Cruzadas low cost: cuando los integristas siempre son “los otros”
Nos han contado que la guerra contra Irán es para frenar a unos fanáticos religiosos que mezclan Dios y política. Tranquilos: en Washington solo mezclan Dios, política… y misiles de precisión.
Aunque no lo parezca, Castilla-La Mancha vuelve a salir de campaña militar sin ni siquiera haber sido consultada. Soldados de la región, factura energética al alza y tertulianos patrióticos explicándonos desde Madrid que todo esto va de frenar el “integrismo islámico” de Irán. Al otro lado, claro, estaría el bando de la razón, la democracia y la moderación, el de un presidente rodeado de pastores en el Despacho Oval, manos apoyadas solemnemente sobre su americana azul mientras le piden a Dios que bendiga la Operación Furia Épica contra el “eje del Mal”. La diferencia entre la república islámica y la república cristiana, por lo visto, es que unos llevan turbante y los otros llevan corbata.
No hablamos solo de una anécdota pintoresca, de esas que nos ponen al final del telediario para que nos riamos de los yanquis. El vídeo de los pastores imponiendo las manos a Trump lo han difundido altos cargos de la Casa Blanca como si fuera un tráiler de Hollywood: “Vea al líder del mundo libre rezando antes de bombardear”. Y mientras en Teherán los mulás sermonean sobre la voluntad de Alá, en los cuarteles estadounidenses oficiales explican a las tropas que la guerra es “parte del plan divino para desencadenar el Armagedón” y que el comandante en jefe ha sido “ungido por Jesús para encender la chispa en Irán”. Integrismo islámico, integrismo cristiano… pero solo uno lleva la etiqueta de amenaza global, el otro viene envuelto en la bandera de las barras y estrellas y se vende como defensa de la libertad.
Los ciudadanos de Castilla-La Mancha estamos acostumbrados a escuchar grandes palabras en boca de los dirigentes: democracia, libertad, seguridad, 'valores de Occidente'
Se acusa a Irán de ser una “república islámica” donde el poder político se subordina a una teología, se persigue a disidentes y minorías y se justifica la violencia en nombre de Dios. Es cierto. Pero es difícil no ver un inquietante aire de semejante cuando los propios comandantes de la primera potencia militar del mundo explican a sus tropas que la guerra es parte de un guion bíblico y que el presidente ha sido elegido por Cristo para precipitar el fin de los tiempos. Integrismo es, precisamente, eso: convertir la fe en programa de gobierno, el texto sagrado en plan estratégico y la salvación del alma en hoja de ruta para los misiles.
Los ciudadanos de Castilla-La Mancha estamos acostumbrados a escuchar grandes palabras en boca de los dirigentes: democracia, libertad, seguridad, “valores de Occidente”. Pero cuesta conciliar esos valores con un proyecto político que, como el que se ha ido articulando alrededor de Trump, intenta desmontar la separación entre Iglesia y Estado y rellenar el aparato federal de Estados Unidos con cuadros del llamado nacionalismo cristiano. A Irán se le reprocha que sea una teocracia; en Washington, se redactan manuales para “devolver el gobierno a los principios bíblicos” y se crea una Oficina de Fe desde la que pastores y activistas religiosos influyen en políticas de derechos civiles, educación, inmigración o género.
La guerra contra Irán no se vende ya solo como defensa de intereses geopolíticos o de rutas energéticas. Se envuelve en un relato espiritual: batalla del Bien contra el Mal, libertad religiosa contra fanatismo, Occidente cristiano frente a Oriente islámico. La etiqueta militar 'Operación Furia Épica' podría parecer un exceso de marketing bélico, si no estuviera acompañada por oraciones en el Despacho Oval y reuniones donde se cita el Libro de la Revelación para explicar a soldados de 20 años que forman parte del Apocalipsis.
Los ciudadanos de esta tierra, que han visto cómo se recortaban servicios públicos en nombre de la austeridad y ahora soportan el coste de crisis encadenadas, tienen derecho a sospechar de quienes hablan de Dios cada vez que van a mandar a otros a morir
Desde La Roda, Alcázar o Talavera esto puede sonar remoto, pero no lo es. Esa retórica de guerra santa alimenta a su vez a los integrismos que se nos presentan como enemigos: cada bomba “bendecida” desde Washington es combustible para los predicadores que en Teherán dirán que Occidente es una cruzada cristiana contra el islam. No se trata de repartir culpas equidistantes, sino de entender que el fanatismo no es un monopolio oriental y que la instrumentalización de la fe para justificar la violencia es una tentación muy humana, también cuando se viste de traje, corbata y bandera de barras y estrellas.
Para Castilla-La Mancha, la pregunta no es solo si esta guerra es justa, sino qué modelo de mundo consolida. Si aceptamos sin pestañear la idea de que “los nuestros” pueden mezclar púlpito y Estado porque “somos democracias”, ¿con qué autoridad moral exigiremos luego laicidad y derechos humanos a otros? Si normalizamos que se bendigan decisiones militares en nombre de un Dios nacional, ¿con qué fuerza defenderemos aquí un Estado aconfesional donde el gobierno de la Junta no se arrodille ante ninguna sotana ni crucifijo antes de aprobar un presupuesto sanitario?
Los ciudadanos de esta tierra, que han visto cómo se recortaban servicios públicos en nombre de la austeridad y ahora soportan el coste de crisis encadenadas, tienen derecho a sospechar de quienes hablan de Dios cada vez que van a mandar a otros a morir. Y tienen el deber cívico de hacerse una pregunta incómoda: cuando escuchamos a Trump y a sus pastores señalar el integrismo islámico de Irán, ¿estamos mirando por una ventana o por un espejo?
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