El gran tabú económico de Catalunya

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El año ha comenzado con importantes noticias económicas para Catalunya. El país registró un récord de empleo a finales de 2025. Pero algo no encaja con la realidad de millones de personas del país. Bajo esta avalancha de titulares y esta apariencia de bonanza se esconden datos que hacen chirriar el relato triunfalista del Govern, ejemplificado en el Conseller de Presidència, Albert Dalmau, quien recientemente se jactaba en redes sociales del crecimiento de la economía catalana, que se sitúa por encima de la media europea.

El señor Dalmau confía en un espejismo. Y es peligroso, porque esta mejora no se ha traducido en una mejora real de las condiciones de vida. Ni mucho menos. Hace unas semanas conocíamos el informe FOESSA, presentado por Cáritas, con un diagnóstico contundente: el 38% de la población ocupada en Catalunya es pobre. Hablamos de 1,4 millones de personas que trabajan y cotizan, pero que no llegan a fin de mes con tranquilidad. Los últimos datos del Institut d’Estadística de Catalunya (Idescat) muestran que Catalunya se encuentra entre los territorios con más pobreza de Europa (24,85%, a la altura de Bulgaria y Rumanía) y, especialmente, aumenta en los hogares con hijos (30,8%).

Este es el tabú económico del país para las élites económicas, que se niegan a reconocer que su modelo no funciona: trabajar ya no es una garantía contra la pobreza. Nos hemos acostumbrado a medir el éxito del país con variables macroeconómicas, pero no con la que realmente importa: si los salarios permiten vivir bien. Y estos datos no son flor de un día, sino que tienen raíces profundas.

Entre 2018 y 2024, el número de personas con empleo en Catalunya ha crecido un 13,8%, sobre todo en el sector servicios y en la construcción. Pero este impulso no se ha traducido en mejoras salariales. La inflación disparada desde 2021 ha engullido cualquier incremento, y el resultado es que miles de personas trabajan cada día por sueldos que no les permiten cubrir necesidades básicas.

Si lo miramos en clave europea, los casos de Italia y España son paradigmáticos. Un salario de 1.000 euros en 1991 hoy son 1.308 en la media de la OCDE o 1.284 en Francia. En cambio, son solo 1.028 en España y 1.005 en Italia. Es decir, hemos pasado treinta años trabajando, las grandes cifras hablan de un gran crecimiento, pero tú ganas prácticamente lo mismo. La causa principal la conocemos: un modelo productivo de bajo valor añadido y una dependencia desmesurada del turismo y de los servicios de baja productividad.

En este contexto, la única política que realmente ha impulsado los salarios al alza ha sido la subida del salario mínimo. Pero el impacto ha sido más limitado en Catalunya, donde los precios y el coste de la vida son mucho más elevados. Pero nada de esto es inevitable. Los salarios no son la ley de la gravedad: son una decisión colectiva y dependen de decisiones políticas.

Catalunya no está condenada a reproducir el modelo de crecimiento español: cada vez más puestos de trabajo y más trabajadores pobres. ¿Por qué debemos conformarnos con estas cifras de pobreza y con un país en el que ni siquiera funcionan los trenes que te tienen que llevar a tu lugar de trabajo? A menudo nos sorprende el ascenso de los discursos reaccionarios, pero si aceptamos con resignación que casi cuatro de cada diez trabajadores sean pobres, el futuro será suyo.

Necesitamos una agenda económica catalana con el compromiso de todos los actores: trabajadores, sindicatos y también la clase empresarial. Necesitamos encontrar un camino propio para escapar del modelo productivo basado en el monocultivo turístico y la economía “low cost”, y apostar decididamente por la reindustrialización, la innovación y los servicios de valor añadido. Y necesitamos el compromiso de todas las fuerzas políticas del país con un salario mínimo catalán que responda a los precios y al coste real de vivir en el país. Este es un mínimo imprescindible para empezar a revertir esta situación crítica.