28 de mayo de 1900: eclipsófilos en la raña de Hontanar
Los eclipses nos atraen y nos maravillan. Así ha sido desde el principio de los tiempos. Ese súbito oscurecimiento del sol causaba terror en algunas civilizaciones antiguas. Otras, lo consideraban augurios e intentaban interpretar sus señales.
Conforme el conocimiento fue dando respuestas a este inusual fenómeno, el interés científico sobre ellos fue ganando terreno, desterrando misterios y supersticiones. Hay quien dice que nuestra atracción por los eclipses se debe a que activa circuitos cerebrales relacionados con el asombro, la curiosidad, la inmensidad del universo o la ruptura con las rutinas.
Sea verdad o no, lo cierto es que la observación de un eclipse solar no se olvida nunca. Como no lo olvidaron quienes el 28 de mayo de 1900 vivieron otro, que tuvo la provincia de Toledo como lugar privilegiado para observarlo. Cuando ahora se repite este singular fenómeno astronómico, esta es la crónica de unos eclipsófilos toledanos de antaño en la Raña de Hontanar.
El eclipse de sol de 1900 fue el primero de una secuencia que se repetiría en 1905 y 1912. La zona óptima para observarlo fue una amplia banda que recorría oblicuamente la Península de este a oeste, desde las provincias de Murcia a Zamora. Toledo se encontraba en un lugar ideal para ello, sobre todo la Mancha y los Montes de Toledo.
En los días previos, el catedrático del Instituto Provincial, Luis de Hoyos Sainz, confeccionó una hoja divulgativa dando detalles del fenómeno y una serie de consideraciones técnicas para disfrutar su observación. Tendría lugar entre las 3:52 y las 3:55 de la tarde.
Decía que para verlo, podrían utilizarse anteojos o telescopios, reforzados con vidrios de color verde o negro, mientras el eclipse no fuese total. Daba consejos técnicos sobre cómo dibujar o fotografiar el fenómeno, advirtiendo, además, de cambios en la temperatura y presión atmosférica. En las páginas del semanario La Campana Gorda se publicó un diagrama con la evolución del tránsito del sol por los pueblos toledanos durante el fenómeno.
En el Colegio de Huérfanos de María Cristina, el capitán Antonio Escribano también ilustró a sus compañeros y alumnos con una conferencia sobre el próximo eclipse.
Llegado el día 28, un grupo de profesores del Instituto, dibujantes, militares, fotógrafos y curiosos se trasladó a la localidad de Navahermosa para observar el eclipse. Era la única comisión científica organizada en la provincia. Las oficiales, preparadas por el Observatorio Astronómico de Madrid y el Observatorio de San Fernando fueron a Plasencia y a Elche, respectivamente. Sus detallados trabajos fueron un espaldarazo para el desarrollo de la astronomía en nuestro país, destacando el esfuerzo económico realizado para adquirir modernos telescopios.
Ya en Navahermosa, los eclipsófilos toledanos se dirigieron a la Raña de Hontanar, a unos seis kilómetros. Montaron su campamento junto a la caseta de camineros del kilómetro 56 de la carretera de Navalpino. El lugar era ideal, pues estaba situado en la misma línea central del cono de sombra total y con horizonte despejado. Montaron tres anteojos, uno de ellos telescópico; tres cronómetros, uno con mediciones de medio segundo; tres cámaras fotográficas, una con teleobjetivo; dos barómetros y un doble juego de termómetros; una brújula y otros elementos accesorios.
Dotados de tan específico material, durante los ochenta segundos que duró el eclipse recogieron numerosos datos. Al margen de las anotaciones científicas y técnicas, una de las más llamativas fue que, durante el periodo de oscuridad total, los pétalos de las flores de jara se cerraron, para volver a abrirse al regresar la luz. Sus observaciones se complementaron luego con otras remitidas por alcaldes, médicos, maestros y vecinos de localidades como Almonacid, Guadamur, El Toboso o La Puebla de Almoradiel.
Los eclipsófilos, como fueron llamados en la prensa de la época, quedaron inmortalizados en varias fotografías realizadas por Lucas Fraile, reconocido fotógrafo local cuyo estudio estaba en la plaza de Zocodover.
Las impresiones de Julián Besteiro
Uno de los participantes en la excursión fue el catedrático Julián Besteiro, quien por entonces impartía clases de Psicología, Lógica y Ética en el Instituto Provincial toledano. Días después, en las páginas del semanario republicano La Idea publicó un poético artículo compartiendo sus sensaciones durante el eclipse:
“Cuando se acercó el momento del eclipse —decía—, los observadores ocuparon sus puestos, los campesinos se fueron agrupando al borde de la carretera y, bajo un sombrado, se resguardaban algunos excursionistas de Toledo, Navahermosa y Guadamur. Durante largo tiempo después de verificado el primer contacto, nadie hubiera podido, a simple vista, darse cuenta del combate empeñado en el ciclo entre la luz y las tinieblas. El sol deslumbraba; pero cuando la mayor parte de su disco se ocultó tras la luna, empezó la Tierra a sentir los efectos del extraordinario fenómeno. Disminuyó la luz; un viento helado recorrió la llanura y la naturaleza toda pareció agitarse en un estremecimiento de terror. Allá, en el límite del horizonte, hacia la sierra de Gredos, iluminó el cielo una claridad de aurora mientras las tinieblas se extendían por la bóveda inmensa donde empezaron a brillar algunas estrellas, Marte y Venus, principales testigos del combate”.
“La grandeza del fenómeno —continuaba— se impuso a todos los seres: los álamos inclinaron sus hojas hacia el suelo; cesaron los juegos de los niños, los comentarios de las mujeres y las discusiones de los hombres, y en aquel silencio profundo, verdaderamente religioso, no se oía ni el piar de un pájaro, ni el zumbido de un insecto. Las figuras humanas, inmóviles y mudas, envueltas en una tenue nube blanquecina, parecían fantasmas de otros mundos a punto de elevarse a las alturas donde brillaba la luz de las estrellas y el sol ostentaba, como símbolo de su poder invencible en la totalidad del eclipse, resplandeciente corona de luz anaranjada. Tras breves instantes, los rayos del sol volvieron a acariciar la superficie de nuestro planeta. Reanudaron lentamente los seres vivos sus suspendidos movimientos; los hombres se comunicaron en admiración; pero las huellas de aquella suspensión momentánea de la actividad tardaron en borrarse por completo, como tardan en desaparecer las imágenes de los ensueños”.
Julián Besteiro firmó estas palabras con el seudónimo de 'Luis Lambert', que él utilizaba en esos años para publicar poesías, artículos e incluso divertimientos teatrales en la prensa toledana.
Excursión a Mazarambroz: seis pesetas
La excursión relatada no fue la única que partió de la ciudad de Toledo para observar el eclipse. Desde el semanario La Campana Gorda se organizó otra a la mina 'La Feliz', en el término de Mazarambroz. El precio que abonaron quienes se apuntaron a ella fue de seis pesetas. Incluía transporte, tres raciones de fiambres, tres postres, pan de Viena y media botella de vino por persona. Las inscripciones se formalizaron en la portería del Centro de Artistas e Industriales, el Casino.
Instalados en un ripert (vehículo tipo ómnibus tirado por caballos), una veintena de excursionistas partieron a las once y cuarto de la mañana desde la plaza de Zocodover. Al llegar a la finca 'La Higueruela' en Mazarambroz, montaron un rudimentario observatorio. A la espera del eclipse, dieron cuenta de la comida que llevaban. Cuando comenzó este, provistos de cristales ahumados, gemelos y gafas especiales, procedieron a su observación, tirándose algunos de los presentes al suelo para mayor comodidad. Al cubrirse totalmente el disco solar, sintieron “una impresión imposible de describir; una especie de escalofrío”, propiciando un espectáculo maravilloso y solemne. En la crónica de la excursión se decía que desde diez minutos antes del fenómeno, todas las palomas que había por allí se recogieron en su palomar.
Desde su campamento, los excursionistas observaron a centenares de personas en la cercana sierra de Layos. Y apuntaron que, tras el eclipse, el camino desde la carretera de Piedrabuena a la mina 'La Feliz' parecía una romería.
Además de estas, en la prensa local también hubo referencias a otras excursiones a Casasbuensas y al Cerro de los Hurones, en Robledo del Mazo.
En la ciudad de Toledo, paseos, plazas, azoteas y las torres de las iglesias estuvieron atestados. Pero quienes las copaban tuvieron menos suerte que los excursionistas a Hontanar o Mazarambroz. En la capital, el eclipse no fue total, aunque pocos se percataron de ello. Faltó una milésima de su diámetro para ser completo. La temperatura tuvo una oscilación brusca: de 33 a 21,8 grados.
La prensa resaltaba que las hojas de las acacias y de las higueras languidecieron momentáneamente; que desaparecieron los pájaros, mientras los vencejos, desorientados, buscaban refugio en los muros y los murciélagos salían de sus guaridas.
Mientras esto ocurría dentro de las murallas toledanas, en las ventas de los alrededores menudearon las meriendas y jolgorios, de modo que algunos de los asistentes a ellas regresaron a casa completamente 'eclipsados', resaltaban en La Campana Gorda.
Menú especial en Alcázar de San Juan
Justo al límite de la provincia de Toledo, la localidad ciudadrealeña de Alcázar de San Juan fue otro de los lugares fetén para observar el eclipse. Desde las siete de la mañana se habían habilitado trenes desde Madrid, con precio reducido. En la estación de ferrocarril se concentró un gentío enorme. Hasta 5.000 personas, según algunas crónicas.
Para atenderles, el propietario de la fonda preparó un menú especial al precio de 1,50 pesetas el cubierto. La comanda se componía de los siguientes platos: sopa, un frito, merluza en salsa, pollo con arroz a la valenciana, pan, vino y postres.
Un colaborador de La Campana Gorda, que firmó su crónica como 'Yak de York', fue uno de los centenares que degustó ese menú. Y, luego, provisto de cristales ahumados, presenció el fenómeno desde uno de los cerros cercanos a la población:
“El calor que hasta entonces era abrasador fue disminuyendo; poco después el sol tomó un color amarillento, el cual no calentaba. Eran las 3 y 53 minutos; el maravilloso fenómeno iba a llegar a su totalidad. Ya pude mirar sin cristal; los rayos del sol no dañaban, vi el anillo de la luna rodeado por un resplandor poco intenso. El momento supremo llegó […] Un griterío inmenso se oyó; era la emoción que causó a los espectadores ver al astro rey oscurecido. Un minuto y diez segundos llegó a durar la oscuridad […] ¿Por qué no habrá durado lo menos una hora tan sorprendente maravilla?”.
Una semana después del fenómeno, en las páginas del semanario Nuevo Mundo se publicó una ilustración de una pareja viendo el eclipse desde el Cerro de los Molinos del Alcázar.
Y en La Ilustración Española y Americana se insertó un grabado de la observación realizada en Argamasilla de Alba por un grupo de mujeres llegadas desde Madrid en tren.
Y si antes recordábamos el artículo donde Julián Besteiro plasmó sus sensaciones del eclipse, cerramos esta crónica con los versos que otro singular toledano de aquel tiempo, Ventura F. López, conocido popularmente como 'el cura loco', escribió ese 28 de mayo de 1900:
En lo alto brilla el sol… ¿Más que sucede
que la tierra se cubre de tristeza?
El monte, el llano, el río, con presteza,
ante el avance de la sombra, cede.
Suspenso el hombre está, y apenas puede
contener su clamor naturaleza;
gira el ave, el toro alza su cabeza
y el potro en su carrera al viento excede.
Pálido quedó el sol, tornose oscuro,
el cielo alumbran fúnebres centellas,
y muévese el océano inseguro.
Y nacen en las sombras las estrellas.
¿El sol se apagó ya?... ¡No, qué más puro,
rasgándolas, salió triunfante de ellas!
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