Un piso turístico ilegal acoge una exposición sobre la crisis de vivienda: “Aunque los prohíban, no desaparecerán”
“Todo podría ser diferente”. Esa es la idea con la que se invita a entrar a un pequeño apartamento del corazón del barrio barcelonés del Raval. Es, en realidad, un bajo comercial, pero funciona como apartamento aunque no tenga cédula de habitabilidad. Es un piso turístico sin licencia que se oferta en Airbnb.
Al entrar, un pequeñísimo espacio diáfano se abre ante el visitante. Cafetera de cápsulas, cactus de plástico, algún libro y muebles de cadena sueca. Pocos cubiertos en los cajones. “Todo podría ser diferente”. Y, al menos esta vez, lo es. Porque los enseres impersonales están arrinconados tras una cortina. El resto del espacio se ha convertido en una exposición temporal.
El investigador en historia Miquel Hernández y la artista Iris Verge han instalado esta muestra de arte conceptual en un piso turístico ilegal durante 48 horas. La propuesta es simbólica y concisa: tenía que contener todo el peso de la turistificación y la crisis de la vivienda en los escasos 50 m² que mide el apartamento. Y que, con todo, se alquila a más de 200 euros la noche.
Cuesta moverse por el piso, que está ocupado por una especie de andamios de madera, recubiertos de fibra de vidrio y demás materiales aislantes. Sobre ellos hay impresos diversos mensajes. Hay fotografías en blanco y negro que muestran la historia de la vivienda en España; desde las barracas en la playa del Somorrostro, hasta los edificios cebra, pasando por las casas baratas o los edificios colmena.
“El problema de la vivienda es estructural y tiene muchos frentes. El primero de ellos es que se haya contemplado, desde el principio, como una mercancía para sacar provecho”, explica Hernández.
El hacinamiento de las familias obreras en los edificios enormes de las periferias es la otra cara de la moneda de la expansión de los pisos turísticos. “Hay que entenderlo como un todo porque, si no, por mucho que se intente regular, no cambiará nada”, sostiene.
La exposición recoge diversos titulares que, en su momento, se hicieron eco de la decisión de Barcelona de no renovar licencias y acabar con los pisos turísticos de la ciudad para 2028, del aval de la Justicia a esa iniciativa y de la lucha del consistorio contra los que operan sin permisos. “Hecha la ley, hecha la trampa”, insiste el historiador, que recuerda que cerca del 18% de los alojamientos que se ofertan en Barcelona carecen de licencia.
Sin ir más lejos, el piso que acoge la muestra es un piso ilegal. “La podríamos haber hecho aquí o en cualquier otro, porque hay muchos”, apunta Hernández, que insiste en que las normas tienen que venir acompañadas de recursos y voluntad para hacerlas cumplir.
La escasez de profesionales que rastrean pisos sin licencia es un lastre a la hora de encontrarlos y clausurarlos. Pero el principal problema se encuentra en la falta de cooperación de las plataformas.
Ahora hace justo un año, se aprobó una Ventanilla Única para registrar todos los apartamentos turísticos en Europa. El objetivo es crear una sola catalogación que ayude a las plataformas a identificar anuncios fraudulentos, pero ese mecanismo no sirve de nada si las empresas no ponen de su parte.
Barcelona fue una de las ciudades pioneras en la persecución de los pisos ilegales y, si bien explican que muchas de las plataformas ponen facilidades, lamentan que Airbnb dilate y dificulte los procesos. El consistorio firmó hace años un acuerdo de cooperación con la empresa, mediante el cual esta se compromete a eliminar los anuncios ilegales que el Ayuntamiento detecte.
Sin embargo, los anuncios tardan en descolgarse porque la empresa que la comunicación sea vía correo postal desde Barcelona hasta Irlanda (donde Airbnb tiene su sede en Europa). Además, no garantiza que los anuncios no se vuelvan a colgar y tampoco facilita información clave a los técnicos municipales encargados de detectar los pisos ilegales.
Por ejemplo, no les permite conocer la dirección para contrastarla con el registro de licencias. Así que, cuando el consistorio tiene sospechas de que un apartamento opera de manera ilegal, debe intentar encontrarlo haciendo de “detective de Google maps” mediante detalles que se puedan encontrar en las fotos de los anuncios, tal como explicaron a elDiario.es.
“Por mucho que haya leyes, siempre encontrarán maneras de pasar los controles y lucrarse con la vivienda. Aunque los prohíban, los pisos turísticos no desaparecerán”, pronostica Hernández. Él mismo ha podido comprobar, mientras buscaba el apartamento ideal para acoger la exposición, que los anuncios eliminados poco después vuelven a colgarse con otro nombre y otros detalles. Y sospecha que el propietario de este piso posee diversos apartamentos turísticos más en el mismo bloque.
Una exposición discreta y fugaz
La muestra, que se ha podido visitar el domingo y el lunes, ha sido breve por diversos motivos; primero, por el precio. Reservar el piso estas 48 horas les ha costado casi 500 euros. Y, luego, para evitar conflictos con el propietario. Los responsables han sido asesorados por abogados que les han recomendado ser discretos a la hora de compartir la ubicación para evitar una denuncia por daños y perjuicios, así como posibles reclamaciones por daños en la vivienda.
Por eso, la dirección, el día y la hora de la inauguración se ha compartido por un grupo de Telegram en el que hay menos de 80 personas y algunos pocos periodistas a quienes se ha pedido la misma discreción. Pero la muestra pronto seguirá su camino y se podrá visitar libremente en la Casa Orlandai.
La exposición de Miquel Hernández e Iris Verge es sólo una parte de un amplio proyecto que les ha valido el Premio Miquel Casablancas y una Beca Barcelona Crea. Todo podría ser diferente es el resultado de un proceso de investigación histórica y artística, así como de una mediación con vecinos del barrio de Sant Andreu de Barcelona que se han visto afectados por la crisis de la vivienda y cuyos testimonios se pueden oír en bucle mientras se visita la muestra.
“Los desahuciados no sienten rabia, sino culpa”, dice una de las voces que habla. Y esa es otra de las reflexiones de la exposición: la responsabilidad que cae sobre quienes no han podido proteger su hogar de la especulación o la gentrificación. “Las leyes solo van a mejorar nuestra situación mínimamente. La única solución es la organización de toda la sociedad, no sólo de los que nos hayamos visto afectados por esta crisis”, remacha Hernández.
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