Muere el filósofo francés Edgar Morin a los 104 años
El francés Edgar Morin, uno de los filósofos y sociólogos más destacados de la segunda mitad del siglo XX, creador de la teoría del pensamiento complejo, ha muerto a los 104 años. Sin renunciar nunca a su compromiso con la izquierda, el intelectual, cuyo fallecimiento a los 104 años se produjo el viernes 29 de mayo, pero fue anunciado este sábado por familiares, no dudó en criticar a su campo, lo que le valió siempre situarse en los márgenes del pensamiento, donde nunca negó que se sentía más cómodo.
Considerado un humanista que transformó la sociología y la filosofía moderna, Morin es estudiado en universidades del mundo entero, especialmente en las latinoamericanas, con obras como El Método (seis volúmenes, 1977-2004), un proyecto monumental que tardó casi 30 años en escribir en el que sienta las bases del pensamiento complejo conectando la física, la biología, la cibernética y la sociología.
Nacido en París el 8 de julio de 1921 en el seno de una familia judía sefardita de Tesalónica, pero con lejanos orígenes italianos y de ascencendia española, era hijo de un comerciante que se ocupó de su educación, porque su madre falleció cuando él tenía 6 años. Desde muy joven se afilió al Partido Comunista y estuvo enrolado en la resistencia durante la ocupación nazi en Francia. Fue entonces cuando adoptó el pseudónimo de Morin, que acabó por ser el apellido con el que firmó todas sus obras.
Antes, había trabajado para el envío de paquetes de ayuda al bando republicano durante la Guerra Civil Española. Desencantado con el comunismo estalinista, Morin dejó de militar, aunque siguió considerándose de izquierdas. Siempre opuesto a los pensamientos mayoritarios, esto le valió ser tachado de antisemita por criticar a Israel o, más recientemente, de pro-Putin cuando se opuso a la guerra que occidente emprendió contra la cultura rusa tras la invasión de Ucrania.
Años más tarde de romper con el Partido Comunista en 1951, publicó dos obras clave en su carrera: La Rumeur d'Orléans (1969), una exploración sociológica sobre lo pernicioso del rumor, y Le Paradigme perdu: la nature humaine (1973), donde vincula biología y antropología.
Antes había ingresado en el prestigioso Centro Nacional de Estudios Científicos (CNRS) de Francia en 1950, un organismo del que 43 años después llegó a ser director emérito de investigación. De hecho, la enseñanza ocupó buena parte de su vida e impartió clases en Santiago de Chile en los 60 y también en San Diego (California, EEUU), donde estableció las bases de su teoría del pensamiento complejo, que fue plasmando a lo largo de su carrera.
El éxito editorial le llegó en el tramo final de su vida. Y, pese a su edad, su pluma no dejó de llenar páginas con su pensamiento, siempre lúcido, que también desgranó en otros medios de comunicación e, incluso, en redes sociales. Desde esas tribunas no paró hasta el último aliento de denunciar los “peligros” que, a su juicio, corre la humanidad, amenazada por una crisis de globalización, una crisis ecológica, una crisis de civilización y, más recientemente, una crisis de pensamiento que expone a la sociedad al dominio de la informática.
“Tener esperanza no es ser optimista. Porque la esperanza es lo posible, no lo cierto. Comprometeos, pero sin taparos los ojos, sin fanatismos”, les pedía a un grupo de jóvenes durante una conferencia universitaria poco después de cumplir los 101 años.
Fue condecorado en 1983 con la orden de la Legión de Honor de Francia y en julio de 2021, coincidiendo con su centenario, recibió la Gran Cruz de la Legión de Honor.
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