Sangre, sudor y jazz

'Whiplash', la soledad del baterista de fondo

De Chet Baker decían que sólo hizo tres cosas en la vida: tocar música, amar a las mujeres y chutarse. Fue el padre de Baker quien le puso una trompeta en la boca con apenas nueve años. Sin ese gesto, el músico solo habría hecho dos cosas en la vida y la humanidad se hubiera perdido la trompeta más melancólica del jazz. Desgraciadamente, no todos los genios encuentran su camino, cada año unos cuantos se van por el desagüe. Es muy difícil encontrar aquello en lo que somos únicos, en la mayoría de los casos es una búsqueda en vano. Sin embargo, a veces ocurren milagros como el de Damien Chazelle.

La primera ambición de Damien Chazelle fue ser director de cine, pero un día descubrió el jazz y se obsesionó con la batería. Pasó su adolescencia luchando para convertirse en un gran batería. Un profesor de música tremendamente ortodoxo, inclemente y casi despiadado le marcó de por vida y Chazelle aprendió de él, entre otras cosas, a depurar su propio instinto para el arte. Supo que nunca sería un gran batería y decidió volver a su primer amor, el cine. Unas cuantas vueltas después, este joven de Rhode Island que aún no tiene 30 años, filma una de las mejores películas sobre jazz de la historia, su título es Whiplash.

Después de quitarse la etiqueta de escritor por encargo, Chazelle comenzó a elaborar su propio libreto. Su película trataría de un chaval de secundaria que decide triunfar como batería de jazz en el mejor conservatorio de la Costa Este. Allí se encuentra con un profesor que lo lleva al límite de su capacidad e incluso de su salud mental. El guion de Whiplash era tan personal que estuvo guardado en un cajón hasta que Helen Estrabrook (Up in the air) ejerció de Medici y decidió producirla.

Es un filme de una intensidad demoledora, eléctrico y tremendamente inspirador. Damien Chazelle ha realizado un musical negro, donde nadie canta, donde Miles Teller (The Spectacular Now) se expresa golpeando la batería y J. K. Simmons (Juno) tirando las sillas a las cabezas de sus alumnos. El duelo interpretativo es tan brutal como la forma en la que se retan constantemente Andrew Neiman y Terence Fletcher, sus personajes. Sin embargo, Whiplash se creó en la sala de montaje, donde Chazelle y Tom Cross impulsaron su material hasta el más absoluto virtuosismo.

La violencia de la música

El objetivo de Fletcher es descubrir al próximo Charlie Parker. El saxofonista es una presencia constante en el film, una de las figuras más reconocidas de la cultura estadounidense que Clint Eastwood radiografió en Bird, un oscuro filme donde las drogas (Parker fue un gran consumidor de heroína) representan la única violencia, donde la música se reserva para el deleite y donde Forest Whitaker hace una interpretación escalofriante.

El vicio era la quinta esencia del jazz, muchos músicos se metían o eran alcohólicos y casi todos tenían por costumbre acostarse con muchas mujeres... El cine lo ha recogido una y otra vez. El alcoholismo era el pozo sin fondo en el que se ahogaba Dexter Gordon en Alrededor de la medianoche de Bertrand Tavernier y la heroína destrozaba a Frank Sinatra en El hombre del brazo de oro, un drama de Otto Preminger en el que un tahúr se convertía en batería e intentaba huir de su adicción.

En Whiplash no hay chutes ni vasos rotos, solo el desquiciado esfuerzo de un adolescente que sueña con ser el nuevo Buddy Rich. Toda la violencia de la cinta se concentra en el charco de sangre que se acumula en la batería de Neuman o en la saliva que sale disparada de la boca de Fletcher cuando éste grita a sus alumnos. El montaje delimita cada golpe, Whiplash es al jazz lo que Toro Salvaje al boxeo.

El sacrificio del artista

El montaje de Tom Cross consigue definir los tres ambientes en los que se mueve el protagonista: convencional o sosegado cuando Neiman está con su padre, manteniendo los primeros planos cuando sale con su chica y rápido, casi esquizofrénico, cuando Neiman toca la batería. El intercambio de planos cuando Fletcher reprime a su alumno y éste le contesta golpeando la batería es frenético. Hay secuencias con decenas de cortes que van alimentando un ritmo endiablado y en crescendo que rompe en un poderoso clímax final donde las gotas de sudor de Neiman traspasan la pantalla.

El brutal esfuerzo de Chazelle y Cross en la sala de montaje se asemeja al de Neiman. Se trata de conseguir una pieza maestra, una obra artística que sea venerada por los siglos de los siglos, pero… ¿merece la pena tanto sacrificio? En 1936, en mitad de una jam session celebrada en Kansas City, un extraordinario batería llamado Jo Jones dejó caer su platillo cuando Charlie Parker había perdido el tempo de la canción. Dicen que Bird salió llorando del escenario y que un año después hizo el mejor solo de la historia. Si quieres matar a un genio dile: “Buen trabajo”. Esperemos que nadie se lo haya dicho a Chazelle.

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