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CRÍTICA

Sobre la misión en la Tierra de Ennio Morricone

Fotografía de archivo de Ennio Morricone, tomada en 2013

Rubén Lardín

Cinema Paradiso, El clan de los sicilianos, Pajaritos y pajarracos, ¿Quién la ha visto morir?, El profesional, La misión, El gran silencio, El pájaro de las plumas de cristal, Frenético, El bueno, el feo y el malo, Los intocables de Eliott Ness, Días del cielo, Los odiosos ocho, Novecento... El listado es tan extenso que no cabe en Internet.

Ennio Morricone (Roma, 1928) dice haber rechazado al menos tantas películas como las que ha musicado, y esas serían unas quinientas. Medio millar de bandas sonoras a las que hay que sumar, además de una misa, un centenar de piezas de música absoluta, que es la contraria de la aplicada, una música que se expresa a sí misma y que responde únicamente a las necesidades espirituales del creador.

Ahora, guiado por el también compositor Alessandro de Rosa, Morricone recoge recuerdos y reflexiones sobre ese trabajo ingente en un libro de conversaciones que no es de memorias, pero que funciona como testimonio, es generoso en misterios del oficio y resulta muy nutritivo en su viaje por la historia de la música.

En sus propias palabras

En busca de aquel sonido (Malpaso) da el perfil de un hombre humilde, reservado, diplomático y de fuerte personalidad. Su protagonista parece muy poco dado a compartir detalles de su vida personal, aunque los trazos acaban emergiendo con el concurso de multitud de elementos: su afición al ajedrez, actividad que sin duda habría cambiado por la música, su lógica basada en el cálculo pero también su afán enorme por la vanguardia o el minimalismo con el que se tropezó “mientras paseaba por senderos solitarios”.

Habla también de la improvisación controlada que en los 60 practicó con el Gruppo di Improvvisazione Nuova Consonanza, creado en reacción entusiasta a los experimentos de John Cage, o de las exploraciones de madurez que se advierten en sus composiciones más recientes, donde mantiene la búsqueda constante de un equilibrio comunicativo entre el estereotipo y la novedad, entre lo familiar y lo inusitado, esa medida exacta que define su obra.

A lo largo del libro Morricone se remonta a sus inicios como negro, a mediados de los años 50, dando forma a los apuntes de compositores conocidos de la época, nos desvela cómo las ideas compositivas se le suelen presentar como timbres y certifica la importancia definitiva en su obra del contrapunto. Nos habla de la concepción visual de la partitura y de cómo el espacio entre un signo gráfico y otro podría compararse con lo que el ojo ve a través de las imágenes, y anota la gimnasia que supuso su labor como arreglista durante los años 50 y 60, que hoy reconoce como la base didáctica de toda la música para cine que ha firmado desde entonces. Años de ponerse el despertador cada día a las cuatro de la mañana para trabajar a destajo, a veces componiendo bandas sonoras completas en apenas una semana, aunque en los últimos tiempos dice pedir al menos un mes de plazo.

Quien busque chascarrillos o material íntimo va a darse de bruces con un libro sereno y culto, ligero en los recuerdos pero también de amplias digresiones en torno a la música, su historia y sus hitos, que incluye pasajes cercanos al tratado técnico, tal vez algo complejos para los legos pero disfrutables en todo momento para el lector atento.

En sus páginas, el romano desvela los secretos compositivos de algunas de sus piezas más conocidas, reflexiona acerca del poder de la música como herramienta de comunicación impositiva y dogmática y sugiere a su público que en sus conciertos cierre los ojos, que mirar sirve de poco, más desde el momento en que no se considera buen director de orquesta.

Rocanrol

Morricone es compositor de música para el cine por azares. En realidad estamos ante un trompetista que antes quiso ser médico, y que terminó ejerciendo un trabajo que, más que vocacional, reconoce adaptativo y de exigencia, donde el amor y la pasión le fueron llegando gradualmente, con el oficio. La profesión, sin embargo, dice que no se la aconsejaría a nadie, que es muy difícil. Él en ese proceso no se ha dejado vencer nunca por el deseo vulgar del espectador, aunque ha sido capaz de composiciones que recuperan modos populares en respeto a la tradición y de otras que incorporan citas cultas que a la mayoría nos son invisibles.

Dice haber ido conquistando poco a poco un espacio para sí mismo, para sus ideales e investigaciones, manteniéndose siempre al servicio de los directores, que en su caso han sido muchos y de todo pelaje: Brian De Palma, Pontecorvo, Bertolucci, Almodóvar, Tarantino o Pasolini, de quien reconoce echar mucho de menos “sus constantes iluminaciones intelectuales” y para quien busca un relevo que obviamente no existe.

Y en un aparte, Sergio Leone, claro, un cineasta que en tantas ocasiones trabajó a la inversa, adaptando sus imágenes a la música de un hombre al que definió como sagrado y místico. Era 1965 y la película se llamaba Por un puñado de dólares, primera colaboración entre artistas irrepetibles que ambos firmaron bajo seudónimo, siguiendo la costumbre de una época que demandaba nombres de resonancia anglosajona en los créditos. Para nuestra sorpresa, Morricone, que en ningún momento cede a la indulgencia, todavía considera aquellos temas maravillosos y revolucionarios entre los peores que ha escrito nunca para el cine.

Se habla también, por supuesto, de sus colaboraciones y amistad con colegas como Luis Bacalov o Bruno Nicolai, del trabajo con la voz de Edda Dell’Orso, uno de sus instrumentos preferidos ya que es capaz de evocar todas las emociones y estados de ánimo posibles, o de las canciones que escribió para Mina, para quien compuso la melodía de Se telefonando mientras hacía cola para pagar la factura del gas. Entre otras anécdotas, está aquel extraño concierto en la plaza del Duomo de Milán que le irritó porque a sus espaldas nadie aplaudía, hasta que se percató de que la plaza estaba hasta los topes pero llovía a mares y aquella gente sostenía sus paraguas.

En busca de aquel sonido señala en su título un pensamiento inquieto, la búsqueda de la novedad, pero el libro se hace eco también de los hallazgos, de la investigación constante y de los homenajes que le han prodigado U2, Metallica, los Ramones, Roger Waters, Bruce Springsteen, Dulce Pontes, Quincy Jones, Herbie Hancock, Céline Dion y un larguísimo etcétera de artistas que se arrodillan frente a un legado que atraviesa el siglo, una obra de tales dimensiones que de ninguna manera cabría en Internet.

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