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¿Despoblación o superpoblación? La demografía de las provincias mengua mientras la de su capitales crece

Las calles de los pueblos van quedando vacías de vecinos salvo contadas excepciones.

¿Y si la despoblación rural fuera, en realidad, un efecto secundario de la superpoblación urbana? Las estadísticas oficiales sobre los movimientos demográficos apuntan, en cualquier caso y con independencia de cuál de esos fenómenos tiene el papel de huevo y cuál el de gallina, lo que por otra parte mantendría el enigma sin resolver, a un claro cuadro de desequilibrio en el que el campo pierde vecinos mientras la ciudad los gana; y con registros que apuntan a la intensificación de esas tendencias más que a otra cosa.

Los datos del INE (Instituto Nacional de Estadística) muestran la brecha más acusada en Teruel, provincia que entre el cierre de 2014 y el de 2019 perdió 4.576 habitantes mientras su capital ganaba 650, y una de menor profundidad en Huesca, donde el censo de la ciudad aumentaba en 717 vecinos en ese mismo periodo, en el que el conjunto de la demarcación se dejaba 222.

En Zaragoza la situación tiende al empate, aunque con la capital autonómica como tractor de las variaciones demográficas: ganó 16.924 habitantes en ese lustro, en el que el avance en el conjunto del territorio, con ella incluida, fue de 16.522.

Los balances anuales de los censos apuntan a que esas diferencias entre las provincias y sus capitales son lo habitual, al menos en Teruel y en Huesca: el territorio perdió habitantes en trece y nueve de los últimos veinte años, y en ambos casos se salvaban dos por los pelos, mientras las ciudades solo pinchaban en cinco, concentrados en el tramo duro de la anterior crisis, en el que se aglutinan también los cuatro en los que Zaragoza arrastró a la baja a su provincia.

La distinta evolución que los llamados indicadores demográficos de natalidad y mortalidad tienen en unas y otras zonas ayudan a comprender las diferencias entre las tendencias poblacionales de unos y de otros.

Mayores tasas de natalidad y fecundidad en las capitales

La tasa de natalidad es superior en más de dos puntos en las capitales provinciales que en el conjunto de las provincias. En ambos casos se da una clara trayectoria descendente, aunque esta es un poco más acusada en las demarcaciones que en sus cabeceras: en las ciudades de Huesca, Zaragoza y Teruel nacen cada año entre 7,4 y 8,12 bebés por cada mil habitantes, mientras que el cómputo provincial no alcanza los siete en ninguno de los casos.

Esas diferencias se deben, principalmente y aunque entre otros factores, al mayor grado de envejecimiento de las poblaciones rurales, algo que en su faceta femenina también se refleja directamente en la evolución de la tasa de fecundidad, que mide el número de nacimientos que se producen al cabo del año por cada millar de mujeres residentes en un territorio.

La tasa de fecundidad de las capitales sigue siendo superior a la de las provincias, con una diferencia que apenas supera el medio punto en Teruel (36,44 por 35,72) y que se sitúa entre los dos tres en Zaragoza (33,98 por 31,77) y en Huesca (36,56 por 33,56).

No obstante, y aunque el indicador arroja todavía unos registros menos inquietantes en las ciudades que en el campo, en este caso se está produciendo una mayor aceleración de la caída de la fecundidad en las primeras que en el conjunto del territorio, con diferencias del 50% en Zaragoza, donde la capital pierde seis puntos en el mismo lustro (2014-2019) en el que el conjunto de la demarcación retrocede cuatro, y con descuadres mucho más acusados en Teruel (uno por cuatro) y Huesca (uno por ocho).

Mayor mortalidad y menor esperanza de vida en el mundo rural

Ocurre lo contrario con la mortalidad, que es claramente más elevada en las áreas rurales de la comunidad que en las urbanas, con horquillas de 12 a 15 fallecidos por cada 100.000 habitantes en las primeras mientras las segundas se mantienen entre los 10,2 y 10,6.

Las variaciones se mantenían prácticamente congeladas en ambos casos, con incrementos de apenas un caso por cada millar de vecinos tanto en unas como en otras en el periodo 2014-2019 e incluso ligeros retrocesos en ambas en Huesca. 

Eso cambió el año pasado con la pandemia, cuando las tres demarcaciones (no hay datos locales) vieron crecer ese indicador entre dos puntos y dos y medio en solo doce meses para superar la docena de óbitos por cada mil habitantes en Zaragoza, los trece en Huesca y la quincena en Teruel.

A estos datos, que anticipan un panorama demográfico sombrío para el conjunto de las zonas rurales mientras se mantienen los procesos de concentración en las áreas urbanas, que en el caso de Aragón coincide con las capitales provinciales con permiso de Calatayud (20.000) habitantes) y de Utebo (18.900), se les une el hecho de que la esperanza de vida sea mayor en estas últimas que en el conjunto de los territorios.

La diferencia era, a la espera de conocer los efectos de la pandemia en este indicador que ya en 2019 había registrado un notable descenso, escasa, de apenas ocho décimas en el más acentuado de los casos, que es el de Zaragoza, aunque marcaba una frontera en el nivel de los 83 años, por encima en las ciudades y por debajo en el conjunto de las provincias.

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