Sobre este blog

Este blog es un espacio de colaboración entre elDiario.es de Castilla-La Mancha (elDiarioclm.es) y el Colegio de Ciencias Políticas y Sociología de Castilla-La Mancha para abordar diversas cuestiones sociales desde la reflexión, el entendimiento y el análisis.

Tu prima no nos representa

Personas por la calle

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En un país en el que hay millones de aficionados metidos a seleccionador nacional de fútbol no es de extrañar que disciplinas como la Sociología tengan tantas dificultades para encontrar su espacio y recibir respeto (o cariño) a nivel social. Al estar centrada en algo tan cotidiano como el comportamiento de las personas en sociedad (y las personas siempre están en sociedad), esta profesión choca con relativa frecuencia con posiciones que, desde el desconocimiento, desprecian su valor, en lo que no es sino una muestra más de “cuñadismo”, es decir, una manifestación de la falaz idea de que cualquiera puede llegar a realizar el mismo trabajo que un sociólogo o que una socióloga por el mero hecho de contar con la experiencia de ser parte de la sociedad que se está estudiando.

Esta creencia, por suerte cada vez menos arraigada, sería el equivalente a pensar que cualquiera puede ser seleccionador nacional de fútbol (o de cualquier otro deporte que no esté tan presente en los medios en estas fechas) si acredita haber visto muchos partidos en televisión o si muestra un carné de futbolista, que parece convertir al practicante, automáticamente, en un experto en la dirección de grupos humanos, en la organización de tácticas y en la multitud de tareas que un entrenador de cualquier deporte debe dominar para alcanzar el éxito. Ser un espectador, incluso uno ávido, no basta. Ser un practicante, incluso uno excelso, tampoco. ¿Sucede algo igual con el estudio de la sociedad? Por supuesto que sí.

La vida en sociedad: entre la complejidad y la inercia

De entrada, podríamos acudir a textos de sociólogos clásicos que aluden, desde hace más de un siglo, al modo en el que, en las sociedades modernas (y mucho más todavía en las nuestras), las personas funcionamos en nuestro día a día con una especie de “piloto automático” que nos lleva a no cuestionarnos prácticamente nada de lo que sucede a nuestro alrededor, especialmente si ese “suceder” no guarda relación con aspectos tecnológicos, sino humanos o sociales. Puede fascinarnos el funcionamiento de un microondas (por ejemplo), pero raramente repararemos en el modo en el que se producen las interacciones en una reunión de vecinos o cuestionaremos la supuesta naturalidad con la que se organiza el trabajo en la fábrica de la que provienen los microondas.

Obviamente, esa inercia con la que nos manejamos en nuestra cotidianidad tiene un componente adaptativo, habida cuenta de que no seríamos capaces de tener que preguntarnos por todo y de encontrar respuestas para todo. Nuestro cerebro, simplemente, utiliza toda una suerte de “atajos” que nos permiten vivir, con mayor o menor solvencia, en un mundo en el que el volumen de información y de estímulos que recibimos a diario resulta sencillamente abrumador.

En ese sentido, no es de extrañar que caigamos tantas veces en los estereotipos o que nuestras formas de pensamiento acaben siendo rígidas o basadas en categorías construidas a partir de pequeños retazos de información (una vestimenta, un peinado, un determinado tatuaje), que se convierten en indicios para hacernos una idea, siquiera aproximada, de “con quién estamos tratando” en cada momento. Necesitamos simplificar la realidad para hacerla asequible.

El problema viene cuando intentamos convertir esas simplificaciones, esos pequeños fragmentos de información, brochazos en el dibujo de la realidad circundante, en categorías universales, sobre las que pontificamos apoyados en la barra del bar de la esquina o sentados a la mesa familiar un domingo cualquiera. Ese ejercicio, pasar de los casos particulares a la “ciencia social”, suele devenir desastre si lo que se pretende es obtener una mirada completa (o una explicación) sobre la realidad social y no solo un catálogo más o menos pintoresco de casos y situaciones concretas. Así, “la situación laboral de los jóvenes” se convierte en “tu prima Marimar ha sacado una oposición” (con el recurrente correlato de “¿tú por qué no estudias una oposición?”), el fenómeno de las migraciones internacionales pasa a “en clase de Carlitos hay un niño chino”, o la situación económica nacional se resuelve con un “en el Telediario ha salido una mujer diciendo que no iba a comprar langostinos esta Navidad”. La inmediatez y la frenética velocidad que caracteriza a la sociedad contemporánea se mezclan (no nos engañemos) con una cierta pereza para la reflexión y con una feliz autocomplacencia que nos lleva a encajar todos los fenómenos en un esquema mental previamente configurado: tenemos una línea de pensamiento y, simplemente, la utilizamos para encajar en ella todo lo que vemos a nuestro alrededor. Obviamente, esto nos devuelve a la casilla de salida de la inercia con la que vivimos nuestra existencia en sociedad y, de paso, nos dificulta avanzar en una mejor comprensión (por no hablar ya de la solución) de los problemas que nos rodean.

Amplía tu mirada: aprende Sociología

Desde luego, hay todo un conjunto de factores que ayudarían a explicar el éxito de nuestra querida prima Marimar. Los inmigrantes no se distribuyen de manera homogénea en todos los colegios y la señora que sale en el informativo no tiene por qué ser representativa del conjunto de consumidores y consumidoras que preparan las compras navideñas. Mirar a nuestro alrededor y tener conocimiento de los casos individuales es algo indudablemente valioso, pero siempre necesitamos dar un paso más y conectar esas situaciones particulares con elementos sociales (económicos, históricos, culturales, políticos, etc.) para llegar a analizar y comprender en profundidad los fenómenos.

Es necesario entender (oh, sorpresa) que no todo el mundo es como nosotros y que no todos los contextos son como nuestro entorno más inmediato, que quizás sea, de hecho, incluso poco “normal” en términos estadísticos. Ese ejercicio de enhebrar las vidas individuales en un flujo social más amplio es, precisamente, el objeto de trabajo de la Sociología y, como en el caso del entrenador deportivo más o menos vilipendiado, consiste en un trabajo que requiere más que un somero conocimiento de lo que hace nuestra prima (o la prima de cualquier otro) en su día a día en sociedad.

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