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La Insurgencia

Es mucho más peligrosa para el Estado de derecho la condena a La Insurgencia que sus letras. Éstas no atentan más que contra el buen gusto, aquélla contra libertades fundamentales.

Han condenado a 2 años y un día de cárcel, inhabilitación para cargos públicos durante 9 años y una multa de 4800 euros, a 12 jóvenes raperos del colectivo La Insurgencia por letras en las que defienden a los GRAPO y la lucha armada. Podrían ir a prisión, si pierden el recurso, por unas simples letras de canción. Sí, eso son: simples versos de una canción, no un manifiesto terrorista, una carta de extorsión, un insulto a las víctimas del terrorismo o un plan para asesinar al rey.

Así lo entiende una de las juezas que ha votado en contra de la resolución porque piensa que las rimas, por más violentas que sean, no constituyen un delito. Son expresiones artísticas de furia antisistema, agresiva y amenazante, pero excepto estos magistrados, nadie se las toma al pie de la letra. Prueba de ello es que ni sus autores ni sus seguidores se dedican a poner bombas y pegar tiros. Los jueces que les condenan, sin embargo, sí que le han dado un tiro de gracia a la libertad de expresión. Por aclarar: esto es una metáfora, señorías.

También lo es la violencia que han condenado. Es ficticia, inofensiva, impostada. La suya, sin embargo, es real, implacable y dañina. En efecto, es mucho más peligrosa para el Estado de derecho la condena a La Insurgencia que sus letras. Éstas no atentan más que contra el buen gusto, aquélla contra derechos fundamentales. Se priva de la libertad más esencial a quien condena de palabra la explotación, mientras se deja impune al explotador. Por lo mismo, les escandaliza la subversión de un grupo minoritario, pero no el machismo atroz de la música masiva. La violencia no es la de los versos, es la de un Estado que impone la prisión por disentir y denunciar al sistema. 

Porque de eso se trata, de reprimir y silenciar a cualquiera que incomode o señale al orden establecido, en el que se incluyen algunos magistrados que ejercen más como censores, a menudo al servicio de la moral reaccionaria y del autoritarismo del gobierno popular, que como defensores de nuestros derechos. Lo hemos visto con titiriteros, tuiteros y raperos. También con políticos de la oposición y humoristas de izquierdas. Con periodistas y medios críticos (podría contarles algo al respecto). Incluso con quien ondeaba la bandera democrática de la República (no así con quienes llevan la golpista y cantan el Cara al Sol). Terroristas todos.

Ahí están también, los acusados de Alsasua, más de un año en prisión preventiva porque se considera terrorismo un altercado y un conflicto vecinal con las fuerzas de seguridad. Ahora que ETA ha dejado de matar (y mucho antes el GRAPO), hay quien sigue utilizando el terror y a sus víctimas para el control social y la represión política. Desde que la banda armada no asesina, en la Audiencia Nacional los juicios por enaltecimiento y humillación se han disparado (perdón por la reiteración metafórica). Contra ETA, algunos viven mejor.

Y el resto, vivimos peor, porque una sociedad en la que se condena con la cárcel, la opinión y la creación, es más un sistema autoritario que una democracia. Ante eso, sólo cabe la insurgencia.

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