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CATALUNYA

Sí, amigos, nuestras reglas también son política

Creo que no descubro nada nuevo si digo que la medicina, la investigación y la ciencia, no han estado en general al servicio de la salud, la comodidad o las preferencias de las mujeres

Este jueves nos hemos levantado con una noticia que ha generado consternación, si atendemos a la dimensión mediática de todo ello, en todo el territorio. Y no me extraña. La CUP quiere imponer alternativas a los tampones y las compresas. Y, lo más grave, quiere que las mujeres jóvenes reciban información sobre qué pasa dentro de sus cuerpos e, impacta escribirlo, que la reciban por parte de organismos públicos y no de empresas privadas. De las mismas empresas privadas que luego les venden sus productos como si fueran los únicos existentes.

Sí, comprendo perfectamente la indignación generada, los nervios de punta de muchos hombres que han expresado su asco, desacuerdo y disgusto por la propuesta. Ellos, que hablan con conocimiento de causa y experiencia, que desean sentir cada mes la sensación placentera de extraer un tampón seco del interior de sus cuerpos.

A priori, parece fuera de toda lógica que alguien desee evitar a las mujeres, y especialmente a las mujeres jóvenes, un dispositivo de algodón recubierto de blanqueantes tóxicos y que genera efectos tan beneficiosos para la salud tales como el Síndrome del Choque Tóxico (SST). Eh, y no lo dice Teresa Forcades en un vídeo, no. ¿Os habéis leído aquellos papelitos doblados que vienen con las cajas de la marca de tampones citada en la moción de la CUP? Pues de hecho, el panfleto comienza con esta frase lapidaria: "Probablemente has oído hablar de la SST alguna vez".

Pues no. No, porque nadie te cuenta, tan pronto como te viene la primera regla, que los tampones son peligrosos si olvidas que los llevas dentro y que te rascan las paredes de la vagina, con la posibilidad de sufrir pequeñas infecciones. Lo mismo que te puede pasar si te expones al ambiente húmedo de las compresas de celulosa. Pero esto da igual cuando la prioridad absoluta es evitar formas y olores, que nadie note que eres humana y, lo peor, que tú también eres portadora del estigma de sangrar de tres a cinco días cada mes.

Tengo que reconocer que, de entre la multitud de comentarios que ridiculizan la moción de Manresa, los hay encantadores. Como el de un hombre que asegura sentirse molesto por "la historia de las compresas y tampones". La "historia", la minucia, la tontería de considerar de importancia política una nadería como la salud pública de las mujeres. Y sugiere, "sed más delicadas/os con las cuestiones fisiológicas de un u otro sexo".

Lo que recomienda, en definitiva, es que nuestros ovarios y lo que pasa no sean de dominio público. Paradójicamente, sin embargo, podría ser que este hombre que se ha sentido molesto tenga una opinión conformada sobre el aborto, otra cuestión que afecta eminentemente el funcionamiento de nuestros propios ovarios, y que incluso lo considere un tema suficientemente importante como para ser debatido en las sagradas instituciones.

Se podría pensar, pues, que lo que molesta a este hombre, y a tantos otros que se han atrevido a despreciar la moción, es que las mujeres jóvenes se hayan atrevido a cuestionar lo que se considera o no política con mayúsculas, que hayan tenido el valor de sacar sus reglas del ámbito privado y las hayan hecho convertirse en una cuestión de debate municipal, cargándose por el camino el estigma y el secretismo que acompaña a la menstruación como si fuera un jodido rito ancestral.

Lo que molesta, en definitiva, es tener que hablar, en un ámbito tan extremadamente masculinizado como la política, de la salud de las mujeres. Porque mucho más allá de la anécdota, el fondo de la polémica, que de tan gastada se le ven las costuras, es que nuestros cuerpos son una cuestión pública cuando hay que asegurar que la rueda de la reproducción no se detenga. Entonces sí, políticos, legisladores, médicos y obispos se sientan en una mesa a diseccionar nuestros úteros y ovarios. Porque eso sí es política en mayúsculas y nadie se plantea si el acceso al aborto debiera ser siquiera un tema de debate.

El problema no es que hablemos de sangre menstrual, lo que escuece es que las mujeres jóvenes recuperemos nuestros cuerpos introduciéndolos en la política, que nuestra salud sexual y reproductiva escape del control de legisladores y políticos y que, además, nos neguemos a que la educación sexual y afectiva que recibimos dependa de empresas privadas de productos higiénicos.

Creo que no descubro nada nuevo si digo que la medicina, la investigación y la ciencia, no han estado en general al servicio de la salud, la comodidad o las preferencias de las mujeres. Y, aun así, hay quien ha desarrollado métodos naturales, o baratos, o ecológicos, o simplemente más saludables que nos permiten controlar nuestros procesos menstruales y conocernos mejor a nosotros mismas. Y la obligación de las instituciones, especialmente de las más cercanas, es proporcionar sobre ello toda la información y el acceso.

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