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Cultura

'The Honeymoon Killers': una historia real de amor loco, codicia y muerte

Estrenada en 1970 y ahora recuperada en el mercado videográfico, esta película es un peculiar ejemplo de cine de serie B con enfoque austero y casi documental

Relata la historia de Martha Beck y Ray Fernandez, dos asesinos en serie que encontraban a sus víctimas a través de anuncios de búsqueda de pareja

The honeymoon killers

'The honeymoon killers' muestra los crímenes de una pareja con una impasibilidad abierta al humor negro

La suya fue una historia de amor, codicia y locura. Martha Beck era una enfermera con problemas de obesidad y un tétrico pasado. Lo que no sabía es que estaba destinada a ser una de las víctimas de Raymond Fernandez, un agente de inteligencia británico que estafaba a mujeres que buscaban amante a través de clubes de correspondencia. Sin embargo, se sinceró con Beck. Esta aceptó incondicionalmente su modo de vida y se convirtió en su cómplice.

Ambos fingían ser hermanos para poder estar juntos mientras él seducía a sus objetivos. Se sospecha que ambos pudieron cometer hasta veinte asesinatos. Fueron ejecutados en 1951 por la muerte de Janet Fay.

El caso real de esta pareja ha inspirado varios filmes, algunos más fieles a la realidad (el drama policial Corazones solitarios) y otros más libres (Profundo carmesí, Alleluia). La primera película que llevó sus vidas a la gran pantalla fue una rara mezcla de serie B y cine underground estrenada en 1970: The Honeymoon Killers. 

Podría haber sido una olvidable quickie de terror y sexo, pero resultó una exploración arisca e inclasificable de la extraña relación de enamoramiento, celos y psicopatía de sus protagonistas. Una nueva edición videográfica en formato Blu-ray dimensiona la austeridad casi documental de sus imágenes.

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En la película se relata el 'modus operandi' de los protagonistas: seducción, robo y asesinato

The Honeymoon Killers fue sorprendente en su momento y lo sigue siendo a día de hoy. Sus responsables optaron por retratar de manera casi indiferente los crímenes, con un enfoque impasible que seguiría chocando casi veinte años después, cuando John McNaughton firmó Henry, retrato de un asesino.

Para el espectador actual, que puede haberse acostumbrado a las miradas fascinadas, al serial killer de El silencio de los corderos, o a pasajes del terror truculentos en la linea de La matanza de Texas y sus múltiples continuaciones e imitaciones, continúa resultando una propuesta diferente por su alejamiento consciente de cualquier espectacularidad.

Un hallazgo nacido de las casualidades

Los orígenes del filme son tan poco épicos como el tono de esta. Un mecenas se acercó con admiración a Warren Steibel, productor de un exitoso programa televisivo de entrevistas, y le propuso financiar una película. Steibel tuvo la idea de llevar a las pantallas los crímenes de Beck y Fernández. Para ello, contó con tres realizadores.

El primero de ellos fue el mismísimo Martin Scorsese, que entonces contaba con un solo largometraje a sus espaldas, ¿Quién llama a mi puerta? El cineasta fue despedido por su lentitud, incompatible con el ajustado plan de rodaje de un proyecto de bajo presupuesto que, además, contaba con muchos debutantes.

Donald Volkman, un profesional del audiovisual sin experiencia con la ficción, tomó las riendas durante dos semanas. El rodaje fue completado por Leonard Kastle, un amigo del productor, compositor y libretista de ópera, que ya había ejercido de guionista para ahorrar costes. A diferencia de Scorsese, ni Steibel, ni Kastle ni Volkman harían ninguna otra película.

Scorsese

Martin Scorsese filmó algunas escenas de 'The honeymoon killers', pero fue despedido por su lentitud Peabody Awards

Dos de los principales técnicos de The Honeymoon Killers, el director de fotografía Oliver Wood y el montador Stanley Warnow, también desarrollarían trayectorias apreciables en el cine comercial, especialmente el primero. Para el actor protagonista, Tony Lo Bianco, ambos fueron los "verdaderos héroes" de una obra que prácticamente se dirigió sola, según declaró a The New York Times. Quizá la inexperiencia de la mayoría de los implicados facilitó que el resultado fuese una rareza que, con los años, se ha convertido en una obra de culto.

Orson Welles dijo que "el enemigo del arte es la ausencia de limitaciones". En realidad, su filmografía ejemplifica cómo las dificultades de financiación comprometen una carrera profesional. En el caso de The Honeymoon Killers, resulta plausible afirmar que la falta de recursos estimuló la inventiva. Ante la imposibilidad de ensayar una lujosa recreación de época, y ante el aparente desinterés por realizar un filme de terror convencional, Kastle y compañía optaron por una especie de minimalismo que respetó solo a medias las normas del cine comercial.

El amor más cruel

Por una parte, los autores obviaron algunos de los aspectos más truculentos de la vida de Beck (quizá para hacer una ficción más consumible) y usaron una estructura clásica, con un cierto crescendo de celos y violencia. Por el camino, eso sí, hicieron un muchas renuncias: no hay sustos terroríficos, ni se juega el gancho del sexo explícito ni se incluyen tramas de investigación policial. Ubicados entre escenas de una cierta cotidianidad enrarecida, soterradamente conflictiva, los estallidos de violencia adquieren una fuerza especial.

Por lo general, predomina un cierto proceso de vaciamiento narrativo, una exposición desapasionada y algo repetitiva del modus operandi de la pareja: seducción, robo y asesinato. El crítico Derek Malcolm vio en ello una variación de la banalidad del mal descrita por la filósofa Hannah Arendt en su ensayo Eichmann en Jerusalén, que hablaba de la aplicación acrítica, por inercia y sin cuestionamientos éticos, de los protocolos genocidas del régimen nazi.

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Los autores del filme se alejan de la representación espectacular y morbosa del sexo y la violencia

En el caso de The Honeymoon Killers, no nos encontramos con la gelidez de Eichmann. Aunque en los asesinatos de Beck y Fernandez no hubiese placer ni componentes rituales, tampoco se muestran como actos burocratizados. Los crímenes se legitiman través de la pasión, de un amor desquiciado que también toma la forma de celos furiosos.

Ambos son monstruos, simultáneamente, del amor romántico y del capitalismo. El modelo de enamorado que solo se preocupa de sí mismo y  de su pareja llega a un extremo fulgurante de sociopatía: quieren construir su futuro como matrimonio con un dinero por el cual están dispuestos a robar y matar a quien haga falta. Este trasfondo sentimental dota de un idealismo perturbado (y perturbador) a lo que podría haber sido una simple historia de crimen profesionalizado, basado en el ánimo de lucro.

El desenlace del filme subraya que este componente sentimental, aunque sea a través de las mentiras y decepciones de la pareja. La mirada de los autores parece más cerca de los verdugos (protagonistas, al fin y al cabo) que de las víctimas, en su derrota y antes de esta. Porque a menudo se contempla a las mujeres asesinadas a través de un prisma ridiculizador, con tintes de humor negro, que invita al espectador a asumir la mirada cruel de Beck y Fernández. A sumergirse en su sentimiento de superioridad hacia aquellos que no han encontrado el amor ni una manera de compartir, a través de la vocación por el crimen, toda la vida con la persona amada.

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