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La oportunidad de aldabonazo de Gabriel Rufián

17 de febrero de 2026 22:34 h

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Sin Pablo Iglesias, Pedro Sánchez no habría sido presidente del Gobierno. Mariano Rajoy agotó la mayoría absoluta de los 186 escaños en la legislatura de 2011 a 2015. En las elecciones de diciembre de 2015 la derecha española, cuya representación parlamentaria la tenía el PP en régimen de monopolio, dejó de tener mayoría de gobierno. Pero dejó de tenerla, no como había ocurrido hasta entonces porque el PSOE consiguiera arrebatársela, sino porque la irrupción de Podemos con el concurso de los partidos nacionalistas catalanes y vascos permitían que la derecha no tuviera mayoría parlamentaria.

Desde 2011 está claro que el PSOE necesita a los partidos que están a su izquierda con un porcentaje electoral próximo al 15%. Sin ese porcentaje con credibilidad antes de la jornada electoral, es el propio resultado electoral del PSOE el que puede verse afectado negativamente. Para poder formar Gobierno, el PSOE necesita que la opinión pública reconozca no que la izquierda socialista, sino que las izquierdas pueden ganar. 

Esa es la novedad que supuso la irrupción de Podemos. Sin un apoyo porcentualmente importante de la izquierda no socialista, no es posible evitar el Gobierno, ahora no ya de la derecha del PP, sino de las derechas de PP y VOX. Así viene siendo desde las elecciones parlamentarias europeas de mayo de 2014, las municipales y autonómicas de mayo de 2015 y todas las elecciones generales desde las de diciembre de 2015.

En Podemos ha estado la clave de la derro ta de la derecha. Del PP primero y de las derechas, PP+VOX, después. En la desintegración de Podemos está la debilidad de las izquierdas y los riesgos que dicha debilidad suponen para los partidos nacionalistas catalanes y vascos.

Para poder gobernar, las izquierdas no socialistas tienen que recuperar política y electoralmente el espacio que ocupó Podemos directa e indirectamente. Las “alcaldías del cambio” no fueron ocupadas en su inmensa mayoría por alcaldes de Podemos, pero fueron posibles por Podemos. Tiene que haber una oferta electoral que permita dar cobertura al electorado de izquierda, que, por el motivo que sea, no se siente representado por el PSOE, pero que por sí solo no es capaz de traducirse en escaños municipales, autonómicos o estatales.

Tal como está el patio ahora mismo, sin ese aporte no es posible evitar el triunfo de las derechas. Entiendo que esto es lo que, en el fondo, ha querido decir Gabriel Rufián. Pienso que es lo que, además, ha entendido todo el mundo. Tanto los dirigentes políticos como los votantes de ese espacio político, aunque apuntando en direcciones distintas y no sé si, aunque espero que no, contrapuestas. Los dirigentes poniendo el acento en las dificultades de poner en marcha la operación. Los votantes poniendo el acento en la esperanza de que sea posible.

Si he entendido bien la propuesta, se trata de lo que podría calificarse como una opción para los “federalistas de izquierda”, que es lo que expresó en su día Podemos y Las Confluencias. El componente “territorial” no era relevante solamente para Catalunya y País Vasco, sino también para el resto del Estado. Esa es la novedad que aportó Podemos al sistema político y electoral español desde 2015, como supo ver Julián Santamaría. Pudo hacerlo por la novedad de la propuesta, que sorprendió a todas las formaciones políticas, y por el fortísimo liderazgo de Pablo Iglesias, que se proyectó de manera diversa en todo el territorio del Estado. Y por la celebración en mayo de 2015 de las elecciones municipales y autonómicas de las Comunidades del 143 de la Constitución. Y las generales en diciembre. Ese orden fue importante en 2015. 

Esa novedad tardó en surtir plenos efectos en el conjunto del sistema político, por el cordón sanitario al nacionalismo catalán que consiguió imponer el Gobierno presidido por Mariano Rajoy como consecuencia del “Procés”. Pero acabó haciéndolo a partir de julio de 2018, tras la sentencia de la Audiencia Nacional condenando al PP por corrupción. Con mucha nitidez inmediatamente después de la moción de censura y con menos a continuación por problemas diversos: falta de entendimiento entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, dificultad de articulación interna de la pluralidad del nacionalismo catalán, maniobras de las cloacas policiales con comprensión judicial contra Podemos, pandemia del COVID-19 y las dificultades propias de la acción de Gobierno, especialmente las relacionadas con la ley de amnistía.

Pero todavía hoy se sienten los efectos de lo que aquella novedad supuso. De lo contrario, Pedro Sánchez no seguiría siendo presidente del Gobierno. Entre el resultado electoral del 20 de diciembre de 2015 y el 23 de julio de 2023 ha habido una línea de continuidad. ¿Se puede seguir pensando en el mantenimiento de una alternativa de todas las izquierdas más los nacionalismos para derrotar al PP y VOX en 2027?

De aquí a las próximas elecciones generales falta mucho tiempo. En dicho tiempo se tienen que constituir los Gobiernos extremeño y aragonés. Se tienen que celebrar las elecciones en Castilla y León y Andalucía, en las que todo indica que será necesario un acuerdo entre PP y VOX en Castilla y León, aunque tal vez no en Andalucía. En el caso de que fuera necesario el acuerdo también en Andalucía, el horizonte electoral de 2027 quedaría definido inequívocamente para las derechas. ¿Qué impacto tendría en la estrategia de las izquierdas es lo que estaría por ver?

Pero no es solamente en España donde van a producirse procesos electorales que pueden dibujar un horizonte al que tendrán que reaccionar los partidos de la izquierda española. También hay elecciones municipales el 15 y 22 de marzo en Francia y presidenciales en 2027. Municipales en Italia en 2026 y un referéndum sobre la reforma de la justicia, cuya fecha se anunciará en primavera, cuyo resultado será muy expresivo del apoyo al Gobierno de Giorgia Meloni. En marzo habrá elecciones en Baden-Württenbeg y Rhineland-Palatinate y en septiembre en Saxony-Anhalt, Berlín y Mecklenburg-Vorpommern. También en marzo habrá elecciones en Eslovenia. En septiembre en Suecia. En octubre en Dinamarca y Lituania con Groenlandia en el punto de mira. Y en noviembre en Bulgaria, país que se acaba de incorporar al euro.

Fuera de Europa hay elecciones presidenciales en octubre en Brasil, en las que Lula intentará ser reelegido. Y en Israel. Y en noviembre las elecciones de mitad de mandato en los Estados Unidos, en las que Donald Trump ha puesto en marcha una operación de manipulación del ejercicio del derecho, con la finalidad de imposibilitar el triunfo del Partido Demócrata. 

Resulta imprescindible recordar que, aunque la democracia no se reduce simplemente a las elecciones, la manipulación del proceso electoral es el único acto que, por sí solo, puede poner fin a la democracia. Esto es lo que está en juego en noviembre en Estados Unidos. El impacto no quedaría circunscrito a las fronteras de dicho país. 

Es la supervivencia de la democracia como forma política lo que va a estar en juego entre 2028 y 2027. Y en ese horizonte tendremos que decidir en cada país de la Unión Europea qué Gobierno queremos.