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No son los insultos, es la democracia

5 de febrero de 2026 08:12 h

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No hay minutos en el día para digerir el torrente de injurias que inundan la conversación pública. En esta España en la que partidos, periodistas y ciudadanos han adoptado las mismas salvajes formas del lejano oeste, ya hay barra libre para el ultraje y la deshumanización. La práctica está instalada en los manuales de cierta política y en algunos libros de estilo de no pocas redacciones, donde dominan con soltura los códigos de ese nuevo periodismo en el que la verdad ha dejado de importar, el dato es secundario y la obligación ya no es tanto confirmar como difamar. Y, además, con premio. Cuánto más se insulta y más se miente, más se cotiza. 

El caso es que eran pocos los abonados a la injuria, la vejación y la desinformación, que se ha sumado Elon Musk para animar el debate y entrometerse en la política nacional para dejar constancia de lo que opina de Pedro Sánchez: “Un fascista, un tirano y un traidor”. Nada que no haya salido antes por boca de los más ilustres dirigentes de Vox o el PP, además de por la de una legión de periodistas y opinadores en sincronía con la ideología de sus principales pagadores.

Al magnate multimillonario no le ha gustado nada que Pedro Sánchez haya anunciado que prohibirá las redes sociales a menores de 16 años y perseguirá a las plataformas digitales que no retiren contenidos “de odio e ilegales”. Algo que está perfectamente justificado a tenor de la basura que circula por las plataformas, por las reiteradas advertencias de los expertos sobre el uso excesivo de las redes en menores y por la legislación comparada. 

Sánchez quiere obligar a las plataformas a implementar sistemas efectivos de verificación de edad, así como a crear un sistema de “rastreo, cuantificación y trazabilidad” que permita establecer una “huella de odio y polarización”. Y, junto a la Fiscalía, estudiar las posibles vías legales para investigar las infracciones de empresas como Grok, TikTok e Instagram. 

España se sumaría así a la lista de países que planean que los menores no tengan acceso a las redes sociales. Australia fue pionera y en menos de un mes desde la prohibición acreditó el bloqueo de más de 4 millones de cuentas en un país en el que el 84% de los mayores de 8 años tenían perfiles en las redes sociales antes de la prohibición. En Europa, la Asamblea Nacional francesa ya dió luz verde al proyecto de ley por el que se prohíbe el acceso a las redes a los menores de 15 años y en Dinamarca, todos los partidos con representación parlamentaria apoyaron seguir los pasos de Francia, aunque todavía no se ha determinado una fecha concreta para la entrada en vigor. En el Reino Unido y Portugal también ya están en marcha medidas similares. 

Pero Musk se ha despachado a gusto contra Pedro Sánchez. Primero para llamarle “fascista” y, después, “Dirty Sánchez”, además de “tirano y traidor”, calificativos que acompaña de un emoji con forma de hez para dejar constancia del verdadero significado de la expresión que, en castellano se puede traducir como “el sucio Sánchez”, pero se refiere a una práctica sexual relacionada con la atracción de los excrementos.

Insultos, en todo caso, de la factoría Musk/Trump, que la ultraderecha y la derecha españolas han hecho propios en las redes sociales, en el Parlamento y en muchas de sus intervenciones públicas. De hecho, lejos de provocar en los dirigentes de Vox y el PP una reacción en defensa de la soberanía española, a muchos de ellos les ha faltado tiempo para seguir la senda del magnate, cuya intención última además de la cuenta de resultados de sus empresas es sin duda interferir en la política de los estados de la UE, de quien ya dijo que debía ser desmantelada. 

Y el dueño de X no es de los que se queda solo en la retórica, sino que es más de pasar a la acción, como ya demostró se dirigió a los votantes alemanes para que apoyaran a la ultraderechista AfD o atacó a los jueces italianos por bloquear el envío de inmigrantes a Albania. A nadie ha extrañado que el líder de Vox se relamiera con los vituperios de Musk a Sánchez y respondiera a todo sí y, además, añadiera “también un criminal corrupto”, con lo que se ganó el apodo de “lamebotas” que le colgó el mismísimo ministro de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, Pablo Bustinduy. 

Mucho más inquietante ha sido la respuesta de Feijóo, que parece no inmutarse del verdadero propósito de Musk, y ha optado por la equidistancia entre el magnate y el presidente del Gobierno: “No estoy centrado en mediar en debates sobre Marte. Me preocupa mucho más Binéfar, Huesca y Aragón que estas discusiones de las redes sociales. No tengo interés en meterme en los líos en los que se mete el señor Sánchez”. 

El dueño de Tesla y la red X ha cruzado una línea peligrosa al convertirse en agitador global para apoyar movimientos de extrema derecha en Europa y más allá con el propósito de desestabilizar la situación política de los países. Sus afrentas a Sánchez son, por tanto, mucho más que los insultos que ya dominan nuestra conversación pública o periodística. Marcan un punto de inflexión en pleno ciclo electoral y representan una intromisión directa en la política interna de un país soberano. Algo que Musk ya experimentó cuando lanzó críticas feroces contra el primer ministro británico para desestabilizar al Gobierno laborista de Keir Starmer en Reino Unido desde su plataforma X, para atacar a Macron o para aupar a la ultraderecha alemana.

En la misma línea que Musk, el dueño de Telegram, Pável Dùrov, también se ha lanzado contra Pedro Sánchez a través de un mensaje masivo a todos los usuarios de este servicio para instar a los españoles a mantenerse “vigilantes”. Dùrov no necesitó del insulto, pero sí habló de un Estado vigilado bajo el pretexto de la protección. Una reacción que el Gobierno de España cree insólita, además de un ejemplo de la urgente necesidad de regular las redes sociales para evitar que los tecno oligarcas extranjeros puedan inundar los teléfonos móviles de propaganda a su antojo para influir en la opinión pública de los estados.

Y, al parecer, Feijóo aún no se ha enterado de que esto no va solo de insultos, sino de alterar los equilibrios políticos y dinamitar las reglas más elementales de la democracia.