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Sobre este blog

La palabra muruza es montañesa. Significa “conjunto desordenado de cosas por lo general menudas” y en particular “ingredientes”. Es una palabra que carece de vitalidad. Y no por insuficiencia propia, sino debido a la situación de diglosia o depreciación de lo propio (por lo general inducida) que padece el montañés. Lo mismo sucede con el resto de modalidades lingüísticas cántabras. Así, que las esquilas pasen a ser quisquillas cuando se cocinan, los muergos navajas, los muriones caracolillos o que no haya carne de jatu a la venta en las carnicerías son situaciones anómalas provocadas por este problema, la diglosia, cuya solución pasa por el aprecio a lo propio. Y sabido es que no se puede apreciar nada que no se conozca.

El ser humano es en lo que le rodea. La cocina es una forma de ser.

Y de estar, de ahí la expresión cultura del territorio.

Ser y estar son nuestras dos coordenadas vitales básicas. Ningún lugar mejor que éste para empezar.

Las fotografías, todas originales y en blanco y negro, propiedad del autor, aluden al texto, no necesariamente de forma explícita. La relación no es unívoca. Lo mismo sucede con los textos, de redacción fragmentada, cuya ligazón requiere del esfuerzo liviano si bien sostenido del lector. Y como en la cocina, no es obligado seguir receta alguna.

A avellanas

Anciana y flores. Sin localización conocida. | MARIO CORRAL

Es conocida una foto en la que varios mozos están echando´l campanu a una señora mayor en una feria de año. Todos ríen. Pero fuera de contexto esta foto puede llevar a engaño porque echar el campanu no era cosa de broma. Y no lo era porque los campanos constituyen un elemento fundamental en culturas ganaderas extensivas, caso de la montañesa.

El paisaje pasiego, intensivo, es silencioso. El cencerro no es imprescindible porque las vacas no abandonan la finca. Por el contrario, en el paisaje montañés, extensivo o de palo y pastor, el sonido de los cencerros es constante. En montañés trilliría es el sonido de los muchos campanos o cencerros.

Los campanos proyectan sobre el territorio la identidad individual subsumida en la colectiva de muchas maneras. Mediante el sonido, por ejemplo, pues su afinación, reforzada por pequeños golpes practicados por el herrero, es distintiva, es decir, no es solo que suenen diferente entre sí, es que lo hacen de forma intencionada. O a través de una amplia batería de características materiales, por ejemplo la naturaleza del majuelu o badajo, si de metal, hueso (el mejor es el de tibia de yegua) o asta (el de cuerno de cabra, por su dureza). También es relevante la información que trasladan los marcos, que recorren las distintas escalas identitarias a través de iniciales, apodos, nombres de localidades, que pueden presentarse abreviadas, por ejemplo Z para Cieza o SG para San Sebastián de Garabandal, comarcas o valles. De modo que sí, echar el campanu no era ninguna broma, muy al contrario, era todo un reconocimiento colectivo; el mejor halago.

A mi abuela se lo echaron siendo moza.

Mi abuela, la más guapa. Llevaba un traje que se había hecho con un corte de tela comprado con avellanas de La Mata Guzabreru, en las faldas de Peña Sagra. Lo cosió ella misma en el cuarto del correor o balcón que había dejado vacío su hermano recién casado. Cuando se rompía procuraba dar con una tela parecida para que no se notara que era nuevo. El derroche penalizaba y era considerado derroche todo lo que escapara al frágil equilibrio de una cultura agónica como la montañesa. Fragilidad a la que poco costaba convertirse en delicadeza.

He visto fotos del traje. Era de flores.

Sucesivos trajes de flores.

Dicen que la tierra medra, que va abultando más y más. Pero a mayor velocidad se desgastan los montes. Los montes se desgastan (el viento y la lluvia, las nevadas) mientras las flores siguen brotando.

Una familia de un barrio alto de Silió conserva sus campanos antiguos. Los tienen colgados de una pértiga bien a la vista, pues viendo los campanos estás viendo su cabaña, la valía de la familia. Ni siquiera el más anciano guarda memoria de los más antiguos. Hay uno que presenta por marcu iniciales desconocidas y un jarrón con flores.

¿Qué clase de flores?

Los motivos florales de la antigua cerámica de Galizano, muy fina, que son resultado de empapar en distintos pigmentos líquenes, puñados de hierba, se parecen a hortensias.

Dicen de las hortensias que cobran el color de la tierra donde están plantadas.

La foto de mi abuela es en blanco y negro. Mi abuela, la más guapa, viste traje de flores.

¿Pero qué flores?

En nuestra casa del pueblo, la familiar, no hay hortensias. El poyu de piedra que está a la puerta es la piedra alargada de la antigua cocina reutilizada, la pusiega. Hay en mitad un agujero donde incidía una gotera del alero. El alero marca el límite simbólico de la casa o, por mejor decir, la cortina de agua que cae del alero cuando llueve, que queda inmanente, presentida cuando no llueve: las goteraas (Cabuérniga) o el goterial (Campoo).  Se arregló el tejado y se puso un canalón. Es en este agujero de la antigua pusiega abierto por las gotas de lluvia que escurrían del alero donde partimos las avellanas.

Las avellanas se reparten de una en una, haciendo rondo, no se cuentan.

El racimo de avellanas, unidas por las cazoletas, recibe en Cabuérniga el nombre de cloque, es probable que del latín tardío CLOCCA, “campana”.

Cuando no se quiere hacer ruido se mete hierba en los campanos para amortiguar el sonido. El paisaje montañés también sabe ser silencioso.

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La palabra muruza es montañesa. Significa “conjunto desordenado de cosas por lo general menudas” y en particular “ingredientes”. Es una palabra que carece de vitalidad. Y no por insuficiencia propia, sino debido a la situación de diglosia o depreciación de lo propio (por lo general inducida) que padece el montañés. Lo mismo sucede con el resto de modalidades lingüísticas cántabras. Así, que las esquilas pasen a ser quisquillas cuando se cocinan, los muergos navajas, los muriones caracolillos o que no haya carne de jatu a la venta en las carnicerías son situaciones anómalas provocadas por este problema, la diglosia, cuya solución pasa por el aprecio a lo propio. Y sabido es que no se puede apreciar nada que no se conozca.

El ser humano es en lo que le rodea. La cocina es una forma de ser.

Y de estar, de ahí la expresión cultura del territorio.

Ser y estar son nuestras dos coordenadas vitales básicas. Ningún lugar mejor que éste para empezar.

Las fotografías, todas originales y en blanco y negro, propiedad del autor, aluden al texto, no necesariamente de forma explícita. La relación no es unívoca. Lo mismo sucede con los textos, de redacción fragmentada, cuya ligazón requiere del esfuerzo liviano si bien sostenido del lector. Y como en la cocina, no es obligado seguir receta alguna.

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