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Eduardo Lozano, dos años ingresado por culpa de la COVID-19: “Me da miedo volver a casa”

Eduardo Lozano entra al recinto hospitalario Duran y Reinals con su andador

Pau Rodríguez


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“He estado en la 639, la 656, la 670 y pico, la 500 y algo… En media docena”, enumera de memoria Eduardo Lozano, mientras accede, con ayuda de su andador, al interior de las instalaciones del hospital sociosanitario Duran y Reynals en l'Hospitalet de Llobregat. Con esos números, este taxista barcelonés de 60 años se refiere a las habitaciones por las que ha pasado, como quien se muda de piso, en los últimos meses. Fue el 22 de marzo de 2020 cuando ingresó en una UCI por culpa de ese coronavirus que obligó a confinar a toda la población. Hoy, más de dos años después, todavía no le han dado el alta. 

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Pero ahora ya es cuestión de días, explica, sentado en una silla en el jardín que rodea el centro: “Todos me preguntan qué haré cuando salga, pero no lo he pensado, porque no pensé que iba a salir de esta”. 

Lozano pasó inicialmente dos meses intubado en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de Bellvitge por culpa de una neumonía bilateral causada por la COVID-19. Durante ese tiempo, sufrió dos paradas cardiorrespiratorias. Su cuerpo todavía guarda muestras de ese periplo: en la cara, las cicatrices que le dejó la mascarilla de oxígeno todavía le atraviesan las mejillas; en cada rodilla, las úlceras que le salieron por estar tanto tiempo tumbado boca abajo, en coma.

Taxista de profesión, sin pareja ni hijos, Lozano recuerda que fueron sus amigos quienes en marzo de 2020 le recomendaron llamar a Urgencias cuando él les dijo que no se encontraba bien. “El día anterior había trabajado normal, aunque me sentía chafado. Pero pensé que era un resfriado. Al día siguiente ya tenía fiebre y dolor al respirar”, explica. Acabó llamando al 112 y una ambulancia se lo llevó hasta el hospital, donde al cabo de poco fue trasladado a la UCI. De esos 60 días intubado y en coma solo recuerda lo que le contaron los amigos que le iban a visitar, como lo de los paros cardíacos. “Eso me lo dijeron casi un año después, para no hundirme”, recuerda este hombre. 

Al despertar del coma, no podía hablar, porque le habían tenido que hacer una traqueotomía. “Una enfermera me traía un cartel con letras para que las señalase y así hacerme entender, pero es que ni siquiera podía mover los brazos”, explica. 

Ya más estable, desde Bellvitge fue trasladado al sociosanitario que durante estos dos años se ha convertido en su casa. “El fisioterapeuta me dijo al principio que en tres o cuatro meses saldría. Y yo le dije que no tenía prisa, porque nadie me esperaba fuera”, cuenta. Al final, habrán sido 24 meses, que han incluido dos fines de año, dos cumpleaños y hasta siete confinamientos en su habitación por culpa de brotes de COVID-19 en el centro. “Muchas noches he llorado de dolor o de pena”, dice.

El ingreso de Eduardo Lozano se ha prolongado durante dos años y algunos días más por lo que se conoce como la miopatía del paciente crítico, es decir, por todas las complicaciones que desarrollan los pacientes que permanecen durante mucho tiempo en una UCI. La más evidente, la pérdida de toda la masa muscular. “A nivel funcional, es como empezar de nuevo”, describía este jueves la supervisora de enfermería de su planta, Irene Pastor. 

Cada mañana, durante todo este tiempo, Lozano se ha sometido a rehabilitación, los primeros meses en la habitación y más recientemente en el gimnasio. Luego por la tarde, terapia ocupacional, que consiste en recuperar la motricidad de los brazos y las manos. Pero durante este largo proceso también ha padecido altibajos. La semana después de conseguir andar por primera vez a lo largo de quince metros, explica, sufrió el peor retroceso. “Al dormir con las piernas encogidas en la cama, un día de pronto no pude estirarlas. No sabían qué me había pasado, pero no podía. Entonces me di cuenta de que lo de la semana anterior había sido un espejismo”, rememora. Fue en verano de 2020.

Tras tanto tiempo en el hospital, Lozano ha trabado amistad con numerosos pacientes, con los que sigue en contacto pese a que les hayan dado el alta, y le conocen todos los sanitarios, con quienes se deshace en elogios. “Se ha sido muy injusto con ellos. Han estado en primera línea y a veces nos olvidamos que también ellos tienen familia; que cuando salen de aquí se quitan su disfraz y se van a casa y pueden contagiar a sus parejas o hijos”, expresa. 

Lozano tiene marcadas en la memoria muchas de sus jornadas en este sociosanitario. Entre ellas, la primera vez que salió del centro, en silla de ruedas, para que le llevasen a hacer un TAC en el hospital. Era diciembre de 2020. “Le dije al conductor si podía ir un poco más despacio a ver si podía ver el mundo”, rememora. Dos meses después, en febrero de 2021, salió por primera vez a dar un paseo con andador por el jardín, junto a un amigo y su perro. 

Casi al término de su viacrucis hospitalario, parecería que este hombre, risueño y hablador, afronta con alegría sus últimos días en el centro. Pero reconoce que en realidad tiene miedo de volver a casa. Porque esto supone dejar un hogar que ya se había hecho suyo. Con sus rutinas y sus compañías. “Como me he acostumbrado a estar aquí, me gustaría que me dejasen más tiempo. Pero no sé si me recuperaría más o mejor”, arranca. “Me da temor, porque no tengo a nadie que me espere en casa, no tengo familia ni hijos, y claro, es volver a estar solo prácticamente”, continúa. “Aquí, cada dos por tres entra alguien a dar la tabarra, no estás mucho rato solo”, se sincera. Lo echará de menos.

Tampoco puede volver al taxi, puesto que le han dado ya la incapacidad absoluta. La licencia del vehículo la tiene a la venta. “No creo que pueda trabajar de nada, la verdad”, comenta. Tampoco se ve en forma, dice, como para recuperar una de las pasiones de su vida, que es viajar.

¿Qué planes tiene entonces? “Vivir”.  

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