Un día cualquiera
Es un día cualquiera de septiembre. En el periódico cuentan que en estos días se celebra el Vive Latino; no sé cuantísimos grupos tocando en un par de días. Actúa Loquillo, que siempre te gustó cuando eras joven. ¡Qué tiempos! Pero, claro, consultaste el precio la entrada y era una pasta. Por no hablar del riñón que te dejas una vez dentro, con las bebidas y la comida a un precio que ni que les echaran oro. Aunque pudieras darte el capricho, ¿Qué haces ese día con los críos? ¿Con quién se quedan? Porque aquello no está pensado para ir en familia... Un jaleo. Buscas otro plan, pero ves que esa tarde no hay ninguna alternativa que sea accesible o gratuita y para todos los públicos... Así que, al final, te quedas en casa: qué le vamos a hacer.
Es un día cualquiera de las Fiestas del Pilar. Has quedado a tomar algo o simplemente quieres dar un paseo con la familia, y echas a andar hacia el centro. No vas a nada en concreto, no te ha dado tiempo a leer el programa de fiestas: vas a ver “el ambiente”, porque sabes que habrá cosas por ahí. Pasas por una plaza, y os detenéis a ver un rato un espectáculo de circo: ¡Madre mía, qué equilibrios! Da vértigo verlos: yo ya me habría partido una pierna. Seguís, y os reís con las ocurrencias de un par de clowns que actúan subidos a un escenario. Una ronda jotera pasa por la calle de al lado: os hacéis hueco entre el gentío para ver mejor. Ahora la pequeña quiere ver un rato a ese cuentacuentos. Venga, vamos, que se oye a lo lejos que está empezando el concierto en el escenario de la Fuente de Goya. ¡Cuánta gente! ¿Y si nos acercamos a ver las flores de la Ofrenda, que todavía no las hemos visto? Termináis echando unas raciones en un bar en el que habéis encontrado sitio. Y entonces te das cuenta de que es la primera vez en toda la tarde que sacas la cartera a pasear.
Esa es la diferencia entre lo público y lo privado. Detrás de ese día del Pilar está la gente que trabaja en los servicios públicos: en el ayuntamiento, en sus sociedades y patronatos. Ellos y ellas se ocupan de hacerlo posible. De imaginar una programación que sea gratuita, accesible, variada y para todas las edades. Gracias a lo público, quien tiene más y quien tiene menos, puede vivir la cultura en la calle en esas condiciones. Es el personal municipal quien organiza todo eso teniendo en cuenta muchas otras cuestiones, aprovechando lo mejor posible el presupuesto, cuidando los detalles, tratando de que los artistas locales tengan presencia, preocupándose de que la gente que trabaja en esos escenarios tenga condiciones dignas. Podrán acertar unas veces más, y otras menos, pero lo relevante es el trasfondo que mueve su trabajo: que los demás podamos disfrutar de toda esa cultura como un bien público, accesible a cualquiera y en igualdad. Gracias a lo público dejamos de ser clientes y pasamos a ser ciudadanía con derechos.
Sin embargo, cuando todo eso no se gestiona desde lo público la cosa cambia. Porque siempre va a haber una prioridad clara cuando se hace desde lo privado: la rentabilidad económica. Vive Latino, o cualquier otra actividad privada de ese perfil, no existe por amor al arte: existe porque da dinero. Y, por eso, no es accesible para todo el mundo. ¿Significa eso que esos eventos privados están mal? No necesariamente. Lo que significa es que si dejamos caer los servicios públicos, y permitimos que todo lo que suceda en la ciudad sean Vives Latinos, o somos gente con recursos o nos vamos a morir de asco la mayor parte del año.
A estas alturas de lectura, quizá te haya venido a la cabeza una pregunta más: “Y todas esas actividades culturales que ahora son públicas, ¿no podrían salir más baratas si se contrataran a empresas privadas?” La respuesta es fácil: si se quieren organizar con la misma calidad y cuidado, no. Si queremos que sigan siendo un derecho y que atiendan al bien común, no. En cambio, si se organizan regateando el caché a las y los artistas pequeños, pagando una miseria a quienes en ellas trabajan, racaneando en personal o en gastos de seguridad, quizá sí. Eso sí, luego que nadie se lamente de que los artistas se tienen que ir de la ciudad para ganarse el pan, de que a mi sobrino no le llega para independizarse porque curra mucho en lo de los conciertos pero le pagan una ruina, o de que vaya desastre de organización, etc.
Tenemos claro, o deberíamos, que gracias a nuestros impuestos tenemos sanidad, educación, servicios sociales... Pero sería necesario que sepamos también que otras muchas cosas que nos benefician, que nos cuidan, que nos hacen disfrutar o que nos hacen felices, y que no vemos, también salen de ahí. Ya sea en forma de Carnaval Infantil, de Cabalgata de Reyes o la Ofrenda de Flores.
Cuidemos todo eso, defendamos y reivindiquemos lo público frente a quien se lo quiera cargar. O volvamos a aquellas fiestas de bailes de salón en La Lonja y en clubs de lujo para las élites; y olvidémonos de poder echar a andar hacia el centro un día cualquiera del Pilar a disfrutar de unas fiestas populares.
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