si de verdad queremos hablar de arraigo, la conversación no puede terminar ahí. Regularizar sin cambiar las condiciones materiales que convierten a Andalucía en una tierra de paso es quedarse a medio camino y perpetuar el bucle migratorio en el que llevamos demasiados años.

Me cojo otro donut de la caja de Krispy Kreme que alguien ha dejado en el pasillo de la universidad donde estudio y trabajo. Lo mojo en el café. Pienso en quienes hoy están en la construcción, en el turismo, en el campo o en los cuidados. Mañana, cuando busquen empleo en su profesión, estabilidad para criar a sus hijos o simplemente una vida menos precaria, quizá descubran que también ellos tienen que irse.

Y entonces habremos fracasado dos veces: como tierra de acogida y como tierra de futuro.