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Otoño caliente, pero no sólo en Catalunya

La temporada política, que desembocará en las elecciones locales, autonómicas y europeas de primavera de 2019, también se abre con tensión e incertidumbres en el Gobierno central, en los principales partidos y en Andalucía

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Torra destaca la solidaridad y la fraternidad de Cambrils tras los atentados

Torra durante su visita a la prisión de Lledoners el 17A EFE

Viene un otoño caliente, anunciaba días pasados Pilar Rahola, una de las voces más sonoras del independentismo catalán tras visitar en Bruselas al expresident y factótum poco en la sombra Carles Puigdemont. Parece que viene un otoño político caliente, sí, pero no solo en Catalunya. En Catalunya, en Andalucía, en el Gobierno central y en el PSOE, en el PP, en Ciudadanos, en Unidos Podemos...

La expresión "otoño caliente" hasta hace poco se aplicaban mucho más al mundo sindical y laboral que al de la política y está cerca de cumplir medio siglo, pues nació en Italia con las movilizaciones obreras del otoño de 1969, hijas en parte del clima político creado en mayo del 68 en diversos lugares del mundo. Fue el italiano un fenómeno de "cólera colectiva" -dicen algunos historiadores- que acabó desembocando en los anni di piombo, los años de plomo: la década de los setenta y comienzos de los ochenta, con inestabilidad y caos ya no sólo sindical sino también político, mucha violencia callejera, aparición de organizaciones de extrema izquierda y de extrema derecha muy radicalizadas y al cabo varios atentados terroristas. 

Es altamente improbable que el otoño caliente en Catalunya que anuncia ahora Rahola traiga unos años de plomo, ni en Catalunya ni en el resto de España. Pero, en efecto, tras la casi ninguna tregua política veraniega llega un otoño que previsiblemente va a tensar mucho la vida pública. Por si todo fuera poco, la temporada que ahora comienza desembocará a finales de mayo o primeros de junio de 2019 en un superdomingo de urnas, con al menos elecciones europeas, locales y autonómicas en 13 comunidades, en el que los principales partidos se juegan mucho.

En Catalunya, las cosas no parecen tan graves como hace un año, cuando con los atentados del 17A aún calientes las formaciones independentistas preparaban las leyes de desconexión y el llamado referéndum del 1-0 y el Gobierno de Mariano Rajoy acudía cada poco a los juzgados para pararlos al tiempo que afilaba ya la puesta en marcha del artículo 155 de la Constitución, pero la situación está aún muy lejos de la distensión y el diálogo que pretendía Pedro Sánchez cuando hace menos de tres meses llegó a La Moncloa.

En el conflicto catalán, hay un cambio de actitud muy evidente por parte del Gobierno central, ahora del PSOE, pero no lo hay tanto en el Govern autonómico. A los gestos de distensión por parte del de Sánchez, no ha respondido por ahora el de Quim Torra traspasando líneas rojas legales, pero sí con declaraciones poco afortunadas y con anuncios de que podría hacerlo. El más reciente, el "tenemos que atacar al Estado español" del propio president, el viernes pasado, no augura calma sino más bien tempestad.

La reapertura del Parlament, cerrado de facto desde hace meses; la vuelta o no al unilateralismo por parte de los independentistas; la celebración de la Diada, más o menos tensa y reivindicativa de la República; el despliegue de la Crida, el nuevo partido de Puigdemont; la polémica y los incidentes por los lazos amarillos; la división y pugna internas en las filas del independentismo; los avances o retrocesos en el diálogo entre el Gobierno y el Govern y, sobre todo, el juicio probablemente en noviembre a los líderes independentistas encausados por el procés, y la sentencia correspondiente, subirán o bajarán el grado de calor del otoño catalán. Puede incluso que durante los próximos meses Torra convoque elecciones, inducido por Puigdemont, o puede -aunque es muy poco probable- que el Gobierno de Sánchez se vea tentado u obligado a activar de nuevo el artículo 155 de la Constitución.

Donde todo huele a elecciones anticipadas es en Andalucía. Días pasados, exdirigentes socialistas y un miembro del Gobierno andaluz daban casi por hecho, en una reunión privada, que en pocas semanas la presidenta Susana Díaz disolverá el Parlamento de Andalucía y convocará elecciones para el domingo 28 de octubre. La fecha está llena de simbolismo. Ese día se cumplirán exactamente 36 años de la aplastante victoria del PSOE de Felipe González, en las elecciones generales que en 1982 llevaron por primera vez a los socialistas al Gobierno en el periodo democrático. 

Díaz está cargada de razones estratégicas si decide convocar. Las encuestas le son ahora favorables, la marca PSOE se ha recuperado tras la llegada de Sánchez al Gobierno central, sus principales rivales andan con problemas internos... El líder regional del PP, Juan Manuel Moreno, está debilitado porque apostó en las primarias nacionales del partido no por Pablo Casado, luego ganador, sino por Soraya Sáenz de Santamaría. El de Ciudadanos, Juan Marín, ha ganado sus primarias, pero aún hay dentro quien lo ve con poco tirón electoral. En Podemos todavía hay división interna pese a la contundente victoria en las primarias de Teresa Rodríguez sobre Isabel Franco, la candidata apoyada por Pablo Iglesias. 

Convocando ahora, además,  Díaz evitaría un riesgo que preocupa a los socialistas desde hace meses. Que la sentencia del juicio de los ERE, que está prevista para finales de año o primeros de 2019 y será polémica por dura o por blanda, les sorprenda en plena campaña electoral y disminuya sus expectativas de voto.

A quien su círculo más cercano no ve ahora convocando elecciones en breve -salvo fuerza mayor- es a Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno se enfrascará en su particular otoño caliente intentando sacar adelante en pocos meses, pese a su exigua fuerza en el Congreso de los Diputados y a su dependencia de los nacionalistas catalanes, el mayor número de gestos simbólicos y de iniciativas de calado anunciados desde la moción de censura. La exhumación de Franco, la distensión y el diálogo en Catalunya, la desactivación al menos en parte de las leyes consideradas más lesivas de la etapa de Rajoy, los nuevos impuestos, la ampliación del techo de gasto y la aprobación de los Presupuestos para 2019...

A Sánchez no le faltará tampoco trabajo en el PSOE. Con los nombramientos en el Gobierno y la remodelación del Grupo Parlamentario, el partido se ha quedado escaso de dirigentes con dedicación completa para las labores internas. Y todo ello, ante un año crucial, pues en 2019 no sólo se celebrarán las elecciones locales, autonómicas y europeas citadas -siguen sin candidata o candidato a la Alcaldía de Madrid, por cierto- sino también el 140 aniversario de la fundación del PSOE, percha de la que Sánchez quiere colgar toda una batería de iniciativas con pretensión de gran impacto en la sociedad.

En el PP, el otoño será para Pablo Casado más o menos caliente en función de cómo acabe el caso judicial de su máster, de hasta dónde lleve el anunciado reposicionamiento del partido y de cómo acaben sus pugnas con Soraya Sáenz de Santamaría.

En Ciudadanos, la temperatura de la estación dependerá de qué digan las encuestas, que hace cuatro meses le auguraban la primacía nacional y ahora le sitúan sólo como tercer partido.

En Unidos Podemos, de si recupera o no Pablo Iglesias el tono muscular de la formación, debilitado por el auge del PSOE tras llegar éste al Gobierno, por las guerras internas (Andalucía) y por la larga baja por paternidad del propio Iglesias y por maternidad de su pareja y número dos de la formación, Irene Montero. Por cierto: también Alberto Garzón, el líder de IU, cogerá en breve su baja por paternidad.

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