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La resistible ascensión del emperador Donald Ui

El presidente de EE.UU., Donald Trump. EFE/JIM LO SCALZO
10 de enero de 2026 22:45 h

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Estamos ante la caricatura de una caricatura: Donald Trump no se parece tanto a Adolf Hitler como al mafioso de “La resistible ascensión de Arturo Ui”, la obra con la que Bertold Brecht diseccionó, entre la sátira (el primer objetivo de Ui consiste en monopolizar el mercado de la coliflor) y la tragedia, el acceso al poder del dictador nazi.

Brecht escribió su célebre pieza en 1941, cuando el ejército de Hitler invadía de forma arrolladora la Unión Soviética y parecía destinado a dominar el mundo, con la excepción de las Américas. Pero Brecht no se centró en eso, sino en cómo la corrupción y el miedo pueden dejar una sociedad entera, la alemana, a los pies de un dictador sin escrúpulos.

Y en eso, deslumbrados por la delirante arrogancia de la política exterior de Trump, no estamos fijándonos demasiado.

Donald Trump tiene planes a largo plazo. El control remoto del petróleo venezolano, la voluntad de anexión (“por las buenas o por las malas”) de Groenlandia, un territorio perteneciente a uno de los más fieles aliados de Washington (desde 1801) y, en general, el establecimiento de un sistema de relaciones internacionales “realista”, o sea, basado en la fuerza, implica tiempo y dinero.

Y que haya tiempo y dinero no depende de Trump, sino de los ciudadanos estadounidenses.

En noviembre se celebrarán elecciones parlamentarias y se renovará parcialmente el Congreso. Trump es impopular. Lo sabe él y lo sabe el Partido Republicano. Puede sufrir una derrota y perder su actual mayoría absoluta en ambas cámaras. Ya sabemos que Trump asume mal los fracasos: su primer mandato presidencial acabó con un asalto violento al Capitolio de Washington.

¿Qué hará si el Congreso deja de validar sus decisiones? Eso está por ver. También está por ver si el trumpismo será capaz de prolongarse más allá de la presidencia de Trump, algo que a veces damos por descontado con demasiada facilidad.

Habrá quien piense que Trump asumirá poderes dictatoriales y seguirá su camino. No es descartable. Pero resultaría complicado.

En “La resistible ascensión de Arturo Ui”, Brecht describe cómo el mafioso Ui, caricatura de Hitler, se gana al empresariado mediante la corrupción, al sindicalismo mediante el miedo y a la gente mediante la demagogia. Brecht habla de Alemania. Y conviene recordar que Alemania no se parece en nada a Estados Unidos.

Dentro de la lista casi infinita de diferencias, destaca una, básica y fundacional. Alemania se unificó en 1870 no como estado, sino como imperio, en torno al poder prusiano, y su organización política y social se caracteriza históricamente por el orden jerárquico, la disciplina cotidiana y la confianza en quien manda.

Estados Unidos, por el contrario, nació como proyecto bélico (eso es la Declaración de Independencia) opuesto al imperialismo británico y, sobre todo, como una asociación de ciudadanos recelosos frente al poder. De ahí la cultura de las armas: en su origen, y hasta cierto punto aún hoy, se supone que el ciudadano debe estar armado para protegerse ante cualquier abuso del gobierno federal.

Los más feroces partidarios de la posesión de armas han venido componiendo, precisamente, la base electoral de Trump.

Quizá para el destino inmediato del mundo lo más relevante no haya ocurrido en Venezuela, o pueda ocurrir en Groenlandia, sino en las calles de Estados Unidos. El despliegue armado del ICE (Immigration and Customs Enforcement), un servicio federal, atenta directamente contra los instintos más primarios del trumpismo, además de vulnerar los principios más básicos de la civilización.

Al neoconservadurismo estadounidense, por llamarlo de alguna forma, no ha de desagradarle en absoluto que se persiga con violencia a los inmigrantes, a los extranjeros o, ya puestos, a los “izquierdistas trastornados”, como llama la Casa Blanca a sus víctimas con pasaporte estadounidense (incluso si se trata de mujeres blancas, con hijos rubios y viudas de un veterano de guerra). Sin embargo, que una agencia federal patrulle las calles con tanta arrogancia como mala preparación toca un nervio del trumpismo.

Los estadounidenses llevan años siendo azuzados hacia el enfrentamiento interno e incluso hacia la guerra civil. Las redes sociales, en manos de oligarcas entregados a Trump, han hecho todo lo posible por difundir el odio al vecino. En mi opinión, resulta más verosímil (aunque improbable) un violento conflicto entre estadounidenses que la implantación de una dictadura. Es decir, lo contrario a lo ocurrido en Alemania hace casi un siglo.

Una mitad de Estados Unidos odia desde siempre a Trump. En la otra mitad, la trumpista, con muy variados grados de adhesión al líder, empiezan a abrirse grietas. Hay senadores rebeldes, pocos de momento. Hay cuadros del Partido Republicano que sienten vértigo. Hay votantes desencantados.

No será la Unión Europea con un comunicado, ni siquiera China con su inquietante silencio, quien restablezca un mínimo de sensatez en las relaciones internacionales. Eso está en manos de un granjero de Iowa con un arsenal en el granero, un desprecio profundo por lo que ocurre en Washington y un absoluto desinterés por eso que llamamos orden mundial. 

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