Giménez Abad y Banksy
En los últimos días se ha producido una advertencia sobre los peligros de los nacionalismos extremos con conexión entre Londres y Zaragoza. La última obra de Banksy, un activista enigmático y genial, ha coincidido en el tiempo con la conmemoración de los 25 años del asesinato de Manuel Giménez Abad.
Con sus intervenciones en el espacio urbano, el misterioso artista de Bristol, denuncia sorpresiva y efímeramente las desigualdades y vergüenzas de nuestras sociedades.
La escultura de Banksy representa a un hombre vestido de traje que camina hacia adelante desde un pedestal mientras enarbola una bandera que se enreda en su rostro dejándolo ciego. Se descubrió en la plaza de Waterloo, cerca del Palacio de Buckingham, una zona diseñada a mayor gloria del imperialismo y el dominio militar británico del siglo XIX. El paralelismo con la tiranía del “emperador” Trump, “América primero” por encima del derecho internacional, parece evidente.
A Manuel Giménez Abad fue otro nacionalismo identitario y criminal el que le disparó dos tiros en la espalda y un tercero en la nuca en la calle Cortes de Aragón un domingo 6 de mayo de 2001 cuando caminaba hacia el estadio de La Romareda con su hijo Borja, de 17 años. Euskadi estaba en campaña y, como se confirmó pocos días después con un descalabro electoral, las previsiones eran malas para el partido Euskal Herritarrok, anterior Herri Batasuna, el brazo político de ETA.
Giménez Abad, que había asumido la presidencia del PP de Aragón en enero, era consciente del riesgo que corrían él y su familia pero, conociéndole, no sería descartable que aquella tarde quisiera evitar que sus escoltas interrumpieran su descanso dominical.
Antes de ser nombrado consejero independiente en el Gobierno de Santiago Lanzuela (1995-1999) y de afiliarse posteriormente al PP, Giménez Abad, junto a otros cualificados funcionarios de formación autonomista y federalista, había sido secretario general técnico del departamento de Presidencia que dirigió Andrés Cuartero en el primer Gobierno autonómico elegido democráticamente del que fue presidente Santiago Marraco.
Fue uno de los técnicos que cimentó la autonomía y, como consejero de Presidencia, tuvo un papel muy relevante en la gestión de la tragedia del campin “Las Nieves” de Biescas cuando todavía estaban muy verdes los protocolos de actuación en emergencias como la de la riada del 7 de agosto de 1996 en el barranco de Arás que se llevó 87 vidas y dejó cerca de 200 heridos.
Como se ha repetido, era un hombre bueno, sin ningún ánimo de trascender y, debo destacarlo, era un gran servidor público al que se le veía incómodo con los zigzagueos de la política partidaria. Aún recuerdo su cara de incredulidad cuando después de haber sido claramente la candidatura más votada en las autonómicas de 1999 perdieron el Gobierno al pactar con el PSOE el que había sido hasta entonces su compañero de coalición, el Partido Aragonés que presidía José María Mur.
Como ha dicho estos días su hijo, el ahora eurodiputado Borja Giménez, mantener su memoria “ayuda a deslegitimar social, moral y políticamente la violencia; puede servir para dejar claro quiénes fueron sus verdugos y también como una inyección frente a derivas extremistas y discursos radicales”.
El autor material de los disparos, Mikel Carrera, alias “Ata”, fue condenado por la Audiencia Nacional en septiembre de 2023 a 30 años de prisión. Está cumpliendo condena a cadena perpetua en Francia por tres asesinatos en territorio galo: dos guardias civiles y un policía francés. Fue el único condenado por el asesinato del político aragonés.
David Pla, uno de los etarras que, viviendo en un piso franco en el barrio de Las Fuentes de Zaragoza, estuvo siguiendo a políticos aragoneses durante 8 meses, los meses previos al atentado, sería el jefe de la banda terrorista que leería en 2011 el comunicado del cese definitivo de la actividad armada de ETA.
Después de cumplir condena, sin haber condenado en firme el terrorismo, se incorporó a la dirección política de Sortu, antigua HB, hoy integrado en la coalición EH Bildu. La bandera de Banksy cegando la vista y el respeto por la vida hasta justificar los asesinatos como el resultado de una lucha colectiva.
Yendo al otro extremo del nacionalismo, los que conocimos a Giménez Abad estamos convencidos de que no hubiera aceptado los acuerdos de Gobierno del PP con Vox, un partido este último que rechaza lo que el tanto creía, el Estado de las autonomías, ni la prioridad nacional, ni la confrontación permanente hasta en crisis globales de salud pública, ni tampoco que un agitador de la tensión y del odio como Vito Quiles, esté protegido por el PP y sea protagonista en el cierre de una campaña electoral en Aragón. El valor de la legitimidad moral de unas convicciones.
Estoy seguro de que se sentiría más identificado con la respuesta de la catedrática de Ética y filósofa valenciana, Adela Cortina, que en una reciente entrevista contestó: “Si pudimos volver a la concordia hace 50 años después de una guerra civil en la que se habían hecho salvajadas, por qué no se va a poder ahora. Se tiene que poder”.
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