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‘Yo Galgo’: una mirada desgarradora al drama del galgo español

Hablamos con Yeray López Portillo, director de Yo Galgo, un emotivo documental que pone el foco en las terribles consecuencias de la modalidad de caza con perros

Como cada mes de febrero, el final de la temporada de caza se traducirá en miles de abandonos, crueldad y muerte

El próximo domingo 3 tendrán lugar en numerosas ciudades españolas y europeas las manifestaciones bajo el lema #NoaLaCaza que convoca anualmente la Plataforma NAC

YO-GALGO.COM

@yogalgo

La mirada, inocente y profunda, interpela al espectador. La protagonista es una joven galga, de apenas dos años, que pasa pacientemente el exhaustivo examen de un hombre que evalúa sus cualidades físicas para la caza de la libre. “Le falta altura, larga y pecho”, concluye el galguero tras unos pocos segundos. Ella, paciente, mira a la cámara como preguntándose: ¿qué hago yo aquí?

Al otro lado de esa cámara está el cineasta madrileño Yeray López Portillo. Y ella no es una galga cualquiera, como las centenares a las que cría y entrena el galguero, sino Bacalao, su perra. La que vive con él desde que, tras sufrir una depresión, decidiera compartir su vida con un perro. La que le llevó a meterse de lleno y durante cinco largos años en el mundo de los galgueros para rodar una película sobre el infierno que viven estos perros en España, el único país de Europa que permite esta modalidad de caza. Todo, para tratar de contestar a una pregunta: ¿qué hubiera sido de ella de no haberse cruzado en su camino?

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“Bacalao ha sido la llave y la guía en esta aventura”, cuenta Yeray desde Copenhague, donde reside, al reflexionar sobre el origen terapéutico de Yo Galgo. Una terapia que consistió en “coger la cámara, los micrófonos y volver con mi perra a grabar una España desconocida para mí”, relata. “Nunca había hecho un largometraje antes, no tenía ni idea de dónde me estaba metiendo. Solo sabía que tenía que continuar grabando y devolver a los galgos un poquito de lo que me habían dado”, explica.

Al contrario de lo que ocurre con otros documentales de temática animalista, Yo Galgo no conmueve al espectador por la crudeza de las imágenes -aunque en ocasiones también-, sino especialmente por lo emocionante de una historia que, en el fondo, podría ser la de cualquier persona que conviva con un perro adoptado y se haga determinadas preguntas sobre cómo son usados y explotados por los humanos. De hecho, la intención inicial de Yeray era “componer una serie para niños, surrealista y preciosista, en la que Bacalao volvía a casa para encontrarse con sus hermanos”, explica. “Quería saber qué hubiera sido de ella en otras manos, cuáles eran las vidas posibles que hubiera tenido de haber continuado entre galgueros. Así fue como empecé las andanzas por la España del galgo”.

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Pero conocer esa España de primera mano hizo que la dirección del proyecto diera un giro de 180 grados. “Pronto comprendí que responder a estas preguntas iba a ser mucho más complicado de lo que esperaba”, reconoce Yeray. “También entendí que requería otro formato: el documental. Así que tras el primer año y medio de trabajo, multitud de viajes e innumerables horas de carretera, decidimos mudarnos a Madrid para terminar la película y poder coordinar desde allí las salidas”.

Cinco años después, y con el documental recién estrenado en internet, Yeray echa la vista atrás. “Para mí ha sido una experiencia transformadora que ha cambiado mi visión del mundo en muchos sentidos y mi relación con los animales. Tras esta aventura, me es imposible no querer extender el amor y respeto que tengo hacia los galgos a otros animales, que no tienen por qué convivir conmigo o haberme salvado la vida”, explica. “Ese es nuestro proyecto: tratar de inspirar a otros con nuestra experiencia, de dolor a veces, para hacer algo por los animales”.

El trabajo, eso sí, no ha sido en absoluto sencillo. “Han sido muchas horas en los pueblos, en los campos, en corralas, de rescate, desenterrando cuerpos, en los bares frecuentados por cazadores hasta que alguno quisiera hablar conmigo..., en fin”, suspira Yeray. “Hubo momentos en los que casi tiro la toalla, porque a veces resulta frustrante. El mundo del galgo es cerrado y desconfiado, abundan los robos y no es fácil entrar, pero creo que he tenido mucha suerte con la gente que respondió y quiso ayudarme a contar esta historia”. Aun así, y pese a esa colaboración, en el momento en que Yeray comenzó a hablar de Yo Galgo en las redes sociales empezaron a lloverle amenazas de todo tipo. “Es increíble lo que es capaz de decirte la gente desde el sofá de su casa”, lamenta.

Entre esas críticas, uno de los argumentos habituales entre los galgueros: el que asegura que las cifras de abandono no se corresponden con la realidad. “Es muy difícil hablar de cifras cuando no hay canales reconocidos a través de los cuales registrar el abandono”, opina Yeray. “Es sorprendente que no haya un portal, o una base de datos compartida, en la que protectoras y perreras tengan la obligación de registrar a todos los animales que entran en sus instalaciones. Nos quedaríamos sorprendidos y abrumados”, asegura. “El último estudio de Affinity habla de cerca de 300 perros abandonados al día en nuestro país, pero hay muchos que no llegan a los refugios, que mueren atropellados, de frío, de hambre o en las casas de sus dueños, y que jamás forman parte de las estadísticas. En el caso de los galgos, el abandono es masivo”, denuncia. Y pone un ejemplo ilustrativo: “Recuerdo que una protectora de Sevilla, a la que visité durante el documental, recibió 100 galgos en un solo día. Todos los refugios que conozco están desbordados, y la situación no parece mejorar”.

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La dificultad de hacer realidad un proyecto de estas características va más allá del rodaje: una vez concluida la película, la distribución de Yo Galgo tampoco se presentó como una tarea sencilla. “Hemos hablado con mucha gente para tratar de sacar el proyecto. Llegamos a firmar con Trust Nordiskm, uno de los agentes de ventas más potentes de Europa, que representa a algunos de los mejores directores escandinavos. Fueron ellos quienes nos ayudaron a comprender que teníamos algo especial entre las manos, una película que podría interesar a distribuidores internacionales. Nos sentamos con alguno de ellos en Toronto, pero no es fácil colocar películas como la nuestra. Nos llegaron a decir que entraba en conflicto con otros materiales de sus canales o que no era el momento”.

Yeray lo tiene claro: con el final de la temporada de caza y miles de galgos a punto de ser abandonados o sentenciados a muerte, “no hay mejor momento que este”. Porque el objetivo es ambicioso: que Yo Galgo contribuya al debate en torno a un tema que, en su opinión, “se ha convertido en un tabú”. Por todo ello, Yeray ha optado por estrenarla a través de su propio canal de Internet, moonleaks.com, para, “de alguna manera, salir de los tiempos marcados por la industria”. Una estrategia para la que “el boca a boca es fundamental”. De momento, Yo Galgo se ha traducido a diez idiomas y está en permanente contacto con organizaciones y grupos de protección animal de todo el mundo. Asimismo, diversos cines tanto españoles como extranjeros han mostrado interés en proyectar el documental. “Cuando tengamos los suficientes, haremos las copias y anunciaremos las ciudades”, adelanta Yeray. "Yo Galgo se pensó para ser vista en una sala grande, con sonido en 5.1: tenemos una fabulosa banda sonora y todo se ha cuidado como en las grandes producciones”.

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Solo queda una pregunta en el tintero. Visto lo visto, ¿el futuro es esperanzador para los galgos? Yeray es contundente: ”La caza con galgo, y con perro en general, tiene los días contados. Todos los demás países de la UE han terminado obedeciendo la normativa comunitaria: hasta los ingleses dejaron de cazar el zorro con perro, cosa que se creía imposible. No tiene sentido pertenecer a estructuras superiores y no acatar un marco normativo común en torno a la protección animal. Pero lo que acabará por imponerse es la presión popular para que estas practicas desaparezcan”, vaticina.

Y Yerai añade una reflexión: “El porcentaje de cazadores es muy bajo en comparación con la población total, pero su actividad se prioriza frente a cualquier otro uso lúdico del campo. La gente está cansada del empleo de fondos públicos que subvencionan actividades consideradas bárbaras por muchos y de la actitud fanfarrona de muchos cazadores que, orgullosos y acostumbrados a hacer lo que han querido en el campo sin que nadie les chistara hasta ahora, recurren al insulto y la amenaza para continuar con lo que creen suyo. Afortunadamente eso está cambiando y, aunque no sea fácil, cada vez más gente se pronuncia en contra de la caza con galgo”.

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