La policía como garante del orden especista
Orden, violencia y normalidad
La policía no es una institución neutral. Desde su origen moderno, su función principal ha sido garantizar un determinado orden social, económico y moral. Un orden que no es el de la vida, sino el del capital; no el de los cuidados, sino el de la propiedad; no el de la convivencia entre especies, sino el de la dominación. Analizar la policía desde una perspectiva antiespecista implica entender que su papel no se limita a la gestión del conflicto humano, sino que es una pieza clave en el sostenimiento de un sistema que explota, encarcela y mata sistemáticamente a los animales no humanos.
Desde el anarquismo y otras tradiciones antiautoritarias, la crítica a la policía ha sido clara: no existe para protegernos, sino para proteger un orden injusto. La policía aparece allí donde hay que hacer cumplir una ley que beneficia a unas pocas y castiga a la mayoría; allí donde hay que disciplinar cuerpos, sofocar resistencias y normalizar la violencia estructural. No se trata únicamente de una jerarquía moral, sino de una auténtica tecnología política de gestión de la vida que decide qué cuerpos merecen protección y cuáles pueden ser explotados, disciplinados o eliminados.
Especismo, propiedad y coerción
El sistema especista necesita de la policía por una razón sencilla: la violencia que ejerce no es aceptable sin mediación coercitiva. Millones de animales son encerrados, mutilados, explotados y asesinados cada día en mataderos, granjas, laboratorios y centros de exterminio legalizados. Todo este entramado requiere protección institucional. Cuando activistas bloquean un matadero, documentan abusos o intentan impedir un transporte hacia la muerte, no es el “orden natural” el que responde, sino la policía. Su función no es proteger a los animales, sino garantizar que la maquinaria de muerte siga operando sin interrupciones.
La defensa de la propiedad privada es otro eje central. Los animales son considerados legalmente bienes, recursos, mercancías. La policía actúa como guardiana de esta injusta ficción jurídica. Liberar animales, interferir en explotaciones o sabotear infraestructuras de la industria cárnica es perseguido con dureza, mientras que la violencia cotidiana ejercida contra los animales es normalizada y protegida. No se castiga la crueldad estructural, sino la desobediencia.
Lavado verde, lavado animalista
A menudo se intenta lavar la imagen de la institución policial atribuyéndole funciones de protección ambiental o de defensa de los derechos de los animales. Existen unidades “verdes”, brigadas medioambientales o protocolos específicos para casos de maltrato. Sin embargo, basta observar la asignación real de recursos para desmontar este relato. Estas áreas son marginales, infrafinanciadas y siempre subordinadas a intereses económicos mucho mayores. La persecución de delitos medioambientales suele centrarse en infracciones menores, mientras que las grandes industrias contaminantes y explotadoras operan con total impunidad.
En lo que respecta a los animales no humanos, el contraste es aún más obsceno. Cuando un animal está en peligro real, casi nunca es la policía quien actúa para salvarlo. Son las activistas quienes rescatan, denuncian, visibilizan y asumen las consecuencias legales. Eso cuando el peligro no proviene de las propias instituciones —animales sentenciados a muerte por razones sanitarias, de control poblacional o de “seguridad”— donde la policía no solo no cuestiona la decisión, sino que actúa como brazo ejecutor. La ley manda, aunque la ley mate.
Criminalizar la compasión
Esta lógica se vuelve especialmente evidente en la persecución del activismo antiespecista. En el Estado español, colectivos como Futuro Vegetal han sido objeto de dispositivos policiales desproporcionados, identificaciones sistemáticas, detenciones, multas y una intensa criminalización mediática. Acciones no violentas orientadas a visibilizar la violencia estructural del sistema alimentario han sido tratadas como amenazas al orden público. No se persigue el daño causado a los animales, sino a quienes lo señalan.
Este patrón no es una excepción local. En otros territorios, activistas que documentan mataderos, liberan animales o bloquean infraestructuras de explotación son tratadas como delincuentes, mientras las industrias responsables de sufrimiento masivo continúan operando con protección estatal. Convertir la compasión en delito es una estrategia eficaz para desactivar cualquier cuestionamiento profundo del sistema especista.
Masculinidad, violencia y carne
Este papel no es accidental. La policía es una institución profundamente atravesada por la hipermasculinidad. La exaltación de la fuerza, la obediencia jerárquica, el control y la violencia legítima forman parte de su identidad. Esta masculinidad institucionalizada se conecta de forma directa con la explotación animal y el consumo de carne, históricamente asociados a la virilidad, al dominio y a la superioridad.
El cuerpo animal se convierte así en un territorio sobre el que demostrar poder, del mismo modo que ciertos cuerpos humanos han sido históricamente sometidos, colonizados y disciplinados. La violencia contra los animales no es un exceso del sistema, sino una de sus pedagogías fundamentales.
Animales al servicio de la represión
La contradicción alcanza su punto máximo cuando la propia policía explota animales para sus fines. Perros y caballos son utilizados como herramientas represivas, expuestos a situaciones de estrés extremo, violencia, ruido, hacinamiento y entrenamiento coercitivo. Las consecuencias físicas y psicológicas de estos “trabajos” están ampliamente documentadas: lesiones crónicas, ansiedad, agresividad inducida, vidas cortas y marcadas por la instrumentalización absoluta.
Presentar esta explotación como “cuidado” o “colaboración” no es más que otro ejercicio de cinismo institucional. Incluso cuando se invoca el bienestar animal, los animales siguen siendo medios, nunca fines.
Más allá de la policía
Desde una perspectiva antiespecista, resulta imposible imaginar una liberación animal sin una crítica radical a la institución policial. No se trata de pedir una policía “mejor” o “más sensibilizada”, sino de reconocer que su razón de ser es incompatible con una ética del cuidado y de la interdependencia. La policía no falla al proteger mataderos, granjas o laboratorios: cumple exactamente con su función.
Frente a este panorama, las redes de apoyo mutuo, los santuarios de animales, las ocupaciones, los rescates y las acciones directas no violentas no son anomalías, sino embriones de otro mundo posible. Un mundo donde la seguridad no se base en la amenaza, donde la justicia no sea castigo y donde ninguna vida sea considerada sacrificable.
Cuestionar a la policía como garante del orden especista es, en última instancia, cuestionar el propio orden. Porque mientras exista una institución armada dedicada a proteger la explotación, la liberación —humana y no humana— seguirá siendo perseguida.