Machismo sin fronteras. Racismo con responsables
Soy consciente de que para las mujeres feministas, este artículo no va a suponer un descubrimiento, nosotras ya sabemos de qué van esas manifestaciones, pero es necesario aclarar, las veces que haga falta la utilización de la violencia contra la mujer como arma política de la derecha. No aceptamos esa trampa.
Ayer, miles de personas recorrieron las calles de Madrid convocadas por la plataforma Mujeres Caballas bajo el lema 'Por una Ceuta segura, española y europea'. Una movilización presentada como una respuesta al miedo y a la inseguridad de las mujeres, pero cuyas reivindicaciones incluían el endurecimiento de las fronteras, la devolución de personas migrantes y la reforma de la Ley de Extranjería.
Conviene recordar algo que parece haberse olvidado: que una manifestación esté convocada por mujeres no la convierte en una manifestación feminista. El feminismo no consiste simplemente en defender a determinadas mujeres. Es un movimiento político que cuestiona las estructuras de poder que sostienen nuestra desigualdad y combate todas las formas de violencia y dominación patriarcal.
Y aquí es donde debemos situar el debate.
Porque la violencia sexual tiene algo en común que algunos parecen empeñados en ocultar: no es la nacionalidad de los agresores, ni su religión, ni el color de su piel. Es que son fundamentalmente hombres quienes ejercen esa violencia y mayoritariamente mujeres quienes la sufren.
La antropóloga feminista Rita Segato lleva décadas explicando que la violación no puede entenderse simplemente como un acto de deseo sexual descontrolado. Es una demostración de poder, de dominación y, en muchas ocasiones, un mandato de masculinidad que se ejerce sobre los cuerpos de las mujeres. Un poder que no desaparece ni cambia de naturaleza al cruzar una frontera.
La violencia machista no tiene su origen en una nacionalidad concreta, sino en las estructuras patriarcales que permiten a los hombres ejercer poder sobre las mujeres.
Por eso resulta tan revelador que determinadas agresiones sexuales se conviertan inmediatamente en un problema de inmigración, mientras que otras permanecen en el terreno de la responsabilidad individual.
Cuando un hombre español viola a una mujer, nadie reclama expulsar a todos los hombres españoles de nuestras ciudades. Nadie cuestiona el derecho de los españoles a vivir entre nosotros. Sin embargo, cuando el agresor es extranjero, aparecen quienes pretenden convertir ese delito en una acusación colectiva contra miles de personas.
¿Desde cuándo la nacionalidad determina nuestra indignación ante una violación?
El feminismo no pregunta de dónde viene el agresor para decidir si defiende a la víctima. Exige justicia, reparación y protección frente a todas las violencias machistas. Y no necesita justificar políticas racistas para hacerlo.
Hay algo especialmente perverso en intentar presentar al movimiento feminista como cómplice de las agresiones cuando el agresor es migrante. Es una acusación que pretende desacreditarnos y desplazar el debate desde el machismo hacia la inmigración. Como si nuestra lucha contra la violencia sexual dependiera del pasaporte de quien la ejerce.
Tampoco aceptamos que se hable de proteger a las mujeres de Ceuta mientras se olvida que entre las personas migrantes también hay mujeres y niñas que sufren violencia sexual, explotación, precariedad y desprotección. Sus cuerpos, sus vidas y sus derechos importan exactamente lo mismo.
La filósofa Judith Butler nos invita a reflexionar sobre qué vidas reconocemos como dignas de protección y cuáles dejamos fuera de nuestra preocupación colectiva. Esa pregunta resulta especialmente pertinente cuando determinadas mujeres desaparecen del relato de la seguridad simplemente porque han nacido al otro lado de una frontera.
Esto no significa negar las agresiones, minimizar el miedo de las mujeres ceutíes ni disculpar a quienes cometen delitos. Todo lo contrario. Significa exigir que se investiguen todas las agresiones, que se proteja a todas las víctimas y que los responsables respondan ante la justicia, sean de donde sean.
Pero significa también negarnos a que nuestro sufrimiento se convierta en una herramienta para alimentar el odio. Porque una cosa es exigir seguridad y otra muy distinta utilizar la violencia machista para criminalizar a toda una población.
Ceuta necesita respuestas institucionales, servicios públicos, recursos para la acogida, protección frente a la violencia sexual y garantías para la convivencia. Lo que no necesita es que el miedo de las mujeres se instrumentalice para justificar la xenofobia.
Y aquí conviene decir algo más. El patriarcado no es patrimonio de otras culturas está profundamente arraigado también en la nuestra, solo hay que mirar las cifras. Está en los hogares donde se maltrata, en los espacios de trabajo donde se acosa, en las instituciones que desprotegen y en las relaciones de poder que siguen tratando los cuerpos de las mujeres como territorios sobre los que ejercer dominio.
El feminismo lleva mucho tiempo denunciando todas esas violencias. No vamos a aceptar ahora lecciones de quienes pretenden utilizar nuestra lucha para dividir a las mujeres según su origen o según el origen de los agresores. Porque la seguridad que reivindicamos no se construye enfrentando a unas mujeres con otras, ni convirtiendo a las personas migrantes en sospechosas por el mero hecho de serlo. Se construye con derechos, con igualdad, con justicia y combatiendo las relaciones de poder que sostienen la violencia machista.
El próximo 25 de noviembre conmemoraremos el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Machista. Una fecha para recordar a las asesinadas, a las agredidas, a las violadas y a todas aquellas que sufren las múltiples violencias que ejerce el patriarcado.
Y ese día, como todos los demás, seguiremos denunciando a quienes pretenden utilizar nuestro sufrimiento para alimentar el odio racista.
Porque el machismo no tiene nacionalidad, el feminismo no entiende de fronteras y no vamos a permitir que conviertan el cuerpo de las mujeres en el campo de batalla de su racismo.
Nuestros cuerpos no son su territorio de conquista, nuestro miedo no es su arma política y nuestra lucha no está al servicio de su odio.
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