Ni España ni Aragón se caen a trozos
Hay una realidad interior, la de la confrontación diaria, los insultos y la feroz deshumanización, y hay una mirada exterior, desde la distancia, que descubrimos por ejemplo en los votos de los aragoneses residentes en el extranjero.
En el Censo Electoral de los Residentes Ausentes (CERA), los resultados de las elecciones autonómicas se invirtieron. Los partidos de la izquierda (PSOE, Chunta e IU-Sumar) obtuvieron 534 votos más que los de la derecha (PP y Vox).
El PSOE recibió el 32,6% de los votos, cuatro puntos más que en 2023. El PP, el 23,8%, casi un punto menos. Vox, el 12,3%, casi dos puntos más que en las anteriores pero lejos del 18% que alcanzó el pasado 8 de febrero. Chunta el 7%, IU-Sumar el 5,3% y Aragón Existe el 2%.
La muestra de los que participaron es pequeña, 4.355 votantes, aproximadamente el 10% del censo exterior total, pero indicativa de que los aragoneses que viven fuera ven el país con más optimismo y orgullo que los de dentro. Como también lo ven prestigiosos medios de comunicación de los países en los que residen que están subrayando la vitalidad económica de España.
Medios de comunicación que destacan también la relevancia internacional del presidente Pedro Sánchez en estos tiempos tan oscuros en los que el orden mundial que nació tras la II Guerra Mundial, definido por el multilateralismo y por la mediación de la ONU, ha saltado por los aires tras la irrupción imperialista de Trump, de los multimillonarios tecnológicos y de los teóricos de la Ilustración oscura que ven incompatible su concepto de la libertad con la democracia que legisla y regula.
Sánchez es el mismo presidente del que el líder de la oposición alardea que no puede salir a la calle porque España se cae a trozos (es el mensaje central del PP) y a cuyo Gobierno los dirigentes de Vox llaman habitualmente criminal. Se pueden rechazar y castigar electoralmente los pactos del presidente Sánchez para gobernar pero lo que no se puede es marcarle como enemigo de la sociedad cuestionando su legitimidad desde el minuto uno de la legislatura.
Copio a Elvira Lindo: “Como Feijóo, yo también creo que Sánchez no puede ir tranquilo por la calle, y me parece mezquino que dicha realidad le haga sentir más cerca de su victoria”. Feijóo, el de los continuos volantazos que ha terminado atrapado en la calle sin salida de Vox, debería saber que respetar la democracia es respetar lo que hemos votado los electores en las urnas. Lo otro se asemeja más a la mezquindad, a la frustración y al despecho. La espiral de odio que se está alentando en las redes sociales pero también, y esto es más irresponsable, en las sedes parlamentarias y en la conversación pública, puede llegar a ser de difícil retorno.
Lo están confirmando las recientes elecciones autonómicas, convocadas por deseo del líder de la oposición. La ruptura cainita entre los dos grandes partidos está engordando el populismo de Vox. Extremismo que está calando a fondo en los entornos periféricos, rurales y urbanos, donde ha enraizado el resentimiento de sentirse abandonados por las élites de las grandes ciudades.
Está calando hasta tal punto ese malestar que votan contra sí mismos, contra el colchón de seguridad de las políticas de la Unión Europea, contra las políticas de igualdad entre hombres y mujeres, contra el pago de impuestos, contra el cambio climático, contra las autonomías, contra las comarcas y contra los inmigrantes, señalando especialmente a los musulmanes, que les construyen y reforman las viviendas, que son imprescindibles en algunas tareas agrícolas, que cuidan a sus padres o abuelos y que les llevan a diario los paquetes de Amazon. “Tiene que haber un cambio o al final se nos comen, no se les pueden dar tantos derechos”, leí que opinaba de los inmigrantes un ganadero turolense mientras su empleado extranjero echaba paja a las ovejas en las jaulas.
Tengo debilidad por los responsables públicos que, como Juan Manuel Moreno Bonilla o Salvador Illa, por poner dos ejemplos, respiran institucionalidad y convivencia, no insultan ni atacan verbal y visceralmente a los rivales, que no enemigos. En su primera comparecencia tras la enfermedad bacteriana que dejó sin fuerza sus piernas, el presidente de la Generalitat insistió en que “hemos de recuperar la buena política, mejorar el debate político, los nexos personales y las relaciones entre territorios”.
Todo bajo el hilo conductor de la humanidad: “Hemos de transformar los valores de humanidad en beneficios tangibles para mejorar la vida de la gente”. Valores que son lo más opuesto a las estrategias trumpistas que se están extendiendo con gran despliegue de medios a las sucursales europeas de la ultraderecha.
Por qué no decirlo para finalizar, he recibido un soplo de aire fresco y de esperanza al comprobar que para los aragoneses del exterior ni Aragón ni España se están cayendo a trozos.