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Y ahora, ¿quién es el que no entiende fronteras?

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Susana Jiménez

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“Llegué, abrí la puerta y me dejé caer tras de ella, como gota de lluvia en el cristal. La respiración aún agitada comenzaba poco a poco a pausarse ¡Qué sensación! ¿Verdad? Salir a comprar después de más de veinte minutos de preparación de vestimenta entre guantes, mascarillas y demás.

El sentimiento de vacío en el exterior es inmenso. Calles desiertas, personas aisladas que quizás conoces y apenas puedes saludar detrás de tu disfraz. Agobio, sí, agobio de vacío y soledad, ahí donde antes habitaba a sus anchas el ruido, el bullicio y el guirigay de nuestras gentes, ahora solo queda eso, vacío.

Pero estaba en casa, casa, casa... Entonces me vino su imagen, varada  en aquel primer día que lo conocí. Halim no tiene más de once años, y ya lleva más guerras que yo”

Mi nombre es Susana Jiménez, trabajadora social en Fundación Cepaim Ciudad Real, dentro del Programa para Solicitantes y Beneficiarios de Protección Internacional.

Hasta hace varias semanas, momento en que se desatara toda esta crisis sanitaria (que más tarde pasaré a llamar “crisis socio-sanitaria”) nuestro país acogía diariamente a personas de diferentes nacionalidades, muchas de ellas familias con menores, que huyendo de sus países de origen llegaban al nuestro en busca de algo tan esencial y fundamental en el ser humano como es la “Seguridad” y la “Protección”, recogidos tanto en la Declaración Universal de los Derechos Humanos como en la Constitución Española.

Huidas motivadas por el dolor y la angustia de países en guerra como Somalia, República Centro Africana, Siria… Países donde ser mujer puede no ser un orgullo sino una persecución; Gambia, Nigeria, Camerún… Nadie abandona su país, sus raíces, su cultura, su familia, sin dolor. Todo eso no cabe en una maleta. Pero finalmente se hace, y tras periplos largos, en ocasiones, se llega a España.

Es el caso de Halim, once años, origen sirio. Llegas a España tras ese peregrinaje del que hablábamos y te encuentras con un país en pleno caos, confusión, desorden... miedo.

“Apenas entiendo que está pasando. Mi madre y mi padre intentan hablar cuando yo no estoy. En la televisión siempre salen las mismas imágenes de personas vestidas de blanco, parecen astronautas, pero en ocasiones médicos. Me siento confuso, no entiendo nada, el español es muy difícil, hablan muy fuerte. ¿Qué está pasando? Mamá me dice que no puedo salir a la calle, tenemos que permanecer en casa, bueno, lo que ahora llamamos casa (vivimos con otra familia que tampoco entiendo porque hablan diferente).

¿Esto es España?

Me asomo a la ventana. Todo está vacío. ¿Esto es España? ¿La gente vive encerrada sin salir de sus casas? No puedo más, pregunto a mamá qu-e está pasando. Ella me explica que en todo el mundo hay un bichito, virus, lo llaman, que hace enfermar a las personas. Para protegernos tenemos que quedarnos en casa. Así todo pasará cuanto antes y podremos salir a la calle y conocer este país del que tanto nos habían hablado. La cabeza me pesa demasiado. Antes tuvimos que salir de casa casi sin apenas coger nada (solo pude coger el peluche que me regaló el abuelo) y ahora me dicen que tengo que quedarme aquí encerrado”.

Por suerte Halim es un personaje inventado. Por desgracia es una historia que con otros nombres ocurre en estos momentos en nuestro país.

Estamos ante una guerra que no entiende de fronteras, ideologías, culturas, economías... Se está cobrando vidas por medio mundo, al mismo tiempo que debilita al máximo los sistemas sanitarios de países como el nuestro. Crisis sanitaria de la mano de crisis social.

No ha habido otro momento más importante de “Emergencia Social” en el que la figura del trabajador social no esté siendo más imprescindible que nunca. Y es que, en el caos (como leía en el artículo de la compañera, Raquel Hornero) el trabajo social orienta, informa, coordina situaciones básicas de supervivencia, gestiona recursos sociales, económicos, comunitarios; generando redes de apoyo para contribuir al objetivo común, superar este momento.

Es ahora cuando más fuerza debemos hacer por darle a nuestra profesión la importancia del reconocimiento de espacios en los que es URGENTE estar presentes, como son las residencias de mayores, donde tanto se está ensañando este virus; servicios como el SEPAP; espacios como el PLATECAM.

Valorar mucho más el trabajo social sanitario y fomentar una coordinación fluida con la Atención Primaria en Servicios Sociales; valorar más el trabajo social en el tercer sector con centros socio-sanitarios como son los Centros de Menores, Casas de Acogida a Mujeres Víctimas de Violencia de Género; improvisados espacios de Acogida a Personas Sin Hogar… Centros de Protección Internacional donde menores como Halim necesitan de apoyos a la acogida de su familia, para así entender mejor esta situación. En definitiva, normalizar y paliar los actuales y futuros impactos que esta crisis socio-sanitaria está causando en la vida de todos.

Al final habrá una vacuna que sane nuestros cuerpos y superaremos más pronto que tarde esta crisis sanitaria. Pero ante la crisis social más dura, la que aún está por llegar, no hay mejor vacuna que el trabajo social.

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Publicado el
27 de abril de 2020 - 19:00 h

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