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NOTA AL PIE

Un búho de papel viejo

7 de noviembre de 2026 22:41 h

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Al final de ‘El siglo cesante’, uno de los capítulos de la madeja de vidas y tiempos que es Los pasos contados, Corpus Barga vuelve a su infancia y dice: “La guerra social es de todas las edades”. Al parecer, los chicos de su colegio y los del Instituto de San Isidro de Madrid estaban enfrentados por una cuestión que no encajaba bien en la definición de clase, porque todos eran hijos de trabajadores; pero unos tenían más y otros tenían menos y, en su inconsciencia, acabaron metidos en un supuesto juego de “ricos y pobres”, con el agravante de que “los niños hacen las cosas” de los mayores con “más seriedad” que estos. De repente, la distancia entre dos zonas tan cercanas como Descalzas y la calle Toledo parecía tan insalvable como la del barrio de Salamanca y Vallecas, aun no siéndolo en absoluto.

Pocas décadas después, el juego real se presentó ante ellos y los unió de la peor forma posible, si no los había unido ya. La capital estaba a punto de caer. El Gobierno había huido, vaciando los ministerios de los que habla Manuel Tagüeña Lacorte en Testimonio de dos guerras y, sin duda por eso, por huir y dejar las decisiones en manos de la recientemente constituida Junta de Defensa, el 7 de noviembre de 1936 y las jornadas posteriores se convirtieron en hito mundial de la resistencia contra el fascismo. En palabras del entonces teniente coronel Vicente Rojo, aquellos días revelaron el coraje y “la alta calidad espiritual de un pueblo que quiere ser, que quiere pensar, producir, crear” (Así fue la defensa de Madrid); en palabras de Antonio Machado –buen amigo de Barga–, la ciudad recuperó “su sonrisa a pesar de todo, expresiva ahora de una ironía mucho más honda” (Madrid, baluarte de nuestra guerra de independencia) e impuso dicha sonrisa “con plomo en las entrañas” (Poesías de guerra).

Estamos muy lejos de poder sustituir el Arco de la Victoria por un monumento a los hombres y mujeres que humillaron a los socios de Hitler y Mussolini en ese mismo sitio, grosso modo. El roto cultural que se hizo a este país llega al extremo de que ni siquiera se asume lo que implica la conservación de la Cruz de los Caídos o, si se prefiere, la ignorancia del “símbolo” y la “acusación” permanente que son autores como Machado, García Lorca y Miguel de Unamuno (León Felipe. Responso a la poesía muerta). Y si no se comprende ni se valora lo que nos dice su experiencia, difícilmente se comprenderá o valorará –por ejemplo– que Emiliano Barral diera su vida a finales de noviembre de ese año por lo que Machado define así en La guerra: defender Madrid “contra un ejército de traidores”. La mayoría no sabe nada de él; desconoce al “capitán de las milicias de Segovia”, tan grandísimo escultor “que hasta su muerte nos dejó esculpida en un gesto inmortal”.

Hay una frase a la que algunos volvemos cuando los hechos demuestran que el presente social o político se ha perdido por falta de mimbres: “Sobre la biblioteca, entre los libros, vive un búho de papel viejo”. La escribió María Teresa León en Memoria de la melancolía, refiriéndose a uno de esos “animalitos” de papiroflexia que Miguel de Unamuno iba dejando por ahí; concretamente, al que les regaló a Alberti y a ella durante una de sus visitas a “la casa que había sido el estudio de Zuloaga” (si les interesa, busquen ‘La posada de la sangre’ en estas páginas). Al cabo del tiempo, nuestra autora miró “el círculo de tinta” de su único ojo y casi vio a su creador alejándose por “el paseo de Rosales en la noche de Madrid, tan tersa”. Había muerto el 31 de diciembre, por causas todavía por aclarar. Su vida nos sigue hablando a todos, por encima de las circunstancias históricas, pero a León también le hablaba a través de su “pájaro de Atenea”, que “ve en lo oscuro” y “no ve en pleno día”.

Me gustaría creer que, dentro de diez años, cuando se cumpla un siglo de la hazaña de noviembre de 1936, España la sabrá conmemorar con algo más que discursos marginales mientras los niños del relato de Corpus Barga se pelean en la calle, sin saber del verdadero juego de ricos y pobres. Me gustaría creerlo, digo; en primer lugar, por la memoria de personas como Emiliano Barral y en segundo, porque significaría que se ha entendido lo que había que entender, la condición sine qua non para poder afirmar de nuevo, con Antonio Machado: “Un pueblo es siempre una empresa futura, un arco tendido hacia el mañana”.