La guerra de Ucrania ahoga el turismo en la Costa Daurada: “No queremos que se nos relacione con Rusia”
La Costa Daurada (Tarragona) es de esas zonas que están pensadas para el turismo. Cualquier día de temporada alta se oye la música mientras bailan las luces de los restaurantes, con cartas en cualquier idioma imaginable. Todo son turistas tostados al sol, souvenirs y colchonetas inflables. Pero esta orgía de color se desvanece en temporada baja. Las calles se quedan desiertas, los negocios cierran y cuesta encontrar gente por la calle, para que todo vuelva a hervir en verano. Este era el trato y, hasta la pandemia, se respetaba. Pero durante la Covid todos los días eran temporada baja.
Dos años después, el sector mira con esperanza este verano, que podría ser el primero de la 'nueva normalidad'. Pero no lo será para zonas como la Costa Daurada, que vive en gran medida del turismo ruso. Según datos de la Agencia Catalana de Turismo (ACT), en 2019 llegaron cerca de medio millón de rusos a esta zona del levante catalán, sobre todo a los municipios de Cambrils, Salou y La Pineda. Especialmente a este último que, ocupando a penas 21,6 kilómetros cuadrados, es la población que más rusos recibe de toda España. Así, La Pineda, a los dos años de sequía turística por el Covid, este verano deberá sumar la ausencia de su principal cliente debido a la guerra entre Rusia y Ucrania.
Esto ha causado graves alteraciones en la zona y muchas de las persianas cerradas por temporada baja se encuentran coronadas por carteles de 'Se Vende'. “Los negocios aguantaron con la esperanza que la pandemia no durase. Todos pensábamos que este verano sería el bueno, pero ante la guerra, hay muchos que se han rendido definitivamente”, explica Evelyna. Ella es de Armenia y llegó a La Pineda hace 12 años, donde regenta una peluquería desde hace cinco. Su principal clientela es rusa, tanto la que vive en la localidad como la que sólo viene de vacaciones. De hecho, el suyo es uno de los muchos negocios que, además de en castellano, tiene el cartel y la rotulación en cirílico.
Evelyna tiene un local pequeño, donde apenas caben tres clientas, pero entre los tintes y secadores acumula una biblioteca de más de 100 libros, todos escritos en ruso. “Los clientes me los traen. Muchos compran libros mientras están aquí de vacaciones y, en lugar de llevárselos a casa, me los dejan a mí. Están ahí para quien los quiera”, dice la peluquera que, aunque asegura que atiende a gente de muchas nacionalidades, los rusos son “especiales porque dejan mucho dinero. No solo es que sean más adinerados que el resto, sino que les gusta gastar y eso lo sabe cualquiera”, asegura.
Según datos de la Agencia Catalana de Turismo, el ruso alarga sus vacaciones tres días respecto al resto de visitantes extranjeros y deja en Catalunya 550 euros más de media durante sus vacaciones. Es por eso que, ante su ausencia, el negocio “va regular. Somos de los pocos que abren todo el año, pero es que no nos queda otra que aguantar. Aunque, si este año no vuelven los rusos, no sé qué vamos a hacer”, dice Evelyna.
Precisamente para atacar esta incertidumbre y, conscientes del peso del turismo ruso en la zona, la Generalitat de Catalunya, a través de la ACT, ha iniciado una campaña con Turespaña, valorada en 300.000 euros, para promocionar la Costa Daurada entre otras nacionalidades. Se trata de una estrategia online en colaboración con las plataformas TripAdvisor y Expedia para que hagan “discriminación positiva” con el mercado francés, inglés, irlandés, holandés y belga. “Estamos en una situación muy complicada por a la inestabilidad derivada de la invasión rusa y tenemos que apoyar al sector”, asegura Narcís Ferrer, director de la ACT.
Pero, a la incerteza de si los rusos podrán volver, se suma también la duda de si querrán. “No sabemos cómo acabará esto. Aquí vemos que empieza a surgir rusofobia, pero ¿qué pensarán los rusos de nosotros? ¿Querrán volver a occidente? ¿Podrán, económicamente?, se pregunta Xavier Guardià, portavoz de la Federación Empresarial de Hostelería y Turismo de Tarragona.
Una rusofobia creciente
El peso del visitante ruso no ha dejado de crecer desde el 2011, cuando lideró por primera vez el turismo foráneo en la Costa Daurada. Y muchos de los que empezaron a venir de visita en aquel entonces, acabaron quedándose. Una de ellos es Helena, que hace más de 10 años que vive en Salou y es clienta habitual de la peluquería de Evelyna. “Nos encanta el sol, la playa y el clima, pero lo que más nos gusta es que en esta zona hay muchísimos rusos”, dice. Vino de turismo con su marido y se enamoró de la ciudad, tanto que decidió instalarse mientras su marido sigue trabajando en Rusia, a la espera de reunirse con ella cuando se jubile. “Aún le quedan unos años, pero viene a verme con mi nieto en verano, semana santa y noche vieja”, dice Helena.
Pero ahora hace dos años que no les ve. “Podíamos aceptar que la pandemia nos alejara de los nuestros, porque era una cuestión sanitaria. Pero esta guerra es un sinsentido. Estoy desolada porque les echo de menos, pero también porque aquí las cosas se están enrareciendo”, asegura. Además de rusos, en la zona también viven personas de otros países del este, entre ellos diversos ucranianos. “Las cosas de la política nos dan igual. Intentamos seguir llevándonos bien, pero las cosas no son como antes”, reconoce Helena. Y es que ya hay vecinos y negocios que han empezado a notar problemas. Uno de ellos es la tienda de ropa que regenta Olina, en el centro de La Pineda. Ella llegó como turista hace 9 años y se enamoró de su ahora marido, también ruso, que ya vivía aquí. La pandemia hizo estragos en su tienda, pero la guerra le está trayendo problemas que van más allá de lo económico.
Al preguntarle si le podíamos hacer una fotografía, contesta: “Sólo si no ponéis que soy rusa. Ya hay personas españolas que se niegan a entrar cuando saben de dónde soy o cuando ven que entran clientas rusas. Esto que está pasando nos va a traer muchos problemas”, dice Olina, que evita usar la palabra guerra o conflicto. En la misma línea se expresan otros comerciantes que, aunque sí han accedido a aparecer en las fotografías, no quieren que se les vea la cara. Para conocer el alcance de los problemas derivados de esta situación, elDiario.es se puso en contacto con la Asociación Cultural Rusa Dostoyevski, afincada en Salou, pero “no estamos respondiendo a medios”, dijeron.
Tampoco contestan los hoteles. Ninguno de los cuatro a los que se contactó para este reportaje respondió a las preguntas. “Es normal que no hablen. Con la rusofobia creciente que hay, decir que hospedan sobre todo a rusos les podría hacer perder clientela de otros países”, explica una fuente del sector hotelero de la zona. “Hay muchos hoteles que lo están pasando muy mal. Los hay que estaban especializados en turismo ruso y no saben cómo hacer frente a la temporada”, explica Lucía Marchante, directora del hotel La Hacienda de La Pineda, que el pasado miércoles abrió sus puertas a 700 desplazados ucranianos, que encontraron refugio en el paraíso del turismo ruso.
“No queremos que se nos relacione más con Rusia. Nos perjudica que la gente piense que aquí sólo vienen rusos”, explica Vitaliy, mientras limpia la barra de su restaurante У ÐÑди СеÑÑжи. Se trata de un local muy famoso en la zona, porque en él no se puede encontrar nada que no esté escrito en cirílico, ni siquiera el nombre, que se traduciría como “tío Sergi”. Vitaliy viene a adecentar el bar “para pasar el rato” porque todavía no tiene claro cuándo (ni siquiera si lo hará) abrirá este año. “Vamos a cambiar el cartel y vamos a dejar de servir sólo comida rusa. Está todo muy mal y tenemos que adaptarnos para sobrevivir”, cuenta mientras en la televisión aparece una rueda de prensa del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. “Ser ruso está muy mal visto ahora. Entiendo que haya bares por ahí que le cambien el nombre a la ensaladilla rusa. Se trata de sobrevivir”, reitera Vitaliy, quien pregunta: “¿Podrías añadir en tu artículo que estoy en contra de la guerra?”, justo antes de cerrar la puerta del restaurante y seguir a sus quehaceres.