El silencio que mata

1

El silencio que mata.

La huelga estudiantil convocada este 28 de octubre en memoria de Sandra Peña, una joven de 14 años que decidió quitarse la vida tras sufrir acoso escolar, ha puesto nuevamente sobre la mesa una verdad incómoda: el bullying continúa siendo una de las mayores heridas del sistema educativo. A pesar de los protocolos, las campañas y los discursos institucionales, los casos se repiten. La pregunta es inevitable: ¿qué estamos haciendo —o dejando de hacer— para permitirlo? 

La falta de acción efectiva por parte de las instituciones educativas y la sociedad en general está perpetuando el acoso escolar, y esa pasividad tiene consecuencias irreparables. 

El bullying no es un simple conflicto entre estudiantes. Es una violencia continuada que se manifiesta en burlas, exclusión, humillaciones, golpes o amenazas. Pero su raíz es más profunda: nace de la falta de empatía, de la necesidad de algunos de afirmar su poder a costa de otros, y del silencio de quienes observan y no intervienen. En la mayoría de los casos, las víctimas sufren en silencio durante meses o años, mientras el entorno —compañeros, docentes, incluso familias— minimiza lo que ocurre o prefiere no involucrarse. Esa indiferencia duele tanto como la agresión misma. 

Aunque en los centros educativos existen protocolos contra el acoso, la realidad demuestra que estos se aplican de forma desigual y, muchas veces, tardía. El caso de Sandra Peña es una muestra dolorosa de ello: su familia denunció el acoso reiteradamente, pero no se activaron las medidas necesarias para protegerla. Tener normas no sirve de nada si no hay formación, seguimiento ni compromiso para cumplirlas. Un protocolo no puede quedarse en el papel: debe convertirse en una herramienta viva, acompañada de recursos humanos, psicopedagógicos y emocionales. 

Además, persiste una visión cultural que normaliza o banaliza la violencia entre adolescentes. Se suele decir que “son cosas de críos”, que “todos pasamos por eso”, o que “hay que aprender a ser fuerte”. Pero esas frases encubren una peligrosa tolerancia hacia el abuso y despojan a las víctimas de legitimidad. Cada vez que se minimiza el dolor de alguien, se está contribuyendo a un sistema donde los agresores se sienten impunes y las víctimas, invisibles. 

El bullying no solo destruye a quien lo sufre. También deforma la convivencia escolar, rompe la confianza entre estudiantes y docentes, y deja una huella duradera en la salud mental de toda la comunidad. Las consecuencias pueden ir desde la ansiedad y la depresión hasta, en los casos más extremos, el suicidio. Por eso, el silencio no puede seguir siendo una opción. 

En conclusión, si realmente queremos honrar la memoria de Sandra Peña, no basta con recordarla: hay que actuar. Las escuelas deben ser espacios seguros, donde se escuche a las víctimas, se acompañe a las familias y se eduque en empatía y respeto desde edades tempranas. La educación no solo debe formar intelectualmente, sino también moral y emocionalmente. 

No podemos permitir que otra vida se pierda por culpa del silencio, la indiferencia o la inacción. Recordar a Sandra debe ser un compromiso con todos los estudiantes que hoy sufren en silencio. Porque el bullying no se combate con palabras, sino con hechos. 

*Rebeca, Iliana, Danna, Claudia, Mariela, Mara y Coral son alumnas de 2º de Bachillerato del IES Villa de Mazo

Etiquetas
stats