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Cómo gestionar el aburrimiento

Una mujer lee un libro durante el confinamiento.

EFE

Madrid —

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"Yo no me aburro nunca, tengo una vida interior muy fuerte y una gran memoria", dice Enrique Sobejano, filósofo que después de cinco semanas lleva bien el "arresto domiciliario" gracias a que a lo largo de sus 97 años ha sido "poco callejero, quizás introvertido y taciturno".

Enrique Sobejano, que fue un alto cargo del Ministerio de Educación en la década de 1960, es un buen ejemplo de cómo escapar del tedio que puede generar el largo encierro obligado por la pandemia del coronavirus.

"Como no aguanto la televisión -explica Enrique por teléfono- por las mañanas escucho la radio, que me mantiene informado, o escucho a Beethoven, que me consuela mucho, y por la noche veo películas antiguas".

La forma de afrontar el confinamiento de este hombre mayor es una de las opciones que cita el profesor de Teoría del Arte en la Universidad Complutense de Madrid (UCM) Daniel Lesmes, al constatar que "las canciones de ánimo o la inabarcable oferta de contenidos en internet pueden saturarnos aún más".

"Estamos expuestos más que nunca a los clichés mediáticos y este aburrimiento puede servir para romperlos y ser motor de cambio", dice Lesmes, quien recuerda que el aburrimiento ha llegado a ser calificado como "mal existencial" y, sin embargo, puede servir para producir "otro tipo de imágenes".

Para este filósofo este es el punto de inflexión en que el aburrimiento puede cobrar un "potencial revolucionario" con la transformación de ese "imaginario", puesto que el aburrimiento nos permite replantear "lo que queremos": más allá de regresar a la "normalidad", nos exige pensar qué cambios deseamos.

Otra filósofa, Josefa Ros Velasco, doctora por la Universidad Complutense, considera que, en circunstancias normales, es difícil diagnosticar un trastorno con base en el aburrimiento y prefiere pensar que el letargo mal llevado obedece "al contexto de la persona que lo siente".

Y ahí es donde cree que radica la diferencia, en las posibilidades que pueda ofrecer el entorno, en unos casos para que el aburrimiento genere "disparates", como algunos vistos en los últimos días, o para generar "el florecimiento de algo creativo".

"Puede surgir la idea de que hay grandes cosas que puedo o me gusta hacer y hasta que no me he visto obligado a aburrirme durante mucho tiempo ni siquiera lo sabía".

Ahora, durante el confinamiento y con menos posibilidades de mantener los hábitos, "la opción ilimitada de entretenimiento mediático resulta desgastante y genera en la gente cansancio porque no requiere de ningún esfuerzo por nuestra parte en la respuesta frente al aburrimiento".

"La mala reacción al encierro puede ser fruto de no estar acostumbrados a tener que gestionar el tedio, a buscar siempre la respuesta inmediata en cuanto te aburres un poco. Al no tener costumbre -dice Ros Velasco- no hay capacidad de ser creativo de una forma constructiva y significativa".

Con escepticismo, Ros Velasco piensa que la sociedad volverá de forma casi inmediata "a lo que había antes y el que haya descubierto el sencillo placer de observar a sus vecinos desde la ventana quizá no pueda volver a hacerlo tras la vuelta a la normalidad".

Pero también contempla la posibilidad de que la gente opte por actividades más significativas para rellenar el tiempo y, quizá, por otorgarle más valor a las relaciones sociales con amigos y familiares.

Un "laboratorio social" que nadie hubiese imaginado hace unos meses y del que "es pronto para sacar conclusiones", considera esta filósofa murciana afincada en Madrid.

Aquí podría valer una frase atribuida al expresidente estadounidense John F. Kennedy: "El tiempo hay que usarlo como herramienta, no como una poltrona".

Por Javier Nieto Remolina

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