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Cuando Lorca llegó a Madrid y comenzó su triángulo de amor bizarro con Dalí y Buñuel

Buñuel, Lorca y Dalí

Mónica Zas Marcos

Hay figuras fascinantes que generan efemérides con cada paso que dieron en vida. Ese es el caso de Federico García Lorca, cuya corta e intensísima existencia le ha convertido en un símbolo universal y reivindicado en cada rincón del mapa que cartografiaron sus movimientos.

De todos estos lugares, Madrid fue uno de los más importantes, donde se deshizo de las cadenas homófobas y conservadoras de Granada y fraguó amistad con los que serían sus dos mosqueteros incondicionales -o no tanto- hasta que la muerte le encontró con 38 años en un paredón de fusilamiento fascista.

Cuando Lorca se instaló de forma definitiva en la capital corría la primavera de 1919. La arboleda de la Residencia de Estudiantes estaba en su máximo esplendor, no muy alejada de cómo luce cien años después en un lateral del masificado Paseo de la Castellana. El edificio de ladrillo es el mismo, pero la atmósfera no tiene nada que ver con la que respiraban Federico, Salvador Dalí y Luis Buñuel en los locos años 20.

Ante el centenario de la llegada del poeta, Madrid ha querido recuperar aquella esencia homenajeándole con lecturas, proyecciones y rutas por los lugares favoritos de los tres enfants terribles. Algunos todavía existen, otros se han convertido en Starbucks y en muchos hace falta imaginación para visualizar las tertulias intelectuales y las juergas sin freno de aquel entonces. Es mucho más fácil hacerlo en compañía de alguien que lo ha estudiado tanto que parece que estuvo allí, incluso habiendo nacido en otro país.

El hispanista irlandés y entregado biógrafo de Lorca, Ian Gibson (Dublín, 1939), se sabe tantas anécdotas que cualquiera diría que fue el cuarto voyeur de la cuadrilla. Todo ese conocimiento bebe de la obra del poeta, el cineasta y el pintor, de los libros de Historia y de la correspondencia indiscreta, en ocasiones algo picante, que intercambiaban entre ellos y con otros visionarios del s.XX.

“Madrid para un chico de provincias era La Meca, el centro de la cultura española. Acababa de terminar la Primera Guerra Mundial y había artistas de toda Europa refugiándose de la represión. Era un ambiente fantástico: a mí me habría encantado vivirlo y a ti también”, dice Gibson con la mirada brillante.

Federico toma la decisión de mudarse animado por su amigo Antonio Machado y por su catedrático de Arte en Granada, Martín Domínguez Berrueta. Un talento así no estaba hecho para permanecer detrás de Sierra Nevada.

La capital estaba en pleno proceso de prosperidad urbanística con la inauguración de la Gran Vía, los planos de Arturo Soria o las obras de canalización del Manzanares. Pero sobre todo era un momento de ebullición intelectual. Querían a la generación mejor preparada del país prestando sus mentes al servicio de la propaganda nacional y su particular laboratorio de genios era la Residencia de Estudiantes, situada a unos minutos de Nuevos Ministerios.

Entrar allí no era nada fácil, pero Federico García Lorca tenía el visado desde la cuna. De familia burguesa y adinerada, madre maestra y padre comprometido con la política, el joven Federico creció entre algodones culturales. No es de extrañar que perteneciese al selecto círculo de los hijos de la élite progresista española que entraban a un centro diseñado para su florecimiento personal.  

“La Residencia es el lugar más culto y libre de España, la continuación de la Institución de Libre Enseñanza. Preconizan una España en Europa, hablando idiomas, escuchando a los otros y organizando conferencias con las mentes más preclaras de Europa, entre los que se encuentran Einstein, Curie o Stravinsky”, explica Gibson. “Decían que era el Oxford o el Cambridge de España, con grandes jardines y acequias, la gente paseando y dialogando, y donde estaba prohibido el ruido. Ni siquiera al perro del jardinero se le permitía ladrar”, continúa.

Lorca completaba sus estudios de Derecho y Filosofía y Letras, “ese terrible moscardón del aburrimiento”, con lo que aprendía en la Residencia. Allí todo era distinto. No había separación entre ciencias y humanidades, e impulsaban todo tipo de nervio artístico -por eso él pintaba, leía, tocaba el piano e incluso actuaba en performances improvisadas con su querido Dalí-. La musicalidad de sus poemas se debe a esta etapa, que mejoró el bagaje poético que traía de Andalucía y le introdujo en la estética simbolista moderna.

“Había laboratorios y talleres donde les ayudaban a perfeccionar sus virtudes. Era increíble, un fenómeno único en este país. Y si no hubiera sido por la guerra maldita, la dictadura maldita y la diáspora maldita, España habría sido una nación floreciente porque estaba todo listo para que así fuera”, se lamenta su biógrafo.

Aunque conoció a Luis Buñuel nada más aterrizar en Madrid con 21 años, no sería hasta cuatro años más tarde, en 1923, cuando atravesó por la puerta un catalán extravagante que le rompería los esquemas. La relación que se estableció entre ellos tres fue arrolladora pero no carente de sombras, como quedó patente en sus misivas. Al final, al tiempo que pasaban en la Residencia había que sumarle una incesante vida social y nocturna que daba lugar a una sublimación de las pasiones.

Homosexualidad juzgada y celos ocultos

Sus lugares de alterne favoritos eran los bajos del Hotel Palace, donde se encontraba el Rector's Club, y más tarde la coctelería Museo Chicote, definida por Buñuel como “la Capilla Sixtina de los martinis”. “Esto no para con la llegada de la dictadura de Primo de Rivera, en 1923, porque no era como el que va a venir después [Francisco Franco]. Primo de Rivera era mujeriego y noctámbulo, y así era Madrid también”, explica Gibson.

“El Palace es un local mítico, al lado del Congreso, para los líos amorosos y sexuales de los diputados, pero además cada noche un grupo de negros de Harlem montaba sesiones de jazz. Todos gastaban alegremente el dinero de sus padres en zarzuelas, teatros y en el Rectors Club”, rememora el biógrafo, quien asegura que entablaron una relación especial con los músicos neoyorquinos, a los que querían llevar a tocar a la Residencia.

Las noches menos hedonistas, acudían a las cafeterías del Paseo del Prado, atestadas de tertulias para todos los gustos: reuniones de médicos, de periodistas o de adictos a la filatelia. “La gente de Madrid hablaba mucho. Había veinte periódicos diarios porque el que sabía leer -había mucho analfabetismo todavía-, leía cuatro o cinco todos los días”, señala. Buñuel y Lorca estaban en sintonía ideológica, pero el único diferente era Dalí, “que tenía un buen cacao”. Eso no evitó que Federico, como señala el historiador, se enamorara perdidamente de él.

Dalí se resistía ferozmente a esa conquista por miedo a ser señalado como gay. Ya le estaba ocurriendo a Lorca en la propia Residencia, donde muchos de sus compañeros murmuraban sobre ese “defecto” que les hacía distanciarse. Incluso su gran amigo Buñuel le vilipendiaba por su sexualidad.

“En una carta a Pepín Bello, en 1926, se puede leer que Luis le escribe que 'Federico es un asqueroso: primero, porque nació en Asquerosa (pueblo granadino) y segundo porque él es asqueroso'”, cuenta Gibson.

Por eso mismo, dice, es imprescindible la labor del biógrafo: para leer entre los silencios voluntarios de sus propias autobiografías. Buñuel nunca habló así a posteriori de Lorca, tampoco reconoció su dura crítica al Romancero Gitano ni la envidia que sentía por su relación con Dalí. Este último tampoco le reconoció en vida como su amor verdadero, pero se vislumbra en el “juego de seducción” que ambos mantuvieron por carta y que desesperó a Gala, que supuestamente rompió la mayoría de la correspondencia en un ataque de celos.  

“Cuando entrevisté a Dalí, lloró recordando a Lorca”, dice Gibson, señalando que obviar la homosexualidad de Lorca es no entender su obra ni la razón de su muerte. El pintor murió en 1989 sintiéndose culpable por el asesinato de su mejor amigo, por haber sentido envidia de su genio, por no haber insistido más en que se mudase con él a Italia en 1936 y por juzgar su homosexualidad a su manera.

La memoria y la dictadura franquista dinamitaron el recuerdo de este triángulo curioso y fascinante de amistad. Pero nada puede borrar el legado que nació en la Residencia de Estudiantes, donde los tres consolidaron la “época dorada” de una institución llamada a revolucionar el Madrid de los años 20. Ya es tarde para eso; que sirva al menos para revolucionar su memoria.

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