La plaza que pudo ser y la que será
Hay una forma muy sencilla de entender lo que ha pasado con la plaza San Miguel: basta con mirar lo que pedían los vecinos y comparar con lo que finalmente ha decidido hacer el Ayuntamiento.
Porque aquí sí hubo vecinos que hablaron, comerciantes que avisaron y una plataforma que presentó propuestas, se reunió con el Gobierno municipal, puso pancartas, registró escritos y acudió una y otra vez al Ayuntamiento. No estamos hablando de gente que apareció cuando la obra estaba terminada para decir que no le gustaba el resultado, y esa diferencia es importante. El Ayuntamiento podrá decir que se reunió con ellos, y es verdad; el propio debate en la Comisión de Urbanismo deja constancia de esas reuniones. Pero reunirse con alguien no significa necesariamente escucharle. La Plataforma de Afectados trasladó que no se había sentido escuchada y puso encima de la mesa cuestiones muy concretas: el calendario de las obras y sus consecuencias para el comercio, la conservación del arbolado maduro, la recuperación de una fuente frente a la pérgola proyectada y los problemas de accesibilidad y circulación en la propia plaza.
Ahora que la plaza empieza a verse, también empieza a apreciarse la diferencia entre la plaza que querían quienes viven allí o tienen sus negocios y la plaza que el Ayuntamiento decidió que tenían que tener.
Una de las reivindicaciones más claras fue conservar el arbolado maduro. Pues permítanme una apreciación: mejor pidan peras al olmo, porque conservar arbolado maduro y Natalia Chueca parecen conceptos difíciles de compatibilizar. Y esto ocurre, además, en un momento en el que cada verano nos recuerda que adaptar Zaragoza al calor ya no es una cuestión que podamos dejar para mañana. El verano de 2026 ha sido en España el más cálido desde, al menos, 1869, con temperaturas veraniegas extendiéndose durante aproximadamente cuatro meses y unas precipitaciones extraordinariamente escasas. Un árbol grande no se sustituye colocando otro pequeño y esperando veinte años. La sombra que da hoy un árbol adulto la necesitamos hoy.
Los vecinos también defendían recuperar una fuente. No era una ocurrencia de última hora. En la Comisión de Urbanismo quedó recogido que la plataforma la venía reclamando frente a la solución de la pérgola, pero el Gobierno municipal decidió mantener esta última porque considera que el sistema de agua pulverizada funciona mejor frente a las olas de calor.
Y quizá sea precisamente esa pérgola una de las imágenes que mejor resume todo este asunto. El Ayuntamiento la presenta como un refugio climático, pero cuando uno contempla sus dimensiones en relación con el tamaño de la plaza resulta difícil no preguntarse cuánta gente va a poder refugiarse realmente debajo. Según el propio Gobierno municipal, el sistema puede reducir la temperatura hasta diez grados en su entorno y la actuación incorporará 14 nuevos árboles, además de jardineras y vegetación. Es justo reconocerlo: así lo afirma el Gobierno municipal. También nos prometieron un nuevo estadio de fútbol a coste cero de dinero público y ya hemos aprendido que conviene esperar a comprobar cómo terminan algunas promesas.
La cuestión, en cualquier caso, es bastante más profunda que discutir si una pérgola es grande o pequeña: ¿queremos una plaza que necesite una máquina para proporcionar unos metros de sombra y frescor o queremos que toda la plaza esté diseñada pensando en el calor?
Y esto no va de estar en contra de las obras. La renovación de las conducciones, el saneamiento, la accesibilidad o la mejora del espacio público eran necesarias. El proyecto completo del Coso y San Miguel supone además una inversión importante y el Ayuntamiento prevé más espacio peatonal, arbolado y zonas verdes. La discusión es otra: cómo se hacen las obras y para quién se hacen.
Cuando transformamos una plaza no estamos simplemente dibujando un plano. Estamos decidiendo dónde jugarán los niños, dónde podrán sentarse las personas mayores, dónde buscará sombra alguien en pleno mes de agosto, cómo podrá sobrevivir el comercio mientras duren los trabajos y qué aspecto tendrá ese espacio durante las próximas décadas. Y eso lo saben especialmente bien quienes viven allí.
Por eso la participación ciudadana no puede consistir en convocar una reunión, enseñar un proyecto y dar por cumplido el trámite. Escuchar significa también estar dispuesto a cambiar cosas. Es cierto que alguna se cambió. Después de las protestas y advertencias vecinales, el Ayuntamiento aceptó modificar la anchura prevista de la vía para facilitar el paso de los vehículos y el propio consejero de Urbanismo reconoció en comisión que esa petición había sido atendida.
Y eso demuestra precisamente que se podía hacer. Se puede escuchar a la ciudadanía cuando se quiere. Por lo que hemos visto, en otras cuestiones no se quiso demasiado.
Y si a los vecinos no se les escuchó lo suficiente, ¿qué ocurrió con el comercio? Las obras de la plaza se plantearon inicialmente con una duración de seis meses. Ese plazo se ha superado ampliamente y los comerciantes de San Miguel denuncian retrasos, pérdidas económicas y negocios que han cerrado o se encuentran en una situación límite. Algunos de ellos, además, aseguran haber quedado fuera de las ayudas municipales pese a estar sufriendo directamente las consecuencias de los trabajos. También avisaron. Y de nuevo la misma pregunta: ¿se les escuchó? Los hechos permiten que cada cual saque sus propias conclusiones.
Cuando terminen las obras habrá inauguración. Habrá fotografías y, por supuesto, habrá atril. Nos explicarán el número de árboles nuevos, los metros cuadrados renovados y las bondades de la pérgola climática. Todo eso estará muy bien, pero habrá una pregunta que seguirá siendo pertinente: ¿era esta la plaza que necesitaba San Miguel?
Porque quizá el problema no sea esa pérgola, ni siquiera su tamaño. Quizá lo que deberíamos discutir es una determinada manera de entender el urbanismo: primero se decide la ciudad y después se explica a quienes viven en ella.
Yo prefiero hacerlo al revés: primero escuchar y después diseñar. Porque una plaza no pertenece al concejal que firma el proyecto ni al Gobierno que la inaugura. Pertenece a la gente que va a vivirla todos los días.
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