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La gorila Koko me hizo llorar

Koko, nacida en 1971 en el zoo de San Francisco, aprendió la lengua de signos y nos demostró que compartía emociones como las nuestras, dándonos ejemplo de cómo relacionarnos con los demás animales con los que compartimos el planeta

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Koko, con uno de los gatitos a los que adoptó

Koko, con uno de los gatitos a los que adoptó The Gorilla Foundation

"Si bien existe una diferencia abismal entre el hombre y los demás animales, podría decirse que ese abismo no es más profundo que el que separa a unos hombres de otros". Galileo, 1630.

La hemos visto llorar por la muerte de su amigo gatito, tener sensibilidad y empatía hacía otra especie, aprender nuestro lenguaje de signos, comunicarse con nosotros como un homínido más miembro de nuestro propio linaje. La hemos visto reír, pedir cosquillas o comida, extender la mano para tocarte, abrazarte delicadamente, dar besos, sentir emociones como cuando le contaron que su amigo gatito había muerto y tantas otras inquietudes y gestos de acercamiento entre especies, que la hacen a ella y a los miembros de su especie a quien representa ser miembros de nuestra propia familia, ser un eslabón vivo de la propia historia de la humanidad.

Sí, ella, Koko, es una gorila que nos ha enseñado la capacidad de una especie a quien los humanos la hemos rebajado para nuestro disfrute encerrándola en zoológicos y privándoles de la libertad y su derecho a evolucionar libremente. Como Koko, otros grandes personajes homínidos no humanos han pasado a la historia, como la chimpancé Washoe con el lenguaje de signos;  Guga, un chimpancé del Santuario de Sorocaba del Proyecto Gran Simio, que amaba enseñar a los reporteros el santuario; Copito de Nieve, emblema de Barcelona;  Chantek,  una orangután que ha aprendido un lenguaje de comunicación por signos; Kanzi, la bonobo que ha aprendido de igual forma un lenguaje de signos establecido entre los cuidadores y ella; Cecilia, la chimpancé a la que una jueza reconoció el Habeas Corpus y se ordenó su traslado al santuario del Proyecto Gran Simio en Brasil por estar en malas condiciones en el zoológico de Mendoza (Argentina) y ser considerada “sujeto de derechos”; Sandra, del recién cerrado Zoo de Buenos Aires (Argentina) a la que otra jueza declaró “una persona no humana”; Kika, una chimpancé a la que conocí y con la que entablamos relaciones de amistad, sobre  todo con mi hija; o Lili, otra amiga a la que nos unió una especial relación de amistad.

La lista podría continuar seguramente con muchos nombres, cada uno de ellos con una historia admirable que nos ha llegado al corazón de todas las personas que luchamos por sus derechos básicos y que seguramente, por desgracia, quedarán relegadas en el olvido de una sociedad que muchas veces no sabe apreciar los valores de los otros seres vivos, de sus circunstancias y su problemática de exterminio y encierro sin haber cometido delito alguno. De una ciencia muchas veces limitada y no abierta, donde estos personajes singulares históricos serán conocidos en el mundo de la psicología como comportamientos casi humanos, sin ir más allá para pedir su protección, liberación o conservación de su hábitat. Solo estarán ahí, para ser consultados, pero apartados de una ejemplaridad que debería revolucionar los conceptos que tenemos de animal o especie.

Koko lloró por su gatito, lloró cuando le comunicaron la muerte de un amigo humano, el actor Robin Williams. Ahora nosotros lloramos por ella, por su marcha sigilosa en la noche, por su sueño de libertad a los 46 años, por esa ternura que desprendía en todos sus actos y la nobleza de su personalidad. Lloramos porque cuando hablaba con el lenguaje de signos no veíamos a un ser distinto a nosotros, sino a una persona que amaba la vida, que gozaba y reía en las alegrías y lloraba en la tristeza.

Se ha ido en silencio, cuando las estrellas del universo resplandecían en el cielo, cuando dormía tal vez soñando por estar con los suyos, agradecida por aquellas personas que la han protegido de forma continua hasta su muerte.  

Este hecho lamentable que trasmitía por las redes sociales antes de ser conocido por los medios de comunicación es uno más para reforzar nuestra lucha por una Ley de Grandes Simios que en 2008 fue reclamada por la Comisión de Medio Ambiente del Congreso de los Diputados y que, sin embargo, quedó olvidada en el tiempo, donde duermen otras muchas iniciativas para el progreso de la dignidad como sociedad responsable.

Koko se fue a hurtadillas, tal vez en busca de su gatito al que tanto quería o de su amigo Robin, que allá en el universo de los luceros la llamaba. Es imprescindible que su historia sea traducida a todos los idiomas como lo fue la vida de la chimpancé Washoe en el libro titulado Primos Hermanos, escrito por Rogers Fouts, el maestro que le enseñó el lenguaje de signos.

Estas vidas, sobre las que hoy día por suerte se puede uno documentar por internet y ver los videos que han sido subidos, no deberían quedarse sólo para el estudio psicológico en las universidades, sino ser historias que deberían conocerse desde la más temprana edad, cuando aún las mentes no han sido manipuladas, cuando las niñas y niños comienzan abrir sus ojos para conocer el mundo de la realidad en el que viven y de esa forma, cuando sean adultos, comprender que esas otras especies que comparten con nosotros este maravilloso planeta deben ser respetadas para que continúen con la evolución de sus propias vidas sin que estén encerrados entre cuatro paredes para disfrute  de una sociedad que debe valorar en gran medida el respeto de la biodiversidad de nuestro planeta.

Koko nos ha dejado imágenes que desbordan cualquier texto que se pueda escribir sobre ella y, desde luego, ruego a quien lea estas palabras a que la busquen en Youtube y la conozcan. Seguramente muchos podrán cambiar el concepto que tienen aún sobre los grandes simios, nuestros hermanos evolutivos, nuestros amigos que forman parte de nuestra propia familia de los homínidos y con los que poseemos un mismo ancestro común, un mismo familiar directo que hace millones de años que nos unía como especie única.

Ella, a pesar del trato excelente que ha tenido en  The Gorilla Foundation, ha estado prácticamente sola, alejada de los de su especie. Nació en 1971 en el zoológico de San Francisco, en Estados Unidos. A la edad de un año fue separada de su madre, que se encontraba enferma, y fue en ese momento cuando la psicóloga Francine Patterson la adoptó y comenzó a enseñarla el lenguaje de los signos. Pronto comprobó que Koko tenía emociones profundas y complejas. Aprendió a lo largo de su vida en la citada Fundación 1.000 palabras en el lenguaje de signos y comprendía a la perfección 2.000 palabras del inglés hablado. Ha sido famosa también como portada en la revista National Geographic (Octubre 1978) con una fotografía que ella misma se hizo frente a un espejo. No ha conocido la ternura de los suyos, de sus iguales, pero sí ha tenido la comprensión, la amistad y el amor de sus amigos no humanos y en especial de su madre adoptiva, Patterson, con quien ha compartido casi toda su vida.

Esta lección que nos ha dejado Koko debe ser un ejemplo para nuestra propia actitud frente a todos los seres vivos de nuestro planeta que se merecen tener una oportunidad de subsistencia y de caminar hacia su propia realización como especie diferentes a la nuestra pero vinculada en un factor común ambiental que nosotros tenemos la obligación de proteger frente al abuso intensivo de las multinacionales contra la madre Tierra, casa única de todos que compartimos en común.

Koko marchó a jugar con las estrellas por la noche, cuando todos dormían. En mis ojos, en mi corazón… mis lágrimas se han deslizado por mis mejillas pensando en ella, por todo lo que nos ha regalado, por todo lo que nos ha demostrado, por esas emociones humanas que ella compartía, por ser embajadora rompiendo la barrera de las especies, por ser lo que era, una persona que escribía su propia historia de la vida.

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