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Donald Trump y el Destino Manifiesto 2.0
Hay ideas que no mueren. Solo cambian de nombre.
Cuando Estados Unidos inició la conquista del Oeste en el siglo XIX, necesitó algo más que armas y colonos. Necesitó un relato moral que justificara la expansión, el despojo y la violencia. Lo encontró en el llamado Destino Manifiesto: la convicción de que el pueblo estadounidense estaba predestinado —por voluntad divina o superioridad moral— a extenderse, dominar y “civilizar” el continente.
Aquella idea sirvió para expulsar pueblos indígenas, para arrebatar territorios a México y para construir una nación sobre la base de una supuesta misión histórica incuestionable. No era solo expansión territorial; era hegemonía presentada como virtud.
Ese impulso no se detuvo en las fronteras continentales. En 1898, Estados Unidos libró una guerra contra España que marcaría un punto de inflexión en su papel internacional. Bajo el pretexto de liberar a Cuba y tras el episodio del acorazado Maine, Washington derrotó a una potencia colonial en declive y se hizo con Puerto Rico, Guam y Filipinas, además de convertir a Cuba en un protectorado de facto. Aquella guerra inauguró una nueva etapa: la del imperio que no se reconoce como tal, pero actúa como si lo fuera.
Poco después, esa visión se consolidó doctrinalmente. En 1823 había nacido la Doctrina Monroe, resumida en la conocida fórmula “América para los americanos”. Con el paso del tiempo —y especialmente tras 1898— dejó de ser una advertencia frente a Europa para convertirse en una herramienta de hegemonía regional.
El siglo XX confirmó esa deriva. Durante la Guerra Fría, el Destino Manifiesto se recicló en clave de seguridad nacional y anticomunismo. En los años setenta, Estados Unidos apoyó o toleró dictaduras militares en América Latina para frenar proyectos políticos que consideraba una amenaza. El golpe de Estado en Chile en 1973, que derrocó a un gobierno democráticamente elegido, no fue una excepción.
Ese apoyo se articuló de forma sistemática a través de la Operación Cóndor, una coordinación represiva entre varias dictaduras del Cono Sur —Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil— con el conocimiento y respaldo de Estados Unidos. Secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones cruzaron fronteras nacionales en nombre del orden y de la lucha contra el comunismo. La Doctrina Monroe operaba entonces no como declaración pública, sino como arquitectura del miedo.
Pensar que todo eso pertenece al pasado sería un error. En las últimas décadas, esa lógica ha reaparecido con nuevos métodos: intervenciones indirectas, sanciones económicas, guerras híbridas, presión diplomática y reconocimiento selectivo de gobiernos.
El caso de Venezuela es ilustrativo. Y conviene decirlo con claridad: a todas luces, Nicolás Maduro es un sátrapa y el régimen chavista no es un régimen democrático. Negarlo sería faltar a la verdad y a los principios democráticos más elementales. Pero dicho esto, resulta igualmente evidente que la actuación de Estados Unidos en Venezuela nada tiene que ver con la imposición de un régimen democrático ni con el acompañamiento honesto de un proceso de transición democrática. La política aplicada responde, una vez más, a intereses estratégicos, energéticos y geopolíticos, no a una vocación altruista de defensa de la democracia.
No se trata de defender regímenes claramente antidemocráticos ni de no exigir el cumplimiento de los derechos humanos allá donde son vulnerados. Se trata de recordar que la democracia no se impone, se construye. Y que cuando una potencia decide quién gobierna, cuándo debe caer un gobierno y bajo qué condiciones, deja de ser un actor internacional para convertirse en un colono.
El Destino Manifiesto ya no habla hoy de territorios por conquistar, sino de áreas de influencia que controlar. Pero el fondo es el mismo: una visión jerárquica del mundo en la que unos se arrogan el derecho a decidir por otros.
Europa —y España, con su propia historia en América— debería mirar estos procesos con memoria democrática y responsabilidad política. América Latina no necesita nuevas versiones de doctrinas viejas. Necesita respeto, cooperación y multilateralismo.
Porque cada vez que reaparece el Destino Manifiesto, alguien pierde soberanía.
Y casi siempre, también pierde la posibilidad de decidir su propio destino.
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